Hay intelectuales que producen teorías. Otros ayudan a transformar ciudades. Jordi Borja hizo ambas cosas. Su muerte, ocurrida el pasado 10 de julio en Barcelona, cierra la vida de uno de los urbanistas más influyentes de Iberoamérica, pero deja abierta una pregunta que hoy interpela con especial fuerza al Oriente antioqueño: ¿estamos construyendo ciudades o simplemente urbanizando el territorio?
La pregunta no es retórica. El Valle de San Nicolás vive el proceso de transformación territorial más acelerado de su historia. En apenas dos décadas sus municipios han dejado de ser poblaciones relativamente independientes para conformar un sistema urbano. La expansión residencial, el crecimiento industrial y logístico, el aeropuerto José María Córdova, las nuevas vías y la creciente movilidad cotidiana han desdibujado las fronteras municipales. El espacio urbano ya existe de facto; lo que todavía no existe plenamente es su gobierno como territorio conurbado.
Jordi Borja insistía en que “el espacio público es la ciudad”, una idea desarrollada junto con Manuel Castells en ‘Local y global. La gestión de las ciudades en la era de la información’ (1997). No se refería únicamente a parques o plazas. Hablaba del espacio donde se construye ciudadanía, donde se encuentran los diferentes y donde el poder público adquiere legitimidad. Esa es una de las grandes lecciones para el Oriente antioqueño, además de las tres que nombro a continuación.
La primera enseñanza de Borja tiene que ver con la necesidad de pensar políticas urbano-regionales y no simples políticas municipales. La vivienda, la movilidad, el empleo, la gestión ambiental, el abastecimiento de agua, la infraestructura, el desarrollo económico o la protección del suelo rural ya no pueden planificarse desde nueve escritorios diferentes. La urbanización ha integrado los problemas mucho más rápido de lo que las instituciones han integrado las soluciones.
Persistir en una visión fragmentada significa administrar los síntomas mientras las causas siguen creciendo. El desafío del Valle de San Nicolás no consiste únicamente en crecer, eso ya ocurre, sino en aprender a gobernar su crecimiento.
La segunda enseñanza es profundamente democrática. Borja nunca entendió la ciudad únicamente como un fenómeno físico. La entendió como un proyecto político. Afirmaba que el acceso al espacio urbano, a los servicios sociales, a la movilidad, a la cultura, a la seguridad o a la participación no son privilegios derivados del mercado, sino condiciones básicas para los ciudadanos.
En el Oriente antioqueño observamos una paradoja. Cada vez más personas viven, trabajan, estudian y consumen en varios municipios simultáneamente, mientras la participación ciudadana continúa organizada bajo límites administrativos del siglo pasado. Nuestra ciudadanía ya es regional, pero nuestra democracia todavía es municipal.
La tercera enseñanza conduce inevitablemente a la discusión institucional. Durante décadas, Borja defendió que las grandes áreas urbanas requerían instituciones metropolitanas capaces de coordinar políticas públicas sin eliminar la autonomía local. Esa convicción hizo parte del llamado ‘Modelo Barcelona’ (que sería objeto de sus propias críticas más adelante en ‘Luces y sombras del urbanismo de Barcelona’) y de su trabajo posterior en América Latina, incluyendo a Medellín con su asesoría a la formulación del ‘Plan Estratégico de Medellín y el Área Metropolitana’ en la década de 1990.
Por eso, la discusión sobre la creación del Área Metropolitana del Valle de San Nicolás trasciende cualquier debate administrativo. Se trata de decidir si queremos seguir enfrentando problemas metropolitanos con herramientas municipales o construir una institucionalidad capaz de planificar el territorio, proteger los ecosistemas estratégicos, coordinar la movilidad, gestionar el crecimiento urbano y garantizar el ejercicio efectivo del derecho a la ciudad. El proceso institucional continúa siendo uno de los debates públicos más importantes del Oriente antioqueño y ha estado acompañado por decisiones judiciales, ajustes en el cronograma de la consulta y una intensa discusión ciudadana que no debería reducirse a una disputa entre centralización y autonomía. El verdadero dilema es otro: cómo construir instituciones capaces de proteger simultáneamente la libertad individual, el interés general y este territorio común.
Quizá ese sea el legado más profundo de Jordi Borja. Nos enseñó que las ciudades no son el resultado inevitable del mercado ni de la improvisación política. Son construcciones colectivas que reflejan la calidad de nuestras instituciones y de nuestra ciudadanía.
El Oriente está escribiendo esa historia, la de un territorio que todavía podemos construir.
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