Hoy, Gustavo Petro deja de ser inquilino de la Casa de Nariño y, con su salida, culmina uno de los gobiernos más caóticos —por no recurrir a calificativos más contundentes— de la historia reciente de Colombia. Un gobierno que, durante demasiados momentos, transmitió la sensación de estar a la deriva, marcado por las constantes ausencias de un presidente que vagó entre discursos grandilocuentes y promesas de transformación. Llegó al poder alzado sobre la bandera del cambio, convencido de que estaba llamado a reescribir la historia del país, pero termina marchándose después de demostrar que, en demasiadas cosas, fue mucho más de lo mismo.
Contrario a como alguna vez pareció soñarlo el autoproclamado “último Aureliano”, Petro no abandona el poder alzado en brazos por un pueblo agradecido que contempla satisfecho los frutos de su gestión. Se marcha, en cambio, cargando el lastre de sus propias faltas de carácter y de criterio; de las promesas incumplidas, de las contradicciones entre el discurso y el ejercicio del poder y de una forma de gobernar que demasiadas veces confundió la grandilocuencia con el liderazgo.
Sale, además, envuelto en polémicas que recorren prácticamente todos los ámbitos imaginables: desde los aspectos más íntimos de su vida privada hasta el manejo de los asuntos más trascendentales del Estado. Y me atrevo a decir que hoy, sin necesidad de esperar a que la historia tome distancia para emitir un juicio definitivo sobre su gobierno, resulta difícil ignorar que quien llegó prometiendo inaugurar una nueva forma de ejercer el poder termina entregándolo rodeado de muchas de las prácticas, controversias y frustraciones que durante años aseguró combatir.
Es, cuando menos, irónico que quien durante años se erigió como el adalid de la lucha contra la corrupción y como defensor de los menos favorecidos por un sistema que siempre denunció como injusto, hoy abandone el poder cargando con el lastre de varios de los escándalos más graves de la historia reciente de Colombia y, quizá más paradójico aún, algunos de ellos vinculados precisamente a las instituciones llamadas a proteger a las comunidades más excluidas del país: el escándalo de la UNGRD o los señalamientos por presunto tráfico de influencias parte de las hermanas Guerrero y Gabriela Muñoz.
Pero las contradicciones de este gobierno no se agotan en los escándalos que lo rodearon. También están en la distancia entre las expectativas que despertó y los resultados que finalmente pudo ofrecer. El gobierno que prometió transformar las estructuras del Estado terminó consumiendo buena parte de su capital político en interminables crisis ministeriales, enfrentamientos con antiguos aliados y reformas que, entre derrotas, modificaciones y accidentados trámites en el Congreso, estuvieron lejos de representar la transformación que se había anunciado. A ello se suma una “paz total” que, presentada inicialmente como una de las grandes apuestas del cuatrienio, deja tras de sí enormes interrogantes sobre sus resultados y sobre la capacidad del Estado para contener a los grupos armados que pretendía llevar a la negociación. Petro prometió gobernar para cambiar el país, pero demasiadas veces terminó gobernando para explicar por qué el cambio todavía no llegaba.
Seguramente habrá quienes encuentren razones para reivindicar su gobierno, así como habrá tiempo para discutir sus aciertos y determinar cuáles de sus políticas sobrevivirán a su salida del poder. Pero esa discusión no cambia la paradoja fundamental de estos cuatro años: Gustavo Petro llegó a la Presidencia prometiendo romper con una manera de hacer política y termina su mandato demostrando que transformar un país era bastante más difícil que denunciarlo desde la oposición. Quiso ser recordado como el presidente que dividió la historia de Colombia entre un antes y un después. El tiempo dirá si lo consiguió – aunque lo dudo – . Por ahora, lo que termina es el gobierno de un hombre que prometió cambiarlo todo y que, al marcharse, deja demasiadas cosas pareciéndose a aquello que juró transformar.
En últimas, Gustavo terminó teniendo un final triste pero autoinfligido: el de convertirse en protagonista de la historia, aunque ese desenlace haya tenido un tono profundamente irónico, como el de varios de los Buendía en Macondo. Por esta razón, hoy Colombia al fin puede decir, después de cuatro largos años: adiós, Gustavo.
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