Tiemble, llueva o relampaguee

Gracias infinitas por la suerte geográfica de quienes hoy estamos vivos.

Gracias a todos los rescatistas que llevan días sin dormir, a los voluntarios que están en las zonas afectadas, a las fundaciones, movimientos, negocios y ciudadanos que se han sumado a la recolección de donaciones para llevar ayuda a los puntos más afectados. Creo que esta tragedia nos está dejando ver algo que, incluso en medio del dolor, vale la pena reconocer: Colombia siempre tiene una comunidad que abraza y sostiene, sin importar las directrices o las intenciones políticas de nadie.

En esta columna no quiero hablar de política. No porque detrás de todo esto no haya decisiones políticas, responsabilidades o cosas que tendremos que discutir después, sino porque creo que también hay momentos en los que es necesario hablar con el corazón y hablar desde lo que sentimos. A veces hay que darle espacio a la ternura, a la humanidad, reconocer a las cientos de víctimas que deja este temblor y hacer un poco de silencio. Silencio por el dolor, silencio para encontrar a quienes todavía están desaparecidos, silencio por la memoria de quienes no lograron salir y silencio porque una tragedia como esta también nos recuerda lo frágil que puede ser todo.

Colombia está enfrentando una tragedia que, aunque no es nueva en nuestra historia, sí nos pone de frente con realidades que muchos de nosotros sentíamos lejanas. Hay ciudades y municipios que conocemos poco, territorios de los que apenas escuchamos hablar cuando ocurre una emergencia, pero donde miles de personas viven hoy las consecuencias de este desastre. Son lugares que muchas veces parecen estar muy lejos de nosotros, como si las crisis, los desastres naturales y las condiciones de supervivencia fueran siempre problemas de otros. Hoy no. Hoy la tragedia llegó a territorios con miles de ciudadanos, a comunidades enteras que necesitan que no las olvidemos cuando deje de ser noticia.

Y también creo que hay que hablar de lo que pasa por dentro. Porque una emergencia de estas dimensiones no solamente deja daños materiales. Deja miedo, angustia, incertidumbre y personas intentando entender qué acaba de pasar. Muchos colombianos están viviendo esto mientras cargan también con sus propias historias, con ansiedad, depresión, duelos, preocupaciones económicas o familiares. La salud mental también se resiente cuando sentimos que algo que parecía imposible acaba de suceder. Por eso no debería darnos vergüenza decir que tenemos miedo, que estamos tristes, que estamos angustiados o que no sabemos cómo procesar lo que estamos viendo. Hay personas que necesitan acompañamiento, otras que necesitan simplemente que alguien les pregunte cómo están y otras que necesitan que les recuerden que no tienen que atravesar solas lo que sienten. Colombia tampoco puede olvidarse de eso.

Quiero expresar especialmente mi apoyo a mis amigos de Argelia, Cartago, Quimbaya, Buga y tantos otros municipios que quizá no ocupan las primeras páginas, pero que también están viviendo momentos muy difíciles, algunos sin señal, sin luz y sin posibilidades siquiera de comunicarse con sus familias. No podemos permitir que la atención se concentre solamente en los lugares que aparecen constantemente en televisión. También hay comunidades enteras esperando ayuda y preguntándose qué va a pasar después.

Porque después viene otra parte de la tragedia de la que también tenemos que hablar: cuando pasen los primeros días, cuando disminuya la conmoción, cuando las cámaras se vayan y cuando la conversación nacional encuentre otra noticia. Ahí es cuando tenemos que seguir. El amor también se demuestra en el cuidado y cuidar no siempre significa hacer algo extraordinario. A veces cuidar es mandar un mensaje, compartir información útil, donar lo que podamos, preguntar por alguien que vive lejos, ponerse a disposición, acompañar a una persona que está asustada o simplemente estar atentos a quienes tenemos cerca. Cuidar también es entender que la emergencia no termina cuando deja de ser tendencia.

Creo que Colombia, en este momento, merece ternura. Merece compasión, solidaridad y esperanza. Y también merece que, por unos días, seamos capaces de dejar a un lado el odio y el resentimiento. Porque estoy segura de que quien está debajo de los escombros en este momento no está pensando en nuestras peleas políticas, ni en nuestras diferencias, ni en quién tiene la razón. Está pensando en sobrevivir, en encontrar a los suyos, en salvar, en cuidar y en proteger. Frente a la naturaleza quizá también tengamos que recuperar algo muy básico que a veces olvidamos: el instinto de protegernos unos a otros.

Sé que estas columnas no son un diario personal, pero creo que hoy tengo que decirlo: esto también fue pura suerte geográfica. Yo tuve la suerte de tener a mi familia completa, de estar en un lugar seguro y de poder escribir estas palabras mientras otras familias están esperando noticias de los suyos. Y por eso mi gratitud no puede quedarse solamente en sentirme afortunada. También tiene que convertirse en reconocimiento hacia quienes hoy están haciendo todo lo posible para que otras familias puedan volver a encontrarse.

No quiero convertir este dolor en una discusión política, ni hacer de una tragedia un escenario para demostrar quién tenía razón. Ya habrá tiempo para preguntar, exigir, revisar y discutir todo lo que haya que discutir. Hoy quiero quedarme con algo mucho más sencillo: con la gente que está ayudando, con quienes llevan días trabajando sin descanso, con quienes están donando, con quienes están buscando, con quienes están esperando y con quienes, aun teniendo miedo, decidieron salir a ayudar a alguien más.

Porque al final, cuando todo tiembla, lo único que realmente tenemos los unos a los otros.

Tiemble, llueva o relampaguee, que nunca se nos olvide cuidarnos.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/tania-torres/

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