El lenguaje es poderoso. La forma en la cual nos comunicamos, en la que nombramos a los otros es reveladora de las distancias que a menudo creamos de forma subconsciente y que terminan reforzando una sociedad ya de por sí fragmentada. Algunos ejemplos desde mi cotidianidad muestran lo anterior.
Días atrás llegó a mi unidad un nuevo vigilante. Un chico joven, alto y delgado. Le correspondió hacer las rondas de vigilancia y era notorio que su andar era delicado y si se quiere amanerado. En el gimnasio no se hicieron esperar los comentarios de algunos caballeros que se burlaron del vigilante por “marica”, “gay” y pusieron en duda su capacidad para ejercer su labor, por su orientación sexual. Esta semana me he enterado que el vigilante fue sacado de sus servicios en la unidad porque por lo menos un vecino se quejó y expresó que el muchacho era un “mal ejemplo” para su hijo menor de edad.
En una reunión de amigos, al compartir una foto donde aparecía un profesor de aeróbicos de piel negra, las burlas no se hicieron esperar cuando manifesté que era un hombre físicamente bello. Entre chiste y chiste salió a relucir un racismo que ni siquiera sabía que existía en estos amigos de tantos años. Más recientemente en una reunión familiar me enteré que mi amada abuela materna era racista. Ella que para mí era todo amor y generosidad, le había hecho saber a mi prima que no le gustaba que llevara a su casa un amigo de la universidad por el simple hecho de ser negro.
En conversaciones con amigas surgen de vez en cuando comentarios como: “y se le salió el Sisbén”, “mostró el estrato”, en un clasismo que emerge con regularidad y que nos recuerda que Colombia es un país sui géneris donde se dividen los hogares en estratos según sus ingresos, exacerbando la desigualdad, la fragmentación y la segregación.
En tertulias o conversaciones de ciudad también se escuchan voces que denotan un clasismo disfrazado. “Los de allá” “Los del norte”, “Los otros”, “Los de las comunas” “Esos que no tienen educación y no saben elegir”. Pero también están las expresiones discriminatorias como “Los del Poblado” “Esos ricos”, “Los del sur”. En fin, una serie de expresiones que muestran la fractura de nuestra sociedad y que en muchas ocasiones están siendo reforzados por los líderes políticos, o si no que lo diga el presidente Petro o el anterior alcalde de Medellín.
En espacios laborales he vivido situaciones que revelan misoginia. La forma de referirse a las mujeres cuando ejercen cargos que exigen cierto carácter como “vieja loca”, o las respuestas a opiniones expresadas con respeto y argumentos que van desde esa seguro es una mantenida o una mal cogida revelan prejuicios que buscan ofender por el solo hecho de ser mujer, y esto lo digo porque es difícil encontrar insultos de esa naturaleza para con los hombres.
Estos comentarios que parecen “sueltos” terminan siendo nocivos para nuestra sana convivencia, porque refuerzan estigmatizaciones que, en vez de convocarnos a trabajar en la aceptación de nuestra diversidad y diferencias y a convivir de forma más armoniosa, nos separan irremediablemente, nos aíslan, y terminan también limitando oportunidades de empleo, educación, esparcimiento, creación, reconocimiento y disfrute.
Pese a las burlas, los chicos del gimnasio reconocieron que el vigilante hacia muy bien su labor, es más hasta lo calificaron como el mejor rondero; no obstante, hoy no está prestando sus servicios porque alguien lo discriminó por su orientación sexual.
Si quisiera entablar una amistad con el profe de aeróbicos me lo tendría que pensar dos veces porque en los mismos espacios con los amigos que se burlaron por ser negro no podría compartir sin sentir la incomodidad de que se repita lo acontecido semanas atrás.Es importante que revisemos con mayor detenimiento como nos expresamos en nuestra cotidianidad. A veces entre chiste y chiste o entre expresiones coloquiales que se repiten de persona en persona vamos generando distancias más grandes entre unos y otros. Como lo decía en una columna anterior, nuestro país es uno de los más desiguales del mundo, no reforcemos nuestras distancias en oportunidades y reconocimiento social con barreras que en principio parecen inocuas pero que van creando realidades de discriminación y segregación.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/