Vivimos en un mundo desesperanzado y ansioso, donde solo se escuchan los gritos de los políticos populistas y sus barras bravas. Entre tanto ruido, hemos olvidado crear, proponer e imaginar un futuro con inteligencia y pragmatismo.
La democracia no fue pensada para burócratas ni para caudillos; fue concebida para los ciudadanos. Pero los ciudadanos nos perdimos. Hoy las conversaciones giran alrededor de políticos y escándalos, no de los problemas reales que desangran nuestras sociedades: la inseguridad, las desigualdades, el colapso ambiental.
Nos hemos vuelto populistas y facilistas. Preferimos el chisme político al debate de fondo, la indignación sin propósito a la construcción colectiva. Los líderes, mientras tanto, se aprovechan del desconocimiento general del sistema para decir barbaridades que repetimos como mantras. Nos manipulan el ánimo, nos polarizan, y al final no hacen nada. Vivimos enfrentados, irritados, agotados.
El respeto por la inteligencia desapareció. A quien habla con rigor técnico se le tacha de arrogante. Pero esto no es un partido de fútbol con hinchadas ideológicas; se trata de la vida de millones de personas. Hay países enteros pagando las consecuencias de la improvisación. Y todos, sin excepción, pagamos por ello con nuestros impuestos y nuestra paciencia.
El tiempo del recreo se acabó. Los funcionarios públicos son empleados de la ciudadanía, y a esos empleados hay que exigirles resultados. Nadie debería seguir alcahueteando la mediocridad política a costa del bienestar colectivo.
Si queremos proponer ideas de futuro, debemos devolverle a la política altura, creatividad y conocimiento. Hay que perder el miedo a pensar, a complejizar, a planear. Porque lo que fue, ya fue; lo urgente es imaginar lo que viene.
Sin embargo, el discurso público actual vive anclado en el pasado, en la búsqueda de culpables, en una bajeza humana y técnica incalculable. No hay ideación, ni diálogo con las ciencias sociales o naturales, ni aplicación del conocimiento. Solo parlanchines profesionales que han convertido el debate político en un circo de gritos y egos.
Necesitamos regresar a la esencia filosófica y ética de la política, no a su versión utilitarista. El poder no debería ser un instrumento para dominar, sino una posibilidad para poder hacer: crear sistemas que beneficien al ciudadano, regular las interacciones sociales, proteger los recursos naturales, abrir caminos para que florezcan las ideas y la libertad.
El Estado, aunque a veces parezca una entelequia, nació de un propósito noble: hacer posible la convivencia entre millones de seres humanos. La política, en su sentido más profundo, busca garantizar que la gente pueda comer, estudiar, acceder a la salud, al agua, a la energía, circular sin miedo, vivir con dignidad.
Por eso el poder se divide: para que nadie lo concentre todo. Pero la confusión generalizada es tal que muchos ciudadanos no saben quién debe hacer qué. Se le exige al presidente lo que corresponde al Congreso, y se culpa al alcalde por lo que depende del gobernador. Así es imposible exigir con precisión y eficacia.
Comprender el sistema político no es elitismo, es ciudadanía. Hay que saber cómo funciona, quién es responsable de qué, y qué pasa cuando no lo hace.
El poder legislativo regula las normas que nos rigen, no está para declarar el día de la arepa de huevo (aunque lo hacen con solemnidad). El poder ejecutivo, por su parte, ejecuta programas, proyectos y presupuestos. No está para dar clases de historia ni para bailar bullerengue en cadena nacional.
Cuando usted elige a un presidente, alcalde o gobernador, está eligiendo un ejecutivo. Su tarea es administrar recursos, personas y cronogramas. El plan que deben seguir se llama Plan de Desarrollo, y proviene del programa con el que se presentaron a elecciones. Esas promesas no son promesas: son mandatos.
Cuando elige congresistas, en cambio, elige reguladores, encargados de definir el marco legal de la vida nacional: salud, impuestos, recursos naturales, vivienda. Pero en su mayoría, se dedican a la retórica vacía, a calentar la silla.
No olvide: usted no elige un amigo, un ídolo o un influencer. Elige a quien administra o regula el país. No importa si le cae bien o mal, si viste bien o mal, si es simpático o antipático. Lo importante es que sepa hacer su trabajo. Son funciones distintas y requieren capacidades distintas.
¿A quién contrataría para dirigir su empresa? ¿Al más gritón, al más carismático, al más “popular”? ¿O al más preparado, con experiencia, criterio y rigor? ¿Por qué no aplicamos esa lógica a la política?
Antes de elegir quién nos representa, debemos saber qué queremos que represente. No elija a quien diga lo que quiere oír; elija a quien proponga cómo hacerlo.
Hablar de democracia no es defenderla. Hablar de ética no es practicarla. Hablar de pobreza no es entenderla. Hablar de seguridad no es saber cómo garantizarla.
Nos volvimos animales dialécticos: mucho parloteo, pocas ideas. En cualquier otra organización, un gerente que solo hablara y no hiciera nada ya habría sido despedido. ¿Por qué seguimos premiando eso en la política?
Las elecciones no son una pelea de hinchadas; son la oportunidad de elegir quién administra una visión colectiva. La conversación que importa hoy es sobre esa visión. Porque decir “derecha” o “izquierda” ya no significa nada si ninguna propone algo distinto ni comprende lo que enfrenta.
Proponer exige conocimiento. Para transformar la realidad, primero hay que entenderla. Pero conocer no es contar la historia personal —eso, estadísticamente, tiene poco peso—. No nos dejemos engañar solo con nuestra propia historia, asi no se gobierna.
Hacer política —que en esencia es imaginar y diseñar formas de vida en común— requiere estudio, mucho.
Y sí, estudiar implica leer, contrastar, pensar, hacerse preguntas difíciles. Muchos no quieren hacerlo, y otros no tienen cómo. Y ahí radica parte del problema: los primeros se excluyen a sí mismos de la política por comodidad, los segundos por ignirancia.Lo primero no tiene remedio; lo segundo sí exige un esfuerzo real de los gobiernos para educar, formar, informar.
Porque solo cerrando la brecha del conocimiento podremos cerrar también la brecha del poder.es hora de pensar, no solo de sentir. Solo cuando la ciudadanía vuelva a pensar con altura, la política podrá dejar de ser el espectáculo de los mediocres y volver a ser lo que alguna vez fue: el arte más noble de todos, el arte de hacer posible la vida en común.
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