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A mi papá;
Que vivió y me contó esta historia.
Los pasos de los hombres del grupo de rescate aplastaban la tierra.
Tenían una camiseta polo con una cruz estampada en el pecho. Iban en paso militar, corriendo cada cien pasos y caminando otros cien.
En la delantera, uno de los capitanes miraba confundido cómo toda la gente que veían les decía que se desviaran de su camino, que se fueran por el otro lado.
Se llamaba Diego Echavarría. Había llegado a Salgar a principios de año para ser el odontólogo rural del hospital. En el tiempo que llevaba en el pueblo buscaba tener varios proyectos, y así como atendía pacientes organizaba cabalgatas para conseguir financiación del hospital, fundó una emisora con la ayuda de los miembros de mejoras públicas, y montó un grupo de rescate en el municipio.
Una vez, hablando con Carlos Mario García, el vacunador del hospital, decidieron formar un grupo de rescate. Antes de que Diego llegara el pueblo tuvo un grupo de bomberos muy sencillo, con tres o cuatro tipos que actuaban en las emergencias, con voluntad pero sin un entrenamiento formal, se acabó cuando a uno de ellos lo trasladaron por un trabajo en Acuantioquia, dejando al pueblo a su suerte.
Diego había sido scout, había tenido entrenamientos con la Cruz Roja, y había visto alguno que otro curso de rescate. Más que ser un experto en seguridad era alguien al que le gustaban los rescates y la gestión de riesgos.
Carlos buscó a sus amigos del pueblo, y su idea corrió de boca en boca entre los médicos del hospital, y así nació el Grupo de Rescate Salgar. Cogieron una habitación del hospital para convertirla en su oficina, preparaban entrenamientos de cuerdas y de manejo de extintores. Como uniformes tenían unas camisetas Jeff con una cruz blanca estampada en un fondo rojo, sus camillas eran hechas en madera pintadas de rojo por un carpintero que estaba entre los rescatistas, y el único vehículo que tenían era la moto del hospital, que les prestaban para hacer los rescates.
Salgar era una puerta de acceso al Chocó para los grupos armados. Era un pueblo al filo de una montaña encerrado por el cañón del río. Los rescatistas se enfrentaban a los derrumbes y las avalanchas que aislaban a la gente, y a los muertos que quedaban perdidos en el río.
Un muchacho del Liceo municipal le dijo a Diego que quería unirse al grupo. Su nombre era Juanchito. Jugaba baloncesto, era representante de su colegio, era popular. Vivía en la Sierva, una vereda a cuarenta y cinco minutos de la cabecera municipal. Diego planeó un entrenamiento en el que el muchacho fingiría haberse rodado por un barranco.
El día que tenía entrenamiento planeado Diego se quedó esperando en el parque al resto del grupo. Entre las risas y los gritos de los borrachos, de los niños jugando en el parque, de la música que salía de las cantinas oyó que los parlantes de la iglesia cortaron con los ruidos:
- Por favor, el Grupo de Rescate Salgar: vayan a la sede para sacar los equipos, que hay una emergencia.
Diego fue en camino para sacar las cosas, sorprendido. Nadie más sabía que había organizado un entrenamiento de rescate, pero trató de estar tranquilo. El muchacho les debía haber avisado.
Las calles del pueblo estaban vacías cuando salieron del hospital. Como sólo tenían una moto buscaban quién los pudiera acercar, pero nadie los quería ayudara, simplemente se iban y les respondían“yo por allá no voy”.
-¡ES PA’ ALLÁ, ES PA’ ALLÁ!- les gritaba la gente que veían, señalando hacia el otro lado.
Diego le hizo caso a lo que le decían, desviándose cada vez más de su camino. No iban hacia la Sierva.
Estaban llegando a la Clara, una vereda donde compraban la producción de café en el municipio.
Había empezado a anochecer cuando llegaron a un monte boscoso. Diego estaba confundido, viendo qué era lo que tenía qué hacer.
Uno de los hombres empezó a gritar, y Diego entendió por qué.
Debajo de sus botas se veía la cara de un hombre entre la maleza. Tenía un hueco en la frente. Un tiro de gracia.
Eso no era ningún entrenamiento; era una emergencia de verdad.
Más arriba encontraron más. Eran diez hombres y dos mujeres organizados en una línea recta en medio del monte.
Entre los rastrojos sintieron que algo se movía. Diego alcanzó a ver a un hombre agachado entre la tierra. Parecía un jaguar en la selva por su uniforme camuflado. En sus manos llevaba un rifle que sostenía apuntándole a sus hombres.
El hombre se paró y caminó lentamente hasta quedar a un metro de uno de los hombres del grupo.
-¡NO DISPAREN!-les gritó Diego, en señal de paz- Somos del Grupo de Rescate Salgar.
-¡Tranquilo, médico, que sabemos que no es con ustedes!
– Vamos a revisar signos vitales…
-¡No hay nada que revisar!-respondió, cortante.- Ya todos viajaron.
Diego se aproximó a uno de los cuerpos para tomar signos vitales. No había pulso, ni respiraciones. Estaba muerto.
-Vámonos de aquí.
El grupo fue loma abajo, dejando atrás al hombre camuflado.
Llegaron hasta la Cooperativa de caficultores. Al lado había un teléfono público.
Al primero al que Diego llamó fue al fiscal del pueblo. Le dijo que se encontraron doce cadáveres, que estaba la guerrilla, y que no fueran, porque le harían un atentado a él y a los policías. Al segundo que llamó fue al comandante de la policía, y le dijo que no fuera porque lo estaban esperando.
El fiscal le pidió que subieran los cuerpos hasta el hospital.
Habían llevado dos camillas de madera, en las que subieron unos cadáveres.
Las calles de Salgar se veían desoladas. En las ventanas se veía a la gente mirando a los cuerpos, asustados, llorando.
Cuando llegaron al hospital uno de los hombres fue a donde Diego:
- Diego, yo voy a ir por la moto, porque esto así va a ser muy difícil. Nos vamos a demorar un montón.
El que le dijo eso fue Diego Piña. Era dueño de una tienda. La moto de la que hablaba era una B80 con un cajón para las verduras en la banca de atrás.
La sangre se iba chorreando por la calle mientras llevaban dentro del cajón los cuerpos sin vida. Cuando ya no quedaban más cadáveres le dijeron a Diego que había pasado otro accidente, en la Sierva, de un niño, de Juanchito.
El entrenamiento de Diego era un herido real.
Lavaron las camillas y volvieron a salir, a paso militar. Se demoraron una hora y media en encontrar al muchacho.
Estaba tirado en medio de un barranco, sin poder mover la pierna. Se había fracturado.
Ayudaron al muchacho a acostarse en la camilla y fueron de vuelta al hospital. Juanchito apenas se movía, apretando los dientes. Desde las casas se oían los gritos y el llanto, porque pensaban que era otro muerto más que habían recogido. Diego iba asustado, impresionado, pero caminaba seguro y firme, porque cargaba a un muchacho vivo.
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