La adolescencia, quizá, tiene que ver con el dolor, el dolor de crecer.
Hay un hecho comprobado: poco tiempo después de que tienen acceso a un teléfono inteligente, los adolescentes comienzan a deprimirse más. Y entre más intensivo el uso, mayor es la burbuja de depresión que los absorbe.
Las historias que vemos en internet, en muchas ocasiones, nos atrapan más que la propia realidad. Para nadie es un secreto, ni una verdad revelada, que todos los días se presentan situaciones inimaginables donde están involucrados niños y adolescentes. En el caso colombiano uno podría mencionar a los ‘pisa suave’, pequeños reclutados por grupos guerrilleros, que eran prácticamente indetectables al moverse por las selvas (de ahí el apodo) y que tenían como objetivo degollar a soldados para que estos no pudieran advertir la llegada de la guerrilla a distintas zonas de combate. Pero no voy a extenderme en este asunto. Volvamos a la miniserie que hoy resuena en todo el planeta.
La adolescencia es un momento de vulnerabilidad. Un adolescente puede tener mayor consciencia que un niño, por ejemplo, para determinar que enterrarle el cuchillo a otra persona es una acción atroz, una expresión aberrante de violencia. Pero como lo indican expertos, una persona de 13 o 14 años aún está desarrollándose mentalmente, está comprendiendo muchos asuntos de la vida en sociedad que no le son claros y que, por supuesto, pueden despertar en ellos múltiples miedos e inseguridades. Aún no logran ver ni entender el mundo como lo hace un adulto.
Cuando mi esposa y yo terminamos la serie, uno de los muchos asuntos sobre los que reflexionamos giraba en torno a la responsabilidad que tenemos todos como sociedad para que, con nuestros actos diarios, promovamos o evitemos que casos como el que describe la miniserie se materialicen. Entendiendo eso, deberíamos resistirnos menos a aceptar que permitirle a un niño o a un adolescente enchufarse quién-sabe-cuántas-horas-al-día al falso mundo de las redes sociales es un peligro enorme. Curiosamente, son sobreprotegidos en el mundo físico, pero en plano virtual parecen rodar solos. Y al no tener un desarrollo mental y emocional completo, estamos permitiendo que vivan en otro planeta, sin la más mínima idea de los riesgos que allí se corren.
La verdad es que hoy cualquier niño puede ser Jamie. La mayoría de los adolescentes ocultan una parte de su mundo a sus padres. En ocasiones, lo esconden a plena vista, porque una persona de 13 años se comunica muy diferente a alguien de 40. Por eso es que en uno de los capítulos Adam le dice a su padre (el detective Bascombe): “Papá, no vas bien en la investigación porque no lo entiendes. No estás captando lo que están diciendo…lo que está pasando”, a lo que el detective pegunta “¿Qué está pasando?” y Adam le responde “Insta” (Instagram). Hoy, por ejemplo, los emoticones no representan palabras, sino frases y declaraciones amplias que a los adultos no se nos pasan por la cabeza. Los más jóvenes tienen una subcultura totalmente ajena a los mayores.
Pareciera como si la palabra ‘adolescencia’ nos quisiera decir que en ese momento de la vida hay algo que ‘adolece’, que siente dolor, que sufre. Quizá es el dolor de crecer, que no se manifiesta únicamente en lo físico, como cuando duelen las articulaciones “porque se está pegando el estirón”, sino también mental y emocional, porque estamos descubriendo la complejidad del ser humano, de las relaciones sociales, de un mundo que en la teoría es uno, pero que en la práctica es otro. Ese dolor podría explicar por qué la depresión, ansiedad y los trastornos del comportamiento son una de las principales causas de enfermedad en los adolescentes, según la Organización Mundial de la Salud.
La serie también nos deja claro: más que señalar culpables, es importante comprender las motivaciones que llevan a un adolescente a acabar con la vida de otro. En el caso de Jamie, pareciera que era por el odio que sentía hacia sí mismo, un sentimiento contra el que luchaba desesperadamente, buscando la aprobación de otras personas, la misma aprobación que no encontraba en las redes sociales, ese universo ficticio que llena de expectativas irreales a las personas.
Por eso creo que es hora de tomar decisiones tajantes sobre el asunto. Ningún menor de 16 debería poder acceder a una red social; allí no va a encontrar elementos que lo construyan, sino más bien ilusiones que lo pueden destruir. Ese puede ser un inicio dentro de un proceso de cambio institucional (de políticas públicas) y cultural. La adolescencia ya es lo suficientemente compleja (por todos los cambios que se desatan en esa etapa) como para insistir en que los niños y adolescentes carguen con la presión insostenible de expectativas y modelos de vida que no existen, por unos llamados de sirena (redes sociales) que podrán condenarlos a acabar con ellos mismos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/andres-jimenez/