Cuando soñaron con la inmortalidad, no había quedado más que el capricho de su consciencia: hilada entre lo que el polvo de los callejones arrastraba consigo.
No de entre flores rotas que pisotearon por las avenidas, las que escapaban con el silbido de un sol convaleciente.
¿O era la brasa de aquel infierno urbano?
¿O la memoria de una metrópolis podrida?
Todas las calles estaban vacías. Todas las estructuras derruidas por dentro. El vigilante dormía en la plaza del centro, y los muertos distribuidos entre cafés de esquina. La seguridad omnipresente…
…Porque no había nadie más a quien cuidar.
El agua envenenada era cristalina, tanto que era capaz de reflejar al sol incluso después de que el cielo se llenara de oscuridad. En las noches sin luna, aullaban los niños, esperando a que los viejos salieran para devorarlos entre todos. Su jauría esperaba que les devolvieran las almas que les fueron robadas.
Las secuelas de un mal sueño seguían al rey por donde fuera que paseara, como recuerdo de su pecado de alcanzar una emancipación divina. Una libertad malvada, o una liberación tiránica. Mientras que el demiurgo dormía al lado del río, con el cantar de los juncos, sin verde ni ambiente.
Sin abejas que acompañaran su canto.
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