Jairo camina por la Avenida 26 de Bogotá con un libro apretado contra el pecho, como quien lleva una ofrenda. A un costado se alza el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación; al otro, el Cementerio Central con sus hileras de lápidas y mausoleos. Como en un ritual sagrado, se interna por los senderos de mármol gastado de la necrópolis, abre el libro y comienza a leer. Ajusta la voz con cuidado: ni demasiado baja, ni demasiado alta. La tertulia dura unos treinta minutos en tiempo de los vivos, pero él sostiene que en otros planos el tiempo corre distinto; asegura que los diez años que lleva leyendo para los muertos apenas equivalen a unos minutos para ellos.
Esa costumbre no apareció de la nada. Se fue tejiendo entre sus dos devociones: las ánimas y la lectura. A las primeras les guarda respeto desde que -según cuenta- una de ellas lo salvó de morir en un accidente. A la segunda, porque en el cementerio encontró el silencio necesario para pensar y compartir lo que siente. El gesto tomó forma un día en que, al pasar junto a una tumba, leyó el siguiente epitafio: “Quien lee nunca muere”. Desde entonces decidió leer en voz alta como un acto cotidiano que le recuerda que sigue vivo.
Acompañarlo en una de sus visitas me reveló que su práctica, tan lúgubre como bella, es también un acto de reconocimiento hacia las miles de víctimas del conflicto armado que yacen en condición de no identificadas en el país. Él las convierte en destinatarias de sus lecturas y conversaciones. No sé si quien lee nunca muere, pero sí estoy seguro, como se repite en la poesía, de que “solo se muere quien es olvidado”. La memoria cumple entonces esa función simbólica: nos conecta con la eternidad y con la obstinación de la vida que se niega a ser borrada.
Ese gesto modesto de Jairo dialoga con otras geografías donde la memoria encontró formas inesperadas de resistencia. En San Carlos, Antioquia -un municipio atravesado por el desplazamiento y la desaparición forzada-, un grupo de guacamayas comenzó a anidar en las tumbas durante los años más oscuros de la guerra. Hoy es común verlas sobrevolando el cementerio, al tiempo que la comunidad resignifica este espacio, anteriormente vedado, con recorridos guiados y expresiones artísticas.
Tanto el hombre que lee en Bogotá como las aves que sobrevuelan las sepulturas en San Carlos nos hablan de lo mismo: la memoria no es patrimonio exclusivo de ceremonias oficiales ni de expedientes judiciales. Es un acto cotidiano, una insistencia en devolverle nombre y dignidad a lo que la violencia intentó reducir a número o ruina. En ese contraste se revela nuestra deuda: somos un país que prefiere pasar la página a la fuerza, que se incomoda con quienes insisten en recordar, pero que tarde o temprano descubre que la memoria no se borra, porque siempre encontrará un cuerpo y una voz que la sostenga.
Jairo vende tintos y cigarrillos en las calles de la ciudad, pero cada día abre su libro en medio del Cementerio Central. Al hacerlo nos recuerda que la memoria no se decreta: se cultiva en los gestos más sencillos. Y que, en un país tan dado al olvido, a veces basta una palabra en voz alta para devolver eternidad a los muertos y dignidad a los vivos.
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