A nuestra imagen y semejanza

Creo que, en buena medida, votamos a la imagen y semejanza de nosotros mismos. Nos gusta que suene familiar cómo habla, cómo piensa, cómo se expresa. Buscamos una forma de ver el mundo parecida a la nuestra, que pertenezca a nuestros círculos, que entienda el país como lo entendemos. Y así, empieza con varios puntos a favor antes de haber hecho absolutamente nada.

El problema aparece cuando confundimos haber votado por alguien con empezar a pertenecerle. Cada vez que hago un comentario crítico aparecen respuestas como: “¿Y el de antes qué?”, “¿Entonces era mejor el otro?”. La discusión deja de ser sobre el político y pasa a ser sobre nosotros y de qué lado estamos.  

Y no. Me niego a escoger entre blanco y negro. No quiero que criticar a alguien me convierta automáticamente en defensora de su opositor. Tampoco quiero tener que justificar cada crítica. Votar por un candidato no debería significar entregarle un cheque en blanco por cuatro años. El voto es una elección, no una membresía.

Pero actuamos como si nuestro candidato necesitara nuestra defensa permanente. Celebramos cada cosa que hace, justificamos sus errores y encontramos una explicación para sus contradicciones. A veces no porque todo esté bien, sino porque reconocer que algo está mal también significa reconocer que nosotros pudimos equivocarnos al elegirlo.

Y ahí está el ego del votante.

Nos cuesta admitir que alguien en quien confiamos se equivocó porque, de alguna manera, sentimos que también nos equivocamos nosotros. Si yo voté por él, si lo defendí, si convencí a otros de que era la mejor opción, aceptar que tomó una mala decisión también significa reconocer que mi decisión pudo haber sido equivocada. Y los políticos lo saben. Mientras nosotros estemos más preocupados por defender nuestra orilla que por evaluar su desempeño, su capital político está protegido. Pueden cumplir o incumplir, corregir o insistir en el error. Siempre habrá alguien dispuesto a defenderlos porque “del otro lado era peor”.

Ese es el problema. Nos preocupa más lo que los demás piensan de nosotros y de nuestro candidato que las decisiones que está tomando, los recursos que está gastando o las responsabilidades que no está cumpliendo. No se trata de dejar de creer. Se trata de poder cuestionar.

El voto nos da el derecho de elegir, pero también el deber de mirar, preguntar, cuestionar y exigir. Si después de votar pasamos cuatro años justificando todo lo que hace nuestro candidato, quizás no estamos ejerciendo ciudadanía. Estamos defendiendo nuestro propio ego.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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