“No tema tanto el fracaso, Marina. Le hace bien al alma”.
En América. Susan Sontag.
En un calistemo rojo de mi casa hay un nido de petirrojos. Es decir, en un árbol que veo cuando abro la puerta de mi habitación cada mañana vive una pareja de uno de los pajaritos más hermosos que conozco. Identificamos el nido y nos dedicamos a observarlo: vemos al petirrojo volar a la esquina del techo y pararse ahí atento, mirando de lado a lado con su cresta alucinante, vigilando a la petirroja que organiza ramitas y calienta los huevos en el nido; a veces salen juntos y, en un árbol cercano, él le da comida en el piquito. Tanta gente se limita a pasar de largo por la vida mientras acumula, la mayoría no verá siquiera el nido. Para mí es un hecho vital de una belleza tan honda —casi dolorosa—, tiene tal impacto en mi mirada, que, en medio del lodazal en que está inmerso el mundo, se convierte en un mandato.
La mirada lo es todo. Desde allí se construye el ser humano. Hay miradas muy pobres que jamás entenderán la profundidad de quienes ven lo que ellas no ven. Contó el periodista Paco Cerdà en un perfil sobre el escritor Enrique Vila-Matas: «Del niño Enrique Vila-Matas su maestro se burló. Delante de sus compañeros, el profesor de los maristas leyó en voz alta su redacción escolar y se mofó. —Como pueden comprobar, el alumno Vila-Matas nos informa en este texto de la baja intensidad de la luz de la lámpara de su escritorio. (…) Había escrito que aquella lámpara dormía sobre sus ojos en vela. Era una metáfora de su estado de ánimo; una imagen de la precariedad económica que sufrían en el piso de la calle de Rimbaud, Barcelona, años sesenta; el mundo de ayer». Eso escribió el niño, su naciente alma de escritor, y aquello entendió su pequeño profesor.
Las miradas pobres pueden arruinar, romper para siempre, las miradas hondas. Afortunadamente, tantas veces no lo logran, crean grietas dolorosas por las cuales entra brillo a esas profundidades efervescentes. A su vez, hay ojos atentos que captan destellos de algo distinto —así no puedan identificar claramente qué es— y no guardan silencio; lo alientan porque presienten que se trata de chispas que hay que convertir en incendios. Como contó el artista Julio Le Parc en una entrevista: «En mi cabeza no entraba ser artista. Pero a mi mamá una profesora le dijo que yo era buen dibujante, aunque malo en las otras materias. Después, ya en Buenos Aires, mi mamá pasó por la Academia de Bellas Artes y se acordó de lo que le había dicho aquella maestra y entró a preguntar». La profesora. La mamá. La chispa que palpita.
Uno sabe desde muy niño cuando es distinto. Cuando lo que ven otros, con lo que alucina uno, no es lo mismo. Como si los demás avanzaran en calma sobre pavimento y uno saltara entre las llamas de un incendio perpetuo. Hay que aferrarse a las almas de ojos ardientes, a las miradas que, compartidas, hacen que la vida estalle en colores. Con mi pareja nos despertamos a ver si el petirrojo está en la esquina del techo, miramos con binóculos y nos anunciamos “¡hay movimiento en el nido!”; por la noche, en la cama, conversamos emocionados, imaginándonos a la parejita acurrucada en esa cueva diminuta. Nos preocupa un gato que ronda por ahí; nos decimos: tenemos una familia que cuidar.
Comparto mi vida con una mirada que la enciende. Así se recupera diariamente la ilusión.