Competir desde Colombia

Hoy recibí un mensaje de mi cliente en Estados Unidos.

«¿Han visto los mensajes en Slack? ¿Con qué frecuencia los revisa el equipo? No estamos obteniendo respuesta. «

Confieso que, por un instante, sentí ganas de salir corriendo.

Otra vez tenía que escribir el mismo mensaje: «Hoy es festivo en Colombia.»

El cuarto en un poco más de un mes.

A estas alturas ya ni siquiera sé cómo explicarlo. Para nosotros es un día de descanso; para mi cliente es simplemente un lunes en el que espera respuestas, avances, reuniones, cambios sobre la marcha y la misma disponibilidad de cualquier otro día. Lo cierto es que necesita una respuesta y que no la está recibiendo.

Esta es la realidad que enfrentamos miles de empresas colombianas que exportamos servicios.

Durante años hemos repetido que Colombia debe depender menos del petróleo y más del conocimiento. Y, afortunadamente, ese camino ya empezó. Hoy las exportaciones de servicios superan los US$20.000 millones anuales y abarcan sectores como el desarrollo de software, la consultoría, la ingeniería, los servicios financieros y la tercerización de procesos empresariales (BPO), una industria que atiende desde servicio al cliente y soporte técnico hasta procesos contables, financieros, jurídicos y administrativos para compañías de todo el mundo. Solo este sector genera alrededor de 750.000 empleos entre directos e indirectos.

Son empresas que exportan talento, generan empleo formal, traen divisas al país y diversifican una economía que históricamente ha dependido de las materias primas. Sin embargo, hablamos muy poco de qué tan competitivo sigue siendo producir esos servicios desde Colombia.

Quienes trabajamos en este sector competimos todos los días con empresas de todo el mundo. El cliente no compra porque la empresa esté en Colombia; compra donde encuentra la mejor combinación entre calidad, disponibilidad y precio.

Y justamente ahí es donde las cuentas empiezan mal.

Las empresas que exportamos servicios enfrentamos hoy cuatro presiones simultáneas.

La primera es la revaluación del peso. La mayoría de nuestros contratos se facturan en dólares, pero prácticamente todos nuestros costos están en pesos. Prestamos exactamente el mismo servicio, al mismo cliente y por el mismo valor en dólares, pero cada pago representa significativamente menos ingresos cuando llega a Colombia: en lo que va de 2026 el dólar se ha devaluado cerca de 13% frente al peso, y frente al mismo mes del año pasado la caída supera el 18%.

La segunda es el incremento sostenido del salario mínimo, que ha elevado los costos de las empresas en talento humano. En los últimos tres años el ajuste ha sido de doble dígito casi todos los años, hasta acumular un alza cercana al 51% —solo en 2026 el incremento fue de 23%, uno de los más altos en la historia reciente del país—. El problema es que ese ritmo no tiene una contraparte equivalente en productividad: según el DANE, en 2025 la productividad laboral por persona ocupada cayó 0,32% y la productividad total de los factores, que mide la eficiencia conjunta del trabajo y el capital, apenas avanzó 0,91%. En otras palabras, el costo de la mano de obra sube muy por encima de lo que crece nuestra capacidad real de producir más con los mismos recursos.

La tercera es la reducción gradual de la jornada laboral, que obliga a reorganizar turnos, contratar más personal o asumir mayores costos para mantener el mismo nivel de servicio.

Y la cuarta son los días festivos. Colombia acaba de convertirse en el país con más festivos de la OCDE, con 19 al año. Analizado de forma aislada, un festivo adicional puede parecer irrelevante. El problema es que se suma a una serie de factores que ya vienen encareciendo la operación de quienes competimos en mercados internacionales.

Con frecuencia la respuesta es sencilla: «Hay que ser más productivos los días que quedan.»

Ojalá fuera así de simple.

Ese argumento parte de la idea de que el trabajo puede trasladarse al día siguiente sin mayores consecuencias. Pero una parte creciente de la economía ya no funciona así. Una consulta médica cancelada no puede atender dos pacientes al mismo tiempo el martes. Una cirugía aplazada retrasa toda una programación. Una entidad financiera no procesa en unas pocas horas todas las operaciones que dejó de hacer el día anterior. Y un cliente internacional difícilmente entenderá que un cambio urgente, una reunión o un problema crítico tendrán que esperar porque en Colombia hoy es festivo.

Por supuesto, también existen sectores que se benefician. El turismo, el comercio y la hotelería reciben un impulso importante, y el descanso representa una ganancia social para millones de trabajadores. Ese no es el debate.

El debate es si estamos evaluando el efecto conjunto de estas decisiones sobre los sectores que generan empleo formal, exportan conocimiento y compiten todos los días con empresas de otros países.

Porque el mercado no reconoce ninguno de esos costos. El cliente no paga más porque Colombia aumentó el salario mínimo, redujo la jornada laboral o creó un nuevo festivo. Tampoco negocia nuevamente un contrato porque el dólar hoy compra muchos menos pesos. Mientras los ingresos disminuyen, los costos siguen aumentando.

Cada una de estas medidas puede tener una justificación válida por separado. El problema es que las empresas no las enfrentan por separado, sino todas al mismo tiempo.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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