La era dorada de Oriente Próximo

«‘Triste la época que no tiene héroes’, escribía Bertolt Brecht en su Vida de Galileo. Triste la época que los necesita, diría yo».

Santiago Alba Rico.

Es esta una columna difícil. Es un respiro de una Gaza sin bombas —aún militarizada y con zonas vetadas—, tras dos años en los que quedó poco por destruir. De una Gaza a la que entra ayuda humanitaria (cada vez con más impedimentos) y en la que los gazatíes tienen “prohibido” pescar o meterse a su mar. Es un respiro del infierno —un trato que había que aceptar para detener la sangría—, pero el infierno sigue ahí. Por eso es difícil la columna, por la perplejidad ante quienes afirman serenos que se acabó la guerra, y ante la afirmación de Trump de que “empieza la era dorada de Oriente Próximo”. Una era dorada sobre una fosa común descomunal, con el criminal de guerra sonriente. Y con un potente eco de sus fanáticos. Como si aquí no hubiera pasado nada.

Tras afirmar que no le ve futuro a un pacto entre dos personajes de la calaña de Trump y Netanyahu, explicaba en una entrevista el historiador israelí Meir Margalit algo evidente para quien conozca un mínimo del conflicto: que el corazón del problema no está en Gaza ni se resuelve con un alto el fuego allí, sino que está en Cisjordania, que lleva décadas en un apartheid en donde solo algunos ciudadanos viven en democracia, mientras para otros no existe, además del continuo crecimiento de los asentamientos, que no menciona siquiera el acuerdo. Dice él que es cuestión de tiempo que todo vuelva a estallar. Por su parte, escribió Lluís Bassets: “Hará época si se sostiene, porque toda tregua contiene la improbable y sagrada semilla de la paz, al igual que toda guerra, y especialmente una guerra tan desigual, contiene las semillas de futuras guerras”. Así que no, la guerra no ha terminado.

Traigo voces israelíes a esta columna difícil. Escribió Shlomo Ben Ami, historiador y ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel: “Netanyahu y Trump van más allá, y afirman —sin aparente sentido de la ironía— que han sido elegidos por Dios para salvar a sus respectivos países. Si el patriotismo es el último refugio de un sinvergüenza, el manto de una vocación divina eleva al sinvergüenza por encima del común de los mortales y sus reglas. Como dijo Trump de manera inquietante: ‘Quien salva a su país no viola ninguna ley’”. Son un peligro estos salvadores sin ley. Y sus fanáticos. Y quienes ponen la practicidad por encima de todo y sellan con ella una fosa común. Aquí no ha pasado nada. Empieza la era dorada de Oriente Próximo porque lo dicen —¡quién si no!— quienes lograron lo que no habían logrado otros: es decir, quienes permitían y controlaban el infierno, los únicos que impedían que cesara (recuerden que Estados Unidos fue quien vetó seis veces la resolución que pedía el cese al fuego en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, además, claro, de enviar armas a Israel de manera ilimitada).

Las imágenes de los gazatíes regresando son descorazonadoras. Celebran lo mínimo: que no les tiren bombas, comer algo, poder intentar regresar a casa. Pero es que no hay casa. Hay ruinas. Ruinas de familias y de hogares construidos con el esfuerzo de toda una vida, y de colegios y hospitales y calles y naturaleza. En un video un niño le pedía perdón a su gato muerto, dándole besos, por no haberlo podido salvar, y le explicaba que quisiera estar jugando con él en el jardín, pero que el jardín también había desaparecido. Hay, además, una ruina moral. Y yo no entiendo de dónde sacan fuerzas. Veo repetidamente el video del hombre que corre entre escombros hasta comprobar que su casa sigue en pie, y llora de alegría besando la puerta empolvada y desolada, arrodillándose a rezar.

De noche pienso entumecida dónde estarán durmiendo todas estas personas en el comienzo de la era dorada. “No pienses”, me dijo una mujer portuguesa con la que ayudamos a un gatito bebé desamparado en una calle de Albania, abandonándolo con su llanto de fondo porque qué más podíamos hacer estando tan lejos de casa. Claro que pienso. Lo veo todo el tiempo. El llanto se queda dentro. La fosa común vibra en todas partes. Hay gente intentando vivir sobre la fosa común de sus vidas.

«Es posible que la carrera armamentística acapare los titulares, pero, si aún existe un futuro, no será de quienes gobiernan por la fuerza, sino de quienes se atrevan a vivir —con cuidado, con dolor y con los demás— en lo que quede de una Tierra acogedora», escribió el filósofo Michael Marder. Muchos no soportan a quienes no celebramos a ciegas: perdónennos por no creer en criminales adictos al poder y al odio, por dudar con base en la evidencia y la historia (han vuelto a dispararles a las personas en Gaza), y por no resistir la imagen persistente de la fosa común que quieren convertir en Riviera de lujo. A medida que se sienten precedentes que borren instantáneamente el horror en aras del poder y de lo práctico, se irá extinguiendo la posibilidad de que quede algo de una Tierra acogedora.

Bien lo dijo la gran Eliane Brum: “Aún estamos a tiempo de dejar, colectivamente, de ser espectadores. No habrá paz si Benjamín Netanyahu y los miembros de su Gobierno no rinden cuentas por sus crímenes y acaban su vida en la cárcel. No habrá paz, no solo para Palestina, sino para el mundo, si el genocidio queda impune. (…) Seguir consintiendo por omisión nos destruirá a todos”.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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