Un abrazo

Para escuchar leyendo: Por ti Colombia, Piero.

Le he dado muchas vueltas, no sé cómo empezar ni qué decir. Hay un cúmulo de sentimientos, por supuesto. Reconozco el miedo, que se me viene a cada ratico cuando escucho un ruido extraño, y que trae consigo la sombra de qué pasaría si eso ocurriera en Medellín.

Alcanzo a reconocer también la gratitud a Dios por mi salud, mi vida y la de todos los que quiero y me quieren. Reconozco la ansiedad, la incertidumbre, el dolor y el desespero por quienes no tuvieron la dicha que yo agradezco. Está también el orgullo al ver la oleada de solidaridad y la capacidad de organización colectiva de los paisanos que se echan al hombro la solución a tanto dolor.

No sé qué decir, pero voy a bregar, porque Colombia, como canta Piero en la canción que les pongo de fondo, es una tierra de melodiantes locos que algún día tiene que renacer.

Bregaré, entonces, por dar una pequeña propuesta, a ver si de tanto dolor salimos mejores, como ya nos lo enseñó Armenia hace 27 años.

El 25 de enero de 1999 un terremoto de 6,2 grados golpeó al Eje Cafetero. Armenia, sobre todo, quedó reducida a escombros, y el país respondió entendiendo que la reconstrucción no podía dejarse a la improvisación. Nació el Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero, una entidad especial, temporal, con autonomía administrativa y financiera, que operó bajo un modelo poco usual: en lugar de ejecutar todo desde el Estado central, contrató Organizaciones Gestoras del Plan de Acción —ONG, universidades, cajas de compensación, gremios— que ejecutaron los recursos en los municipios afectados bajo supervisión y metas verificables. El resultado fue una reconstrucción más ágil que la de otros desastres colombianos, un modelo que aún se estudia en escuelas de administración pública y que la ONU presenta como ejemplo exitoso.

Hoy la pregunta no es si necesitamos un mecanismo similar, sino cómo construirlo. Un nuevo FOREC —llamémoslo así como ejercicio— debería partir de tres aprendizajes de 1999. Primero, la autonomía financiera es indispensable: los recursos no pueden quedar atrapados en la maraña presupuestal mientras las familias siguen bajo carpas, más aún con la crisis fiscal y un gobierno recién posesionado que todavía no tiene todos sus funcionarios en firme. Segundo, la ejecución descentralizada y vigilada funciona mejor que la centralización, pero exige controles más rigurosos que hace veintisiete años, con trazabilidad pública y rendición de cuentas en tiempo real. Tercero, la reconstrucción no puede limitarse a levantar paredes: debe incluir vivienda digna, recuperación económica de pequeños productores y comerciantes, y atención psicosocial para quienes cargarán este trauma por años.

Por supuesto, el desafío ahora es mayor. El terremoto de 2026 golpeó una zona más extensa y diversa que la de 1999, desde el Pacífico chocoano hasta el corazón cafetero, lo que exige un fondo con capacidad de adaptarse a realidades sociales y geográficas distintas, no una fórmula única aplicada de arriba hacia abajo. ¡Que podamos dejar esas zonas mejor de lo que estaban!

Por fortuna, en Colombia tenemos ya la experiencia, los aprendizajes y el talento humano e institucional para replicar con mayor éxito el FOREC, con la tutoría de gente probada y con idoneidad técnica como Luis Carlos Villegas, Enrique Peñalosa, Federico Restrepo, Rosa María Cárdenas, Juan Daniel Oviedo, Alejandra Botero Barco o Carolina Soto. Echemos manos a la obra y honremos a las víctimas construyendo una Colombia mejor, una que renazca y logre sonreír.

Mientras todo ello pasa, hay algo maravilloso que se escapa a cualquier decreto y ya está ocurriendo: los empresarios que han comprometido miles de millones en donaciones, los artistas que han enviado mensajes de aliento y se han puesto a disposición, los voluntarios que remueven escombros junto a los cuerpos de rescate, los colombianos de otras regiones que abren sus casas a los damnificados, sobre todo, la gran fuerza ciudadana del común que se ha levantado en grandiosas cadenas logísticas para recolectar y destinar donaciones a cada rincón. Esa es la verdadera argamasa de cualquier reconstrucción.

Lo que Colombia ha demostrado una y otra vez frente a la tragedia es que sabe abrazarse a sí misma. Cada vez que el dolor vuelve, el país entero se inclina hacia sus heridos con esa mezcla de dolor compartido y determinación que solo da la solidaridad. Reconstruir el Eje Cafetero y el Pacífico no será solo una tarea de ingenieros y funcionarios: será, una vez más, un abrazo que Colombia se da a sí misma cuando más lo necesita.

¡Ánimo! Ahora más que nunca ¡Ánimo, país de mis amores!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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