Verano, llegas viejo

A veces, rompiendo la triste costumbre, vuelvo y me pregunto cómo es que a tanta gente le importa tan poco todo. Todo lo que no es suyo. Toda la belleza y todo el horror que nos inundan y que hoy, de manera alucinante para bien y para mal, podemos contemplar. Me encuentro paralizada frente al viejo gazatí desmayado en una fila con su olla vacía —justo lo que no se hace viral— y, ante el silencio, me pregunto para qué escribir. En esos momentos en que los propios actos, los que salen más del fondo, parecen inútiles, extravagancias obstinadas de la ilusión, me pregunto si vale la pena seguir derramando tanta vida en letras que parece que se pierden. Y entonces leo —que eso jamás me pregunto para qué ni si debo— y me encuentro con ideas que atraviesan las dudas. Escribió Mircea Cărtărescu en Nostalgia: “Como todos estos románticos, voy a escribir no para construir una historia, sino para exorcizar una obsesión, para proteger mi pobre espíritu del monstruo, de un monstruo horrible no por su fealdad, como en Kafka, sino por su belleza”. Leo y recuerdo y confirmo. Y entonces escribo.

Dijo, por su parte, Javier Cercas, uno de tantos escritores que se preguntan últimamente por el camino, qué hacer, ante este vendaval: “Para eso escribimos en los periódicos: para no sentirnos solos, para dejar constancia de que continuamos existiendo, de que esto es cosa de todos. Para eso escribimos y para eso leemos; (…) para no andar por el mundo sintiéndonos sometidos. Para oponer resistencia”. Y sí. Quienes escribimos lo hacemos desde alguna soledad que resiste, para recordarnos a nosotros mismos y a los otros —para ilustrar a nuestro modo— que son todas soledades compartidas desde nuestra mutua dependencia, que incluye también gobiernos e infraestructuras, pero sobre todo la tierra que nos acoge, y nuestra muy vulnerable humanidad, a la que nadie, por más solo, por más particular, puede renunciar.

Nos hemos obsesionado con las naciones, como si eso pudiera aliviarnos. Es casi todo una búsqueda desesperada por sentirnos menos solos. Pero cuando ese intento se desquicia, se desboca enceguecido, la soledad es radical, se vuelve infranqueable aunque al principio no lo notemos. Escribió Diego S. Garrocho que «una nación, a fin de cuentas, no es más que un territorio donde se hace exigible la solidaridad forzosa. Por eso no hay comunidad si no se está dispuesto a compartir la suerte. Sobre todo cuando es mala». Escribir es una manera de compartir la suerte.

Encontré una idea preciosa en la página de no sé qué libro cuya fotografía publicó una gran amiga que también escribe, según la cual “el insomnio es la incapacidad para olvidar”. Creo que escribo por mi incapacidad para olvidar. Porque el horror y lo bello se me cuelan por los ojos y los oídos y por la piel, se me enredan por dentro y debo hacer algo con los nudos. Escribo mientras los desenredo, tejiendo nuevas formas, porque no puedo olvidar pero, sobre todo, para no olvidar. Escribo porque no podría hacer otra cosa. Y, cómo no, porque hay otros, como César Vallejo, que han escrito cosas así: «Verano, ya me voy. Y me dan pena / las manitas sumisas de tus tardes. / Llegas devotamente; llegas viejo; / y ya no encontrarás en mi alma a nadie«.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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