Una de las principales críticas que se le hace al centro político es que no tiene banderas propias: que se define más por lo que no es o no hace, que por lo que es o por lo que hace. Bueno, convencido como estoy de que el centro político sí puede tener banderas propias y exponerlas de manera afirmativa, aquí propongo una: la ampliación, el fortalecimiento y la protección de la clase media, como fundamento de una sociedad más próspera, menos desigual y democráticamente más estable. Aunque la palabra clase me genera escozor, soslayo este malestar semántico en aras de la comprensión general.
La importancia de este propósito no es menor por varias razones. Una relevante la puso de manifiesto hace diez años Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial en su libro La cuarta revolución industrial (2016, p. 74), cuando advirtió sobre el deterioro de las condiciones económicas de la clase media. Dice Schwab –con pleno conocimiento de causa–:
“Hoy, un trabajo de clase media ya no garantiza un estilo de vida de clase media, y en los últimos veinte años los cuatro atributos tradicionales del estatus de la clase media (educación, salud, pensiones y vivienda propia) se han comportado peor que la inflación (…) Una economía de mercado en la que el ganador se lo lleva todo, a la cual la clase media tiene un acceso cada vez más limitado, podría derivar en el malestar democrático y la negligencia que agravan los retos sociales”.
Según los datos oficiales recientes del DANE, publicados el 12 de agosto de este año y correspondientes a 2025, los grupos socioeconómicos, con sus respectivos ingresos mensuales por persona, quedaron distribuidos así: 1) la clase baja –que incluye a quienes están en situación de pobreza, incluida la pobreza extrema– recibe un ingreso inferior a la línea de pobreza monetaria, estimada en $482.041, y representa el 28,0%; 2) la clase vulnerable –quienes viven en riesgo de caer en la pobreza monetaria– obtiene ingresos entre $482.041 y $943.791 y contempla al 30,7% de la población; 3) la clase media percibe entre $943.791 y $5.081.953 y a ella pertenece el 38,0% de la población; y 4) la clase alta obtiene ingresos superiores a $5.081.953 mensuales y está compuesta solo por el 3,3% de los ciudadanos.
En suma, entre las clases baja y vulnerable representan el 58,7% de la población. Y eso sin contar con dos cuestiones agravantes. Primero, que al diferenciar los grandes centros urbanos de los centros poblados, rurales y dispersos, el índice de pobreza monetaria y vulnerabilidad asciende al del 86.4% en las zonas rurales (39,5% de pobreza y 46,9% de vulnerabilidad). Segundo, que, aunque la pobreza disminuyó y la clase media aumentó respecto a 2024, la vulnerabilidad se mantuvo prácticamente estable.
Digo supuestamente porque, aunado a la afirmación citada de Schwab, nos enteramos a diario por las noticias de que la concentración de la riqueza y la desigualdad aumentan constantemente. Por estas dos razones, entre otras más –que no enumero por cuestión de espacio– es que no entiendo cómo es que tanta gente sale supuestamente de la pobreza y pasa a engrosar la clase media. Es necesario revisar tanto la metodología del DANE como la definición de clase media en Colombia, y hacer muy bien el balance entre ingresos y egresos, porque mientras los primeros tienden a reducirse, los segundos van en aumento. En la medida en que aumentan los ingresos, las necesidades o demandas de bienes y servicios crecen a un ritmo igual o superior para las clases medias y bajas. Hoy, por ejemplo, un teléfono móvil con datos es casi indispensable en el kit de supervivencia laboral y hasta personal de casi todos los ciudadanos.
Por demás, sabemos que casi todos los gobiernos tienden a mostrar los datos que más les favorecen –muchas veces sin contexto– para resaltar los resultados de su gestión económica. Según las cifras oficiales, en Colombia la clase media pasó del 15% al 38% en este primer cuarto de siglo, pero habría que preguntarse si el modelo de este crecimiento puede ser sostenible, como lo cuestionó recientemente en un artículo del diario La República el exministro de Hacienda y Crédito Público Alberto Carrasquilla, titulado ¿Cuál clase media?. Un análisis exhaustivo de los indicadores macroeconómicos, microeconómicos, sociales y laborales posiblemente nos llevaría a la conclusión de que gran parte de la clase media es cada día más vulnerable.
Con este panorama, el fortalecimiento de la clase media es un imperativo, no solo del centro político, sino de todas las instituciones y orillas ideológicas del país. Esto implica, cuando menos, cuatro grandes retos. Los más evidentes, pero no por ello menos importantes y urgentes son: 1) que más personas salgan de la pobreza y transiten rápidamente a la clase media; 2) reducir sustancialmente la clase vulnerable; y 3) evitar que los que pertenecen a la clase media se conviertan en vulnerables o caigan en la pobreza. El menos evidente y tal vez el más difícil tiene que ver con una transformación cultural: que la clase media se sienta orgullosa de serlo y que la sociedad entera aprenda a moderar sus deseos, porque tener más bienes y consumir más no siempre implica bienestar ni mejor calidad de vida. No se trata de despreciar los bienes materiales, pero tampoco entregarse a su consumo y expropiarse en ellos, como advierte Adela Cortina en Por una ética del consumo (2022).
Convertirnos en un país de clase media debe ser un propósito nacional y un fehaciente indicador de nuestra salud democrática, como sucede en los países nórdicos, en varios de los países del Asia-Pacífico, en Canadá, Alemania y hasta un país pequeño como Uruguay en Latinoamérica, para no ir tan lejos. Todos, con modelos diferentes, pero resultados afines, tienen una relación de ingresos-egresos mucho mejor que la de Colombia. No olvidemos que la clase media es la que más jalona la economía y mueve el consumo interno, lo cual termina siendo de conveniencia para todas las clases sociales, porque beneficia al conjunto de la economía y favorece la movilidad social.
Pero mientras la clase media en Colombia siga huérfana políticamente, va a ser imposible fortalecerla y sostenerla. Mientras las clases bajas son las más beneficiadas con los subsidios asistencialistas –y muchas veces paternalistas– de los populistas de todas las ideologías en aras de garantizar sus votos y mantener la polarización, las clases altas son las más favorecidas por las exenciones empresariales, tributarias y fiscales. Las clases medias –aunque también reciben beneficios y exenciones– tienen una carga tributaria cada vez mayor y más asfixiante para sus niveles de ingreso. Es una queja constante de los profesionales asalariados, así como de los pequeños y medianos empresarios.
En el ámbito empresarial también se vive una injusticia semejante con los de la mitad del sánduche: la “plusvalía absoluta” que denunciaba Marx, y que implicaba trabajar más horas por el mismo salario, está a la orden del día, pero ya más que con los obreros, con los mandos medios, que son los de “confianza” y, en muchas ocasiones, de abuso de la misma y de su tiempo laboral.
En teoría, aunque nadie se pondrá fácilmente en contra de la clase media, la izquierda es la abanderada de las clases bajas y vulnerables; de la justicia social. La derecha, por su parte, defiende el statu quo de los más privilegiados, pero también la seguridad y el orden, tan necesarios para la estabilidad social. Y el centro, ¿de qué y de quién es doliente?
En su ensayo Voto, ideología y centro político, Ricardo Montoro Romero, exministro de Hacienda español, promueve la “mesocracia” (el poder de los que están en el medio, sea político o económico) y hace una interesante digresión sobre la relación entre el centro y las clases medias:
“Existe una clara correlación entre espacio de centro político y clases medias. Esto es lógico porque, a fin de cuentas, lo que podría ser la estructura política (conformación de idearios, ideologías, doctrinas y partidos políticos) no es más que la proyección de una estructura social previa. Esto es, si en la estructura social la población está separada y polarizada por factores económicos y sociales, también estará en el ámbito político. Pero si, por el contrario, está agrupada con escasas desigualdades en un espacio central, también estará en la esfera política”.
De modo que está todo dado para que el centro político, que además es donde más se mueve el voto de opinión, sea el principal abanderado del fortalecimiento de esa clase media y, por extensión, de nuestras instituciones y de nuestra democracia.
Para ello se requiere claridad, convicción y creatividad para cumplir con los cuatro retos enunciados y más aún con los desafíos que trae la cuarta revolución industrial, con su amenaza –y también oportunidad– más apremiante, como lo es la inteligencia artificial (IA). Es necesario apostar con determinación por otros modelos de desarrollo y nuevas economías, que sean complementarias a la IA y no fácilmente reemplazables por esta o la automatización.
Sin un centro político y una clase media consolidados seguiremos condenados a la injusticia y sus males conexos: la desigualdad, la exclusión, la polarización, la corrupción, la inseguridad, entre otros flagelos. Pero una mesocracia fuerte no es condición suficiente para superarlos. El centro político tiene un reto aún superior: trascender el fortalecimiento de la clase media para construir, en articulación con otras corrientes políticas e instituciones económicas y civiles, una sociedad mayoritariamente de clase media.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/