Pocas cosas me han inspirado tanto como ver reunidos a más de 250 profesores de 11 países de América Latina preocupados por la educación de sus territorios. Ocurrió en Latido Latino Argentina 2026, un encuentro que consiguió algo que a veces parece difícil en la región: reunir nuestras diferencias alrededor de una preocupación común. Llegamos desde geografías, acentos y trayectorias profesionales distintas, pero terminamos hablando el mismo idioma: el de nuestros estudiantes.
Ser profesor en América Latina es una de las tareas más complejas y, al mismo tiempo, más bellas que puedan existir. No importa si la clase ocurre en México, si se habla guaraní en Asunción, si desde las favelas de Río se cuentan historias que llegan hasta el extremo austral de Argentina, si el aula está a más de 3.640 metros sobre el nivel del mar en La Paz, o si transcurre entre las montañas de Colombia, los territorios indígenas de Ecuador, las comunidades rurales del Perú, las ciudades de Uruguay, Chile o Panamá. Hay algo que nos hermana: enseñar en territorios donde las desigualdades, los conflictos y las dificultades sociales entran todos los días al salón de clase.
La red Teach For All trabaja alrededor de ese propósito y reúne organizaciones que, desde distintos países, buscan cerrar brechas educativas. Enseña por Colombia es una de ellas y fue allí donde, en 2016, tuve la oportunidad de ser profesor en el Urabá Antioqueño.
Llegué a la Institución Educativa Nel Upegui, en Chigorodó, como Periodista después de trabajar en algunos medios de comunicación en Medellín. De repente estaba enseñando Español, Ciencias Sociales y Filosofía a estudiantes a quienes parecía importarles poco saber dónde poner un punto y una coma, en qué año ocurrió la Revolución Industrial o quién fue Platón y qué significaba el mito de la caverna.
Los primeros meses fueron difíciles. No lograba que me escucharan y empecé a preguntarme si, además de haber abandonado un oficio en el que no terminaba de encontrarme, también fracasaría como profesor. Hasta que un día, con 35 grados de calor y cansado de intentar enseñar sin éxito, decidí hacer algo en teoría más sencillo: observar. Entonces descubrí un universo que no había visto.
Muchos de mis estudiantes caminaban durante más de una hora en la madrugada para llegar a tiempo a la escuela. Algunas estudiantes dejaban preparados los alimentos de sus casas y atendían a sus hermanos menores antes de salir. Muchos llegaban después de trabajar la noche anterior cortando y cargando racimos de banano para sostener a sus familias. Otros faltaban porque encontraban trabajo en el campo. Incluso algunos niños de nueve y diez años dejaban de asistir durante varios días para ayudar a sus madres a vender en el casco urbano los productos de sus parcelas.
Al comprender esta realidad, la pregunta cambió. Ya no era por qué mis estudiantes no querían aprender, sino qué estaba ocurriendo con ellos antes de entrar al salón. Y cuando cambió la pregunta, cambió también mi manera de enseñar. No abandoné los contenidos; cambié la manera de llegar a ellos.
Una caminata por una plantación bananera se convirtió en una clase de literatura. Allí apareció el realismo mágico, no como una definición para memorizar, sino en las historias que los propios estudiantes contaban: animales que devoraban niños, espíritus que llamaban a sus madres y relatos transmitidos de generación en generación.
Escribimos crónicas familiares para comprender cómo la violencia había transformado el territorio. Hicimos reportajes gráficos sobre la producción y el empaque del banano de exportación. Creamos un periódico llamado Haciendo Ruido para reclamar mejores condiciones de la escuela y que la educación no se detuviera. Leímos literatura local, aprendimos palabras en Emberá y hablamos de las costumbres de la región. No dejé de enseñar el currículo; empecé a enseñar desde el territorio.
Diez años después, en Latido Latino, rodeado de colegas de toda la región, volví a pensar en aquella experiencia. Y quizá por eso los resultados recientes de PISA me producen una preocupación que no puedo separar de aquella primera lección: antes de preguntarnos cuánto están aprendiendo nuestros estudiantes, necesitamos preguntarnos quiénes son y en qué condiciones están aprendiendo.
La OCDE publicó los resultados de PISA 2025. Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y 414 en ciencias. Si se ordenan los 13 países latinoamericanos participantes por sus puntajes promedio, Colombia aparece sexta en matemáticas, sexta en lectura y cuarta en ciencias. Uruguay obtiene los puntajes más altos de la región en matemáticas y ciencias, mientras Chile encabeza lectura. Estas posiciones deben leerse con cautela, pues algunas diferencias entre países no son estadísticamente significativas.
No obstante, hay un dato que debería preocuparnos más que cualquier puesto. En Colombia, apenas el 29 % de los estudiantes alcanzó el nivel 2 o superior en matemáticas; en lectura lo hizo el 46 % y en ciencias, el 50 %. Además, los resultados de 2025 fueron estadísticamente similares a los de 2022 en las tres áreas.
El panorama regional tampoco es alentador. La crisis del aprendizaje atraviesa América Latina y forma parte de una preocupación internacional. La tentación ante estos resultados es buscar culpables: profesores, familias, estudiantes, Gobiernos, celulares o la inteligencia artificial. Pero una crisis educativa de esta dimensión difícilmente puede explicarse por una sola causa.
PISA mide algo importante: qué pueden hacer los estudiantes de 15 años frente a determinadas tareas de lectura, matemáticas y ciencias. Necesitamos escuchar lo que esos datos nos dicen. Pero una cifra no registra la caminata de una hora hasta la escuela, el cansancio de quien trabajó antes de entrar al aula, la responsabilidad de cuidar a los hermanos o el miedo de quien vive en un territorio atravesado por la violencia.
Eso tampoco significa que el contexto deba convertirse en una excusa para aprender menos. Significa exactamente lo contrario: comprender el contexto debería permitirnos enseñar mejor. Porque no se trata de escoger entre bienestar y exigencia, entre contenidos y emociones o entre tecnología y escuela. Es claro que una educación de calidad necesita estudiantes que se sientan reconocidos y seguros, pero también que aprendan aquello que les permita ampliar sus posibilidades.
Ser maestro en América Latina es una tarea titánica, pero también un acto de generosidad: una forma de transformar la realidad desde el aula y de sostener la esperanza en medio de la adversidad. Quizá por eso este siga siendo el mejor oficio del mundo: porque, aunque nos ubiquemos en geografías, acentos y trayectorias distintas, terminamos hablando el mismo idioma: el de nuestros estudiantes.
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