El nuevo presidente

La posesión de Abelardo de la Espriella como presidente número 43 de la era republicana centralizada de Colombia estuvo marcada por varios mensajes que parecen sutiles, incluso despertaron los aplausos por parte de sus seguidores, pero que no son simpes detalles. Fue una ceremonia digna de un outsider como él mismo se hace llamar: por fuera de la ciudad capital del país, en una Cali que fue el epicentro del estallido social del 2021 y donde su contrincante, Iván Cepeda, le ganó en votos (en todo el Valle del Cauca). Llegó acompañado de su esposa y sus cuatro hijos, quienes lo siguieron durante toda la campaña y han sido la imagen que les gusta ver a la mayoría de los colombianos: la de la familia tradicional. Lo cual no tiene nada de malo, pero refuerza esa idea conservadora de cómo concibe él no sólo el estado, sino la sociedad.

Abelardo hizo un juramento en el que promete respetar la constitución, sin embargo, ya tiene de aliada a una bancada que acaba de radicar un acto legislativo para cambiar el artículo 11 de la misma. Y aunque en Colombia hay separación de poderes y el presidente en su discurso dijo que los respetaría, todos sabemos que su corriente antiderechos promueve ese tipo de conversaciones que, nuevamente, no son el problema más grave que tenemos.

Abelardo recibe una Colombia que no está en ruinas —sería injusto decirlo así—, pero que sí está endeudada, insegura y con poco margen fiscal para las propuestas del nuevo presidente, como la construcción de las mega cárceles estilo Nayib Bukele. Recibe un país con menos pobreza y más empleo (aunque esto depende de cómo se mida), pero también con un Estado más caro, con una deuda mayor y una crisis de seguridad que vuelve a poner el orden público en el centro de la agenda, como lo fue en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez en el 2002. 

A pesar de que Colombia es un estado laico, el nuevo presidente llega con un discurso sumamente religioso que convoca a las corrientes del catolicismo y del cristianismo a acompañarlo y guiarlo durante su mandato. Personas de su círculo más cercano dicen que Abelardo sí tuvo una conversión genuina, luego de que en entrevistas se definiera como ateo, pero por todo lo que ha rodeado su campaña y su discurso, cuesta creer que esto no sea un performance. 

Por otro lado, de la Espriella tiene algo a su favor y es que el 55% de los colombianos desaprueban la gestión de su antecesor. No será difícil para él hacer un buen gobierno y mostrar resultados, pues la vara no queda muy alta. Lo difícil será el cómo lo logra con tantos indicadores negativos en su contra  y con un programa de gobierno que no explica muy bien esas formas. 

Voté por Abelardo y no me arrepiento, pero me preocupa que, de hoy en adelante, cometa el mismo error que cometen muchos políticos cuando llegan al poder: seguir en campaña fortaleciendo sus discursos y enardeciendo a sus seguidores, y dedicándose más a cuidar su imagen que a trabajar por las soluciones urgentes que necesita este país. Ojalá me equivoque. Para Abelardo la mejor de las suertes, porque no será Dios quien lo ayude, y él lo sabe. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/

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