En unas horas Abelardo de la Espriella jurará defender la Constitución y la República. Sin embargo, antes de que su firma aparezca en el primer decreto, ya ha dejado suficientes pistas para entender cuál será el sello de su gobierno. Hay decisiones que parecen pequeñas, pero que terminan revelando mucho más que un discurso de posesión. La forma en la que un presidente decide ejercer el poder también se refleja en los lugares que escoge para gobernar, en los símbolos que exalta y en aquellos que decide reemplazar.
Quiero empezar diciendo algo que para mí no admite discusión: creo profundamente en la descentralización. Colombia ha cometido durante décadas el error de gobernar exclusivamente desde Bogotá, como si el país terminara donde termina la Sabana. Buena parte de nuestras desigualdades nacen precisamente de ese centralismo que concentra las decisiones mientras las regiones esperan soluciones. He defendido siempre que el Estado debe pensar y gobernar desde los territorios, escuchar a quienes viven en las fronteras, en el Pacífico, en la Amazonía, en los municipios olvidados que solo existen para los gobiernos cuando llegan las elecciones o cuando una tragedia ocupa los titulares.
Pero descentralizar nunca ha significado construir otra casa para el presidente.
La descentralización no consiste en mover el escritorio presidencial de una ciudad a otra. Consiste en trasladar oportunidades, presupuesto, capacidad de decisión y presencia institucional hacia donde históricamente no han llegado. Consiste en fortalecer alcaldías, gobernaciones y comunidades. Consiste en que el Estado deje de ser una visita ocasional y se convierta en una presencia permanente. Lo demás es escenografía.
Porque si el propósito fuera realmente gobernar desde las regiones, resulta inevitable preguntarse por qué Barranquilla. ¿Por qué no Mitú, Puerto Carreño, Leticia, Tumaco o cualquiera de esos territorios donde la ausencia del Estado ha sido la única política pública constante?. Barranquilla no es cualquier territorio; es el territorio político del presidente. Y una cosa es gobernar desde las regiones y otra muy distinta gobernar desde la región propia.
Pero el detalle más inquietante no son los más de dos mil millones de pesos que costaría la adecuación ni que el palacio termine siendo una estructura de drywall. Lo verdaderamente inquietante es el lugar elegido para gobernar. La nueva sede presidencial funcionará en las instalaciones del Batallón Paraíso, sede de la Segunda Brigada del Ejército Nacional, un complejo que cuenta con un búnker subterráneo y una sala estratégica para la coordinación de operaciones de seguridad y orden público. Los edificios nunca son neutrales. Tampoco los símbolos.
Uno esperaría que un presidente decidido a descentralizar el Estado eligiera acercarse a las instituciones civiles, a las universidades, a las organizaciones sociales, a los territorios históricamente abandonados. En cambio, decide instalar su despacho permanente dentro de una guarnición militar. ¿Qué nos está diciendo sobre la manera en que entiende el ejercicio del poder? ¿Qué clase de gobierno comienza construyendo un búnker político antes que una verdadera estrategia de descentralización?
No estoy diciendo que gobernar desde una instalación militar convierta automáticamente a un gobierno en autoritario. Pero sí creo que los símbolos importan, especialmente cuando provienen de un presidente que ha construido buena parte de su discurso alrededor del orden, la autoridad y la fuerza. Las democracias necesitan Fuerzas Militares fuertes, por supuesto, pero subordinadas al poder civil. Cuando la primera gran apuesta simbólica de un gobierno consiste en instalar una sede presidencial dentro de un batallón, es inevitable preguntarse cuál será la relación que pretende construir con los contrapesos institucionales. Porque descentralizar no es blindarse. Tampoco es levantar un nuevo palacio para el presidente. Es construir un Estado que funcione incluso donde nunca ha existido.
Y como si el mensaje no fuera suficiente, el proyecto parece responder más a un ejercicio de imitación que a una necesidad institucional. Abelardo de la Espriella, quien ha hecho del patriotismo una de sus principales banderas, parece mucho más interesado en replicar la estética de la Casa Blanca que en fortalecer los símbolos republicanos de Colombia. Hay una ironía difícil de ignorar: hablar de amor por la patria mientras se desprecia la Casa de Nariño, sede histórica de la Presidencia de la República, para construir una especie de Casa Blanca tropical, hecha en drywall. Es difícil vender soberanía nacional mientras se importan los símbolos del poder de otro país.
Y ni siquiera está claro quién pagará esa escenografía. El presidente asegura que la obra será financiada con recursos privados y donaciones. El gobernador del Atlántico afirma que la Gobernación aportará cerca de dos mil millones de pesos. Alguien está faltando a la verdad. Y cuando un gobierno ni siquiera ha comenzado y ya existen versiones enfrentadas sobre el origen de los recursos, lo mínimo que merece el país es transparencia.
Lo preocupante es que esta decisión no aparece aislada. Hace parte de un patrón. Lo vimos cuando convirtió retiros espirituales en estrategia política y hasta las Biblias terminaron impresas con el logo de su movimiento, como si ni siquiera un libro sagrado pudiera escapar de convertirse en propaganda. Lo vemos cuando habla de reconciliación mientras su posesión excluye a sectores políticos con los que también tendrá la obligación de gobernar. Lo vemos cuando desde el Congreso empiezan a revivir debates sobre derechos ya reconocidos, como el acceso al aborto, mientras el país enfrenta problemas infinitamente más urgentes. Lo vimos incluso cuando redujo el ajiaco, uno de los símbolos gastronómicos de la capital, a un “potaje carcelario”, dejando claro que su disputa con Bogotá parece ser también una disputa con todo lo que representa.
No deja de ser paradójico. Un presidente que habla de valores patrios parece sentirse más cómodo reemplazando los símbolos nacionales que fortaleciéndolos; un presidente que promete descentralizar comienza construyendo un nuevo palacio para sí mismo; un presidente que dice querer unir al país inicia su mandato rodeado de símbolos que dividen más de lo que convocan.
A partir de este momento ya no bastarán las escenografías, los discursos patrióticos, las Biblias personalizadas, las réplicas tropicales de la Casa Blanca ni los palacios de drywall. Cada símbolo dejará de ser una extravagancia de campaña para convertirse en una decisión de Estado. Ojalá que el primer gran proyecto de este gobierno no termine siendo un nuevo escenario para el poder, sino un país donde la descentralización deje de ser un discurso y se convierta, por fin, en una política pública capaz de llegar a todos los territorios.
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