La casa verde también se rompió

A la casa verde ahora le falta el techo. También hay unas grietas grandotas en algunas paredes.

La tía dice que los cuatro (ella, la hija, el nieto y el hermano) se quedaron en la puerta de la pieza porque cómo salir, todo moviéndose.

Atrás se escuchaba la caída de objetos sobre el piso de madera.

Menos mal no nos movimos, dice la prima, porque en el zaguán nos hubiera caído un pedazo de tapia.

Estos días han estado durmiendo donde una amiga porque es más cerquita a la casa, porque aquí estamos, dice, dónde más, aquí estamos cocinando.

Aquí es la casa verde, que también tiene el techo de la cocina abierto.

Todos rezamos para que no llueva.

Dios de la lluvia, que no llueva en Riosucio, Caldas.

Que no llueva en ninguna parte de Colombia donde hay casas sin techo.

La casa verde es la de la tía Floralba, pero ha sido siempre la casa familiar. Ahí crecieron mi mamá y sus hermanas y también la abuela y sus hermanas. Hasta hace menos de tres años mantenían la puerta abierta y uno entraba sin tocar, saludando desde el contraportón, buenaaaaaas tardeeees, y como es una casa vieja de tapia, con chambranas, uno entra al corredor y lo recorre mientras pasa la primera pieza y luego la sala y luego la pieza de la tía y luego otra pieza oscura que tiene una pieza escondida y luego el comedor y por fin la cocina, y siempre, al frente, un patio de tierra en el primer piso. En la cocina es donde uno se sienta, en una banca que tiene el comedor, y se pone a conversar. En diciembre, la tía Floralba nos hace buñuelos y también natilla y arequipe que prepara con los primos a la vieja usanza, es decir, como es de verdad: voleando pala en una paila grande por horas.

Esa casa nos ha visto despedirnos de los años cada año y nosotros de cariño, por supuesto, la llamamos la casa verde. Vamos para casa verde, decimos, como un mantra. A mí me gusta ir, sobre todo, cuando la tía está haciendo arepas, todavía al carbón, y ella te pasa una caliente con margarina La Fina y sal, que es como le enseñaron a ella que se come la arepa.

En esa banca fue que la otra tía, que se murió cuando yo tenía ocho años, me enseñó que el quesito se pica en cuadritos y se le echa a la aguapanela caliente.

Pienso en la casa verde estos días, los recuerdos vienen como ráfagas. Esta mañana la tía me despidió de afán por el teléfono porque se iba a poner a llorar.

A la casa verde ahora le falta el techo y quién sabe qué más: la prima dice: son muchas cosas.

Es mejor no hacer la lista.

Porque estos días la tía es una entre un montón.

Solo en Riosucio hay más de 500 casas afectadas y 35 destruidas (aunque estas son cifras de mitad de semana).

Pero así iban las de Colombia hasta este sábado 15 de agosto: 115 461 personas afectadas, 294 muertos, 3 935 heridos, 320 desaparecidos, 353 rescatados, 14 493 viviendas destruidas, 66 edificios colapsados, 81 506 viviendas averiadas.

La mamá llama a decir que la amiga, la que le gusta tejer, la que me hizo dos tops, una falda y una bamba, perdió el apartamento en Manizales.

Ya no soy de este mundo, dijo.

Desde lejos es difícil (se siente mucha impotencia, para empezar): uno se pone a ver videos de los lugares conocidos, de Bonafont, un corregimiento de Riosucio, con tantas casas desplomadas. Luego la mamá dice que iba en el bus y vio muchos edificios entre caídos y afectados en Manizales. Casi no ha dormido. Casi no he dormido: en las noches me despierto pensando que la mamá me va a llamar otra vez a decirme que está temblando, que hay grietas en el apartamento, y yo sin saber qué hacer, cómo sacarla a ella y al gato a 4 000 kilómetros de distancia.

Pero es difícil, porque la mamá está viva, el gato está vivo, el apartamento está en pie, y uno quiere llorar, pero cómo va a llorar si hay tantos sufriendo. Tantos que sí perdieron la casa y la vida.

No está lejos, sin embargo, la tragedia: la casa verde tiene el techo abierto. Tiene las paredes resquebrajadas. La amiga no tiene casa.

Y si vuelve a pasar.

La muerte susurrando. El perderlo todo en un segundo susurrando.

El miedo como una sombra.

Le pregunto a la prima si se sintió como estar en un columpio.

Se sintió como morirse, responde.

Hay gente que sabe qué hacer, yo no sé mucho, como si la tristeza nublara todo. Quizá donar. Quizá compartir el link de la Cruz Roja para ayudar desde lejos. Quizá enviar un mensaje a la familia para que recojamos algo de dinero para la tía, aunque no lo comparto con nadie más: hay tantas causas, que cómo se pide más. Quizá yendo a las fuentes oficiales, no compartiendo información falsa.

Como esta es una tristeza compartida, al final lo que nos mantiene la esperanza es la solidaridad. Ver que las comunidades se unen para rescatar, para hacer un almuerzo colectivo, para acompañarse. Que todos, aunque no sepamos qué hacer, hacemos algo. Incluso, no estorbar. No hacer ruido.

Yo recuerdo la casa verde como una oración: que se pueda reconstruir (pronto).

Porque veo a la tía sentada en la banca del corredor, esperando con las grietas.

Para dónde nos vamos a ir, dice.

Y yo entiendo que la vida es más importante que las cosas materiales,

pero

uno también es una casa.

La casa verde también es la tía Floralba.

La tía Floralba, que no lo dirá, también tiene grietas adentro.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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