Como nuestros padres

“Minha dor é perceber

Que apesar de termos feito tudo o que fizemos

Ainda somos os mesmos e vivemos

Como os nossos país”

Belchior

Hace tiempo, como unos diez años, se firmó el Proceso de Paz con las FARC, uno de los momentos históricos más tensos y polémicos que Colombia haya vivido en su historia reciente.

Yo tenía quince años, en todas partes se hablaba del Proceso, por lo general con indignación y miedo, en algunas partes con ilusión y esperanza, y yo, aunque trataba de estar consciente de lo que pasaba, terminé estando apático, pero también un poco confundido.

En mi familia escuchaba sus preocupaciones, veía cadenas de WhatsApp y videos hablando del peligro inminente que el Proceso de Paz implicaba, mientras en mi colegio mis profesores, de una manera mucho más moderada, nos hablaban de historia del país, de su perspectiva con la situación; era difícil pensar en qué era correcto.

Algunos de mis familiares insistían en que esa era “la verdad”, no importaba necesariamente de quién viniera. No importaba lo radical o polémico que fuera el que dijera lo que oían y compartían; si estaban de acuerdo con ellos les gustaba porque “decían la verdad”, y esa verdad se sentía como una camisa que me quedaba apretada, que no servía, que no terminaba de explicar qué pasaba en el mundo.  

Ya han pasado varios años desde la firma del Proceso de Paz, y ese momento me enseñó menos a desconfiar de la política que de las certezas absolutas. Me obligó a tratar de estar alerta y, sobre todo, a cuestionarme. Cuestionar lo que creemos sobre el mundo, sobre las personas, sobre nuestras propias creencias, es un reto gigantesco pero necesario. Por eso, tratar de entender lo que pasa sin fanatismos ni sectarismos se convirtió, más que en una posición política, en una preocupación personal, y más que nunca veo por qué es importante mirar nuestro entorno sin bajar la guardia, porque cada vez veo más personas dispuestas a convertir la política en un acto de fe, admirando e idolatrando líderes antes que examinando críticamente sus ideas y sus acciones.

Desde hace mucho se habla del adoctrinamiento. Lo más lógico sería pensar que como sociedad estaríamos en contra de él, pero la realidad está lejos de ser esa. Mucha gente condena a profesores por supuestamente “adoctrinar muchachos”, suponiendo que quienes defienden a políticos de esa tendencia lo hacen porque han sido manipulados, pero al mismo tiempo esperan que la educación transmita exactamente las ideas con las que ellos están de acuerdo. Nos acostumbramos a ver como algo normal escuchar a padres orgullosos de estar criando muchachos “buenos” porque son de derecha. Felicitaciones, les enseñan a sus hijos no a que formen su propio criterio, sino a que se limiten a repetir y a mantener sus propios prejuicios como si esto fuera un gran ejemplo, y tal vez lo más grave es que como sociedad no somos conscientes de lo dispuestos que estamos de justificar el adoctrinamiento.

No me gusta hablar de las generaciones como cosechas de vino donde unas salen mejores que las otras, como si fuera necesario estarlas comparando, o como si personas con actitudes y condiciones de vida totalmente distintas fueran necesariamente comparables por haber nacido en la misma época. Pero justamente por vivir hechos comunes imaginaba que seríamos capaces de superar la cerrazón y el fanatismo; que cometeríamos errores y que, de pronto, nos lanzaríamos al vacío, pero que reconoceríamos nuestra historia y nuestros errores para no volver a repetirlos. Pensaba que ese fanatismo iba a desaparecer con estas nuevas generaciones, como la mía y las que me siguen, pero creo que me equivoqué.

Cada vez más creo que hay que conservar el sentido crítico, aunque eso implique caminar a contracorriente y, muchas veces, hacerlo solos. Tal vez siempre tengamos que ser un poco solitarios para cuestionar aquello que todos parecen aceptar y conservar la esperanza de construir un mundo en el que queramos vivir con dignidad. Porque sin darnos cuenta hemos heredado prejuicios, y un pueblo cuyo legado son los prejuicios es un pueblo pobre. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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