Las provincias olvidadas

La semana pasada tembló acá en Colombia, con un terremoto de 7,4 que impactó principalmente a los departamentos del Chocó, el Valle del Cauca, Quindío, Risaralda y Caldas. En estos días ha habido montones de donaciones a los territorios afectados, pero mirando en Instagram vi una publicación que me dejó pensando al respecto de la situación.

La historiadora María Emilia Gouffray “la Nerda” en una publicación dijo que “si algo evidenciaba el terremoto es que Colombia siempre le ha dado la espalda al Chocó, y esto no es un problema reciente, es una historia muy profunda”.

En estos días he visto muchas donaciones y campañas para ayudar a las comunidades más afectadas, lo que me llena de esperanza y me hace cuestionar un poco esta primera frase, pero no creo que se refiera particularmente a las ayudas humanitarias que han llegado, sino a algo más, a la infraestructura, a la seguridad, a la capacidad de respuesta ante el desastre.

Hace muchos años iba en un viaje por tierra desde Barranquilla hasta Valledupar, en el cual estuvimos dos horas en un paro porque a un municipio de la carretera le habían cortado la luz. Ese municipio se llama Tasajera, un lugar que hasta ese momento no había escuchado jamás, y estaba sin luz porque sus habitantes no tenían cómo pagar los servicios.

El conductor nos decía que era algo frecuente que eso pasara, que los municipios protestaban muchas veces hasta que volvieran a tener luz, agua y otros servicios. Al otro día mi abuelastro me decía que ese problema, ese constante abandono se debía a la centralización y a la descentralización. Mientras ciudades principales como Bogotá, Medellín o Cali recibían recursos y organización para sus habitantes, lugares como Tasajera apenas aparecían en un mapa para casi todo el país, y para su gente simplemente se esfuerzan por sobrevivir.

Ahora, muchos años después de esa noche en la carretera de la Costa pienso en cómo las facilidades de acceso y de seguridad hacen la diferencia para sus habitantes. La centralización no solamente está en dónde se encuentran las instituciones del Estado, sino también en dónde se concentra la infraestructura, las oportunidades y la capacidad de respuesta.

Colombia no necesariamente le da la espalda al Chocó cuando ocurre una tragedia. De hecho, basta con mirar las redes sociales durante estos días para encontrar campañas, colectas y personas intentando enviar alimentos, ropa, dinero y otros elementos a las comunidades afectadas. Hay una solidaridad que sería injusto negar.

Pero la solidaridad no debería ser nuestra única forma de enfrentar la desigualdad.

Hay algo profundamente paradójico en que necesitemos que ocurra un terremoto para volver la mirada hacia territorios que llevan décadas enfrentando problemas que no comenzaron con el desastre. El terremoto destruye viviendas, carreteras y otras estructuras, pero también hace visible aquello que ya estaba deteriorado antes de que la tierra comenzara a moverse.

Una emergencia puede durar unos días o unas semanas. El abandono, en cambio, puede durar generaciones.

Y esta diferencia es importante porque solemos hablar de las tragedias como si comenzaran en el momento exacto en que ocurren. Decimos que un terremoto dejó comunidades sin vivienda, que una inundación destruyó cultivos o que un derrumbe bloqueó una carretera. Pero muchas veces esas tragedias encuentran territorios que ya estaban en condiciones precarias, con vías deficientes, servicios públicos insuficientes, dificultades de acceso y una presencia estatal que no siempre parece tener la misma fuerza que en las grandes ciudades.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué tan natural es realmente un desastre natural?

Un terremoto puede ser inevitable. Que sus consecuencias sean tan devastadoras no necesariamente lo es.

La tierra tiembla para todos, pero no todos enfrentamos el mismo terremoto. Una familia que vive en una vivienda construida con materiales resistentes y tiene acceso rápido a hospitales, vías y organismos de emergencia no enfrenta el mismo desastre que una comunidad que lleva años esperando mejores condiciones de infraestructura.

Por eso las donaciones importan. Importa que la gente se movilice, que alguien decida aportar dinero, alimentos o tiempo para ayudar a quienes lo perdieron todo. Pero también deberíamos preguntarnos por qué tantas veces nuestra respuesta ante la desigualdad consiste en esperar a que ocurra una tragedia para actuar.

Quizás darle la espalda al Chocó no significa necesariamente que Colombia no mire hacia él. Quizás significa que solamente lo miramos cuando algo nos obliga a hacerlo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar