El amor en la noche más oscura

Dice Fernando Gómez Aguilera que a José Saramago le gustaba citar a Kafka: “No merece la pena escribir nada si no es un hacha capaz de romper el mar helado de la conciencia”.

Floreció el uvito —así le dicen a una planta que produce flores rosadas de muchos pétalos adoradas por los colibríes. Junto a mi ventana tengo nueve abiertas como fuegos artificiales estallando entre el verde. Mientras trabajo oigo un sonido como de abejorro y son los colibríes llegando a recorrerlas. Visitan incluso una escondida bajo las hojas de los filodendros y me emociona pensar que saben que está ahí. Van de flor en flor, agitando sus alas veloces suspendidos frente a los pétalos rosa, y yo los miro inmóvil para no asustarlos, intentando no perderme el espectáculo.

Empiezo con eso porque es mi balance en medio de los interminables escombros que vienen pesando de manera insostenible, un lugar tras otro: Ucrania, Gaza, Líbano, Venezuela, Colombia. Gente saliendo cubierta de polvo y de rojo con la mirada transformada para siempre. Vi la historia de una abuela y su nietecita que había ido a visitarla a Manizales: las encontraron abrazadas entre ruinas. Las imaginé sintiendo cómo el mundo se les venía encima, despidiéndose juntas de la vida por casualidad. Y vi el rescate de un niño que salió completamente gris y mudo, abrazando a su gato después de un día entero en la oscuridad, solos en lo inconcebible.

Pensé en el amor, que es lo único que queda cuando no queda nada. El único sostén, que va por dentro y no tiene medida y existe en el mundo en las formas más diversas. Hace unos días Manuel Jabois contó una historia sobre el miedo a quedarse solo, a perder el amor: fue a la playa con su familia y su perro adoptado, que a pesar de la insistencia, no se metía al agua. Esta vez, cuando ellos se montaron a una tabla de pádel y empezaron a alejarse, el perro se acercó a la orilla, metió las patas y miró ansioso hasta que se atrevió y los alcanzó. Dice él que aquí no era cuestión de saber nadar o no, sino de que su perro sospechaba que se iban sin él. Y escribe: “Hasta entonces el mar había sido una extravagancia de los humanos; luego fue una distancia. Así que supongo que nadó por razones sentimentales, que son las razones que nos enseñan a hacer aquello que necesitamos para sobrevivir. Es sabido que el valor consiste en que el miedo a quedarse atrás sea mayor que el miedo a seguir adelante”.

El miedo a perder el amor es mayor que el miedo a perder la vida. Por eso en medio del pánico pensamos en los que amamos. Y la belleza que nos rodea parece fantasía, parece de seda, intocable, se siente como el pasado en el que éramos felices y no lo sabíamos. Cada una de las personas en los territorios más recónditos siente miedo y se aferra al amor. Leí que alguien en Chocó —aunque podría haber sido en Buenaventura— pidió que recordaran que ellos estaban ahí porque sentían como si no se vieran. Nunca nada es anónimo, aunque vivamos llenos de cifras. El anonimato es la base idónea para la crueldad y es lo contrario a la belleza. Venimos de oír sobre decenas de miles de muertos en guerras, miles bajo escombros tras terremotos, miles de hectáreas quemadas en incendios con sus miles de desplazados, miles de ahogados en el Mediterráneo intentando encontrar un lugar en el mundo. Y todo se va volviendo bruma. Dice Diego S. Garrocho que “la cifra apenas sirve para ocultar una realidad sobre la que no cabe cómputo ni numeración. Porque el valor de cada vida singular tiende a infinito».

El fin de semana leí estas palabras de Arundhati Roy en Mi refugio y mi tormenta: “Era una noche hermosa y clara. Adelantamos a un carro tirado por un búfalo, que llevaba un farol en la parte trasera como luz de cola. El conductor del carro iba tumbado, cantando a las estrellas, con plena confianza en que su búfalo sabría llevarlo a casa. Recuerdo que tuve celos de aquel hombre”.

La existencia es insondable. El ancla es la belleza, el colibrí recorriendo las flores. Y es el amor, que nos enseña a hacer aquello que necesitamos para sobrevivir. La belleza y el amor son el alma de la vida y tienden a infinito. Aun en la noche más oscura, son la eliminación del anonimato, la plena confianza en que llegaremos a casa. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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