En defensa de la libertad 

Vamos a hacer un ejercicio de precisión, porque a los que quieren meter “la vida empieza en la concepción” en la Constitución, como David Cote, les encanta hablar de ciencia hasta que la ciencia les complica el argumento.

Hasta el día 14 de gestación, más o menos, un óvulo fecundado puede partirse en dos y volverse gemelos idénticos. O dos pueden fusionarse en uno solo. Entonces la pregunta obligada, para quien de verdad crea que ahí hay “una persona” con derechos constitucionales desde el minuto uno, es: ¿cuál de los dos gemelos era la persona original? ¿La que se fusionó dejó de existir, o asesinamos a alguien sin darnos cuenta? Que quede además claro: nadie en el Congreso ha querido responder eso, y no los culpo. Es difícil legislar sobre la biología cuando ella misma no ha decidido si va a ser una persona o dos. O, en el peor de los casos, que la biología misma elija que no nazca nadie — como el 15.3% de los embarazos a nivel global, anualmente, terminan en aborto espontáneo. 

Sigamos. Un embrión de dos células no siente nada, no piensa nada, no tiene sistema nervioso, no tiene un solo interés que defender porque no tiene con qué defenderlo. Tiene, eso sí, el potencial de convertirse en alguien que sí sienta piense y tenga intereses. Pero potencial no es lo mismo que actual, así como una semilla no es un árbol solo porque algún día, con suerte y agua, podría llegar a serlo.

El día de mañana, por ejemplo, me veo en la situación de tomar esa decisión. Y decido abortar, pero no puedo porque esta cuadrilla anti-derechos – minoritaria, además – decidió antes que yo. Entonces, doy a luz, amamanto a un bebé, y ¿qué sigue? ¿Estos senadores me van a dar insumos que no me alcanza para comprar, me van a dar una educación “pro-vida” para mi criatura, en la que se respeten todas las formas de vida como ellos predican? No creo.

Y volviendo a las cifras. Entre el 30% y el 50% de los óvulos fecundados jamás llegan a implantarse. Se pierden solos, en silencio, casi siempre sin que la mujer sepa que estuvo embarazada. Si de verdad creyéramos, con la seriedad que exige una reforma constitucional, que cada fecundación es una vida humana plena, tendríamos la crisis de mortalidad infantil más grande de la historia y nadie, por más Vaticano o senador de turno que sea, la estaría llorando, exigiendo luto nacional, o pidiendo una comisión de la verdad.  

Curioso, como el dolor moral es tan selectivo.

Hablando de consistencia, si de verdad nos tomáramos en serio que la vida empieza en la fecundación, la inseminación artificial y fecundación in vitro tendría que ser, como mínimo, restringida. O, como máximo, una ofensa penal. Se fecundan varios óvulos, no uno, para tener alguna probabilidad real de éxito. Los que sobran se congelan indefinidamente, se donan a investigación, o se descartan. En el país que se sueñan estos parlamentarios, entonces, ¿sería un asesinato en serie?

Aunque –solo para ver qué tan lejos llega la lógica – aceptemos que, desde la fecundación, hay una persona con todos los derechos del mundo, eso tampoco resuelve nada. Porque ninguna persona, en ningún otro escenario de la vida jurídica, está obligado a prestar su cuerpo para sostener a otra. Nadie puede, señor Cote, obligarlo a donar un riñón a su hermana, aunque ella esté al borde de la muerte, porque su riñón es tan suyo como mi útero es mío.

Lo que nunca falta, eso sí, es selectividad. No he visto a ninguno de los senadores Carol Borda, Sara Castellanos, Luis Miguel López, ni al propio Cote, adoptando hijos. No los he visto abogando por los derechos de los animales ni de la flora. De hecho, en muchas ocasiones, he visto todo lo contrario. Pro-vida, en este sentido, solo lo es cuando de manipular los derechos de las mujeres se trata.

Quienes se llenan la boca hablando de cuerpos ajenos rara vez aparecen defendiendo la licencia de maternidad extendida, el acceso a control prenatal en el Urabá, o un sistema de salud materno-infantil que no colapse cada vez que hay un pico de dengue. Defienden la vida hasta que se nace, y de ahí en adelante, que se las arregle la madre, preferiblemente sola y sin reclamarle nada al Estado que tanto insistió en que pariera.

Espero, de todo corazón, que a estos senadores nunca les toque vivir el peso de sus propuestas en carne propia. Pero, más que todo, espero que ninguna colombiana jamás tenga que hacerlo. Porque, bien se sabe en Medellín, que mientras familias enteras se proclaman cruzados, llevando la palabra del Vaticano o del bien moral a los rincones de El Poblado, cuando la hija volvía embarazada de la excursión de grado antes del 2022, la mandaban calladitos para Miami a un Planned Parenthood.

Cuando se trata de la reputación de una familia “de bien”, no hay debate sobre fecundación ni cuando empieza la vida. Sólo existe el privilegio de la exclusividad de la libertad.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/ 

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