En el cómic tenía 26 años y se llamaba Ana, aunque su verdadero nombre era Sandra Milena Martínez. Allí aparece sonriente, convertida en dibujo junto a una fotografía suya. A un lado, unas pocas líneas cuentan su historia: era oriunda del Caquetá, había sido reclutada por las FARC a los doce años y, después de reintegrarse, había decidido dedicar su vida al trabajo social.
Hace algunos años, cuando hicimos ese cómic, yo coordinaba el área de educación de una organización de Bogotá. Tuve la oportunidad de trabajar con Sandra y de conocer parte de su historia. Queríamos contar las vidas de personas que habían atravesado la guerra y que, después de ella, habían decidido hacer algo distinto con sus heridas. Sandra era una de esas personas.
Hoy vuelvo a esas páginas con profundo dolor. Porque la mujer que entonces dibujamos para contar una historia de transformación aparece ahora en otra historia: la de una mujer desaparecida, una familia que lleva casi dos años preguntando dónde está y unos restos encontrados bajo la tierra.
Sandra desapareció el 26 de noviembre de 2024, en El Paujíl, Caquetá. Estaba embarazada de cuatro meses. Durante casi dos años, su familia ha vivido con una de las preguntas más dolorosas que puede hacerse en Colombia: ¿Dónde está mi ser querido?
El pasado 15 de agosto, las autoridades encontraron restos óseos en una zona rural de Cartagena del Chairá que podrían corresponder a Sandra. Los análisis forenses tendrán que establecerlo para que, de esta manera, su familia pueda darle cristiana sepultura.
Es inevitable regresar al cómic. Lo llamamos Tierra removida porque hablaba de una tierra marcada por la guerra. De aquello que queda enterrado después de la violencia. De los muertos que no pueden descansar y de las familias que tienen que aprender a vivir con una ausencia.
Nunca imaginamos que el título terminaría adquiriendo una resonancia tan dolorosa. Lo cierto es que Colombia sigue siendo un país de tierra removida. Removemos la tierra para buscar a nuestros desaparecidos. Removemos archivos para reconstruir la memoria. Removemos viejas heridas que, aunque parezcan cerradas, vuelven a sangrar cuando aparece una nueva historia de violencia. Paradójicamente, la única tierra que nos falta por remover es la de nuestra indiferencia.
Sandra no era una cifra, ni una estadística sobre reincorporación, mucho menos una historia más de violencia en el Caquetá. Era aquella niña a la que la guerra le arrebató la posibilidad de decidir cuando tenía doce años. Y era también la mujer que, años después, decidió por sí misma qué hacer con su vida. Pudo quedarse habitando el lugar que otros habían construido para ella. Pero eligió otro: trabajar con personas, acompañar comunidades e intentar transformar su territorio desde las pequeñas cosas.
Eso es lo que significa ser una lideresa social y por eso su historia resulta todavía más dolorosa. Porque Sandra había conocido muy pronto la capacidad que tenemos para convertir al otro en enemigo y, aun así, decidió construir su vida alrededor de una idea contraria: mirarlo a los ojos sin prejuicios.
No parece una gran revolución. Pero en un país acostumbrado a dividirse entre los buenos y los malos, entre los nuestros y los otros, mirar al otro sin prejuicios es un acto político. Por eso, cuando una lideresa social desaparece, no desaparece solamente una persona. Desaparecen también los vínculos que estaba construyendo, la confianza, las conversaciones, los proyectos y las pequeñas cosas que hacen que una comunidad pueda reconocerse como comunidad.
Buscar a Sandra importa. Importa encontrarla y verificar de manera rápida si esos restos son finalmente identificados como los suyos. Importa que su familia pueda dejar de preguntar dónde está y comenzar a preguntarse cómo vivir con su ausencia.
Me sorprende que, en medio de tanto dolor que nos atraviesa como colombianos, existan voces que están en contra del trabajo que desarrolla la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD). Buscar a los desaparecidos es también una manera de decir que no aceptamos que alguien pueda desaparecer dos veces: primero de la vida y después de la memoria. Es por esto que la historia de Sandra, como la de las 137.000 personas dadas por desaparecidas, también debería obligarnos a mirar hacia atrás, hacia el momento anterior a la desaparición. ¿Quién cuida a quienes cuidan?, ¿Quién escucha cuando empiezan las amenazas? Y ¿Quién protege a quienes deciden quedarse en sus territorios para trabajar por otros?
Preguntas incómodas que generalmente no tienen respuestas efectivas por parte del Estado. Parece ser que normalizamos hablar de los líderes sociales cuando ya han sido silenciados. Los convertimos entonces en cifras, homenajes, comunicados y fotografías en blanco y negro, sin soluciones de fondo, ahora, en vida, en los territorios.
Por eso regreso al cómic y a la Sandra que tenía 26 años y sonríe. No quiero recordar solamente a la mujer que desapareció. Quiero recordar a la mujer que decidió vivir de otra manera después de haber conocido la guerra. A la niña que perdió demasiado pronto la posibilidad de elegir y a la ciudadana que recuperó esa posibilidad para ponerla al servicio de otros. Sandra nos dejó en aquellas páginas, una definición sencilla y enorme de la paz: “mirar al otro a los ojos sin prejuicios y trabajar por lo que el mundo necesita”.
Tierra removida nació para contar que después de la guerra todavía era posible soñar. Hoy nos recuerda algo más difícil: que todavía estamos removiendo la tierra para encontrar a quienes la violencia nos quitó. Ojalá algún día dejemos de hacerlo.
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