Una alianza por el sur global

El mundo que construimos es fruto del esfuerzo y de las diversas verdades que juntamos para estructurar una utopía permeada por nuestras propias imperfecciones. Hoy por hoy, tal como lo reflexiona Francis Fukuyama al estudiar la crisis del liberalismo, las nociones de cooperativismo, institucionalismo y el sueño de naciones caminando juntas persisten bajo una sombrilla agujereada de promesas incumplidas, tretas y pantallas mediáticas que abogan por la idea de sostener una humanidad equitativa.

Pero es la idea, no la decisión.

De tantos mártires que cayeron en el sueño de la autodeterminación de los pueblos, permanece una realidad: desde el sur del Mediterráneo hasta el cabo de las Agujas, y desde Mexicali hasta la isla de los Estados, la dependencia persiste. Siglos de conquista y subordinación, traducidos con el paso del tiempo a cooperación, ayudas y créditos internacionales, nos recuerdan que las relaciones entre las naciones no se construyen necesariamente entre iguales. La ley del más fuerte no siempre requiere de la fuerza. A veces basta con determinar las condiciones bajo las cuales los demás pueden participar, comerciar, financiarse y desarrollarse.

La zanahoria y el garrote han adquirido nuevas formas. Ya no se trata únicamente del poder que somete, sino también de aquel que persuade; de las invitaciones simbólicas, las promesas de retribución, los reconocimientos y la posibilidad de conectar al mundo mediante relaciones que, aunque acercan a las naciones, no siempre distribuyen equitativamente sus beneficios. El problema no es la cooperación internacional, sino la desigualdad de condiciones bajo las cuales cooperamos.

América Latina y el Caribe exportan al mundo cientos de miles de millones de dólares en materias primas. En 2023, estas representaron cerca del 32 % de las exportaciones regionales de mercancías. África, por su parte, registró en 2025 una participación de los productos primarios cercana al 77 % de sus exportaciones de mercancías, según UNCTAD. Dos realidades geográficas distintas, atravesadas por una pregunta semejante: ¿cuánto de la riqueza que sale de nuestros territorios se transforma en capacidades productivas, conocimiento e industria dentro de ellos?

No se trata de desconocer la importancia del comercio internacional, ni de asumir que exportar recursos naturales constituye, por sí mismo, una condena económica. Se trata de reconocer que, cuando una región depende excesivamente de la venta de bienes primarios, mientras otros concentran mayores capacidades tecnológicas, industriales y financieras, las posibilidades de capturar el valor de esa riqueza no son necesariamente las mismas. La abundancia de recursos no garantiza el desarrollo, así como la inserción en los mercados internacionales no asegura, por sí sola, una distribución equitativa de sus beneficios.

Y es allí donde las distancias comienzan a acortarse.

América Latina, África y Asia no comparten una misma historia, ni responden a una sola realidad política o económica. Pero coinciden en ciertos retos: la necesidad de diversificar sus economías, fortalecer sus capacidades científicas, garantizar la seguridad alimentaria, financiar la transición energética y generar oportunidades para una población joven que no puede seguir esperando que el desarrollo llegue como una promesa importada. Las dificultades son compartidas, aunque sus manifestaciones sean distintas; y si los desafíos atraviesan fronteras, ¿por qué las respuestas habrían de construirse exclusivamente dentro de ellas?

Una alianza por el sur global no significa levantar nuevas fronteras ideológicas, sustituir unas dependencias por otras o dividir al mundo entre adversarios irreconciliables. Significa entender que la cooperación también puede construirse desde nuestras propias capacidades. Que podemos intercambiar conocimiento, fortalecer cadenas regionales de valor, desarrollar infraestructura, ampliar nuestros mercados y establecer mecanismos de financiación que respondan a las necesidades de nuestros territorios. Que nuestra riqueza no tiene por qué limitarse a aquello que podemos extraer de la tierra, sino que también puede expresarse en aquello que somos capaces de producir, transformar e imaginar.

Tampoco significa desconocer las instituciones que hoy articulan el sistema internacional. Significa preguntarnos cómo hacerlas más representativas, cómo equilibrar las condiciones de negociación y cómo conseguir que las decisiones sobre el futuro de nuestras economías no se tomen sin la participación efectiva de quienes asumirán sus consecuencias. La autonomía no se construye mediante el aislamiento, sino mediante la capacidad de relacionarnos con el mundo sin renunciar a determinar nuestro propio rumbo.

Porque el sur global no necesita convertirse en un bloque uniforme para encontrar intereses comunes. Necesita reconocer que la cooperación entre sus pueblos puede ser una herramienta para ampliar sus posibilidades de desarrollo, fortalecer sus instituciones y construir alternativas allí donde las respuestas tradicionales han resultado insuficientes.

Al final, la autodeterminación no consiste en dejar de caminar con los demás, sino en poder decidir hacia dónde caminamos.

Y si durante siglos hemos intentado construir un mundo en el que las naciones puedan encontrarse bajo principios de igualdad, quizá ha llegado el momento de preguntarnos algo más elemental: ¿cómo podemos hablar de cooperación entre los pueblos si todavía no hemos conseguido cooperar entre iguales?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

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