Es un 7 de octubre de 2023. Estoy cursando mi Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Oxford como becaria Chevening. Me bajo de la bicicleta, cruzo la puerta del edificio de la escuela de gobierno, cuelgo la chaquetota de invierno de la que tanto se burlan mis compañeros en el perchero (un animal tropical no soporta el frío), y de repente: gritos. Mis amigas israelíes Gal, Merav y Hagit están rojas, ahogadas, llorando.
¿Qué pasó?
Entro a clase. El profesor anuncia la tragedia: un ataque de Hamás en Israel ha dejado miles de muertos. Cientos de civiles han sido tomados como rehenes.
Gheed, Fareed y mis otras compañeras del “mundo árabe” tuercen la boca. Su mirada es dura, seca.
En los siguientes meses la escuela de gobierno dicta varias charlas y cursos sobre el tema con invitados de Israel e Inglaterra. Mis compañeras del “mundo árabe” siempre se salen del salón… ¿Por qué? En mi absoluta ignorancia, asumo que es por su intolerancia.
El “Two State Solution” parece un himno. Incluso el expresidente Juan Manuel Santos, quien en varias ocasiones es invitado a clase, insiste en que esa es la única solución posible. Conversando con un compañero de algún país del norte, me dice: “cualquier persona que sostenga que el Estado de Israel debe desaparecer, es un extremista, un antisemita”. Yo, sin investigar a fondo, termino por adoptar el credo: “Two state Solution, Two State Solution”.
Inicia la ofensiva de Netanyahu en Gaza. Pasan los meses. Día tras día se suman nuevas voces al coro que condena las acciones de Israel. Un grupo de estudiantes se toma la Cámara Radcliffe a modo de protesta. Yo sigo sin investigar. Repito el himno. Mi intuición es que Israel tiene razones de peso para intensificar la guerra contra Hamas en Gaza…
Pasa un año. Por fin me puedo sentar a leer.
Lo que empieza como una exploración superficial termina convertido en un proyecto de investigación de muchos meses y en la publicación de un libro: La invasión de Palestina.
Hoy ya no proclamo el “Two State Solution”. Ya no sé si aquello de los dos estados funcione. Creería que se requieren esfuerzos más grandes, gestas magnánimas, milagrosas. Quizás la solución esté en retomar lo que planteó el Comité Superior Árabe en 1947 ante el Comité Especial de la ONU sobre Palestina: el reconocimiento de un Estado laico con plenas garantías democráticas para las minorías (que en aquel entonces eran los inmigrantes europeos judíos, y en la actualidad, con el cambio demográfico que se desató a raíz de la invasión, son los árabes musulmanes).
Hoy, tras este largo proceso de investigación y escritura, reconozco que lo que ha ocurrido en Palestina es una injusticia histórica de enormes proporciones, que ha ocurrido ante nuestros ojos, en una era en la que la comunidad internacional debería condenar sin titubeos la invasión, el desplazamiento forzado y la segregación de pueblos inocentes. Los corderos no pueden seguir pagando las consecuencias de la intolerancia y la violencia en Europa.
Esta es la primera razón por la que me opongo a que el gobierno colombiano traslade la embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Pero además yo no olvido que la Resolución 181 de la ONU establecía que Jerusalén no pertenecería al Estado judío ni al árabe, sino que debía tener un régimen internacional especial (corpus separatum), administrado por las Naciones Unidas. Tras la guerra de 1948, Israel pasó a controlar Jerusalén Occidental y Jordania, Jerusalén Oriental. Las cosas siguieron así, aún cuando en 1949 la ONU ratificó el estatus internacional de la ciudad. Finalmente, durante la Guerra de los Seis Días, Israel tomó el control de la parte oriental. Poco importó que los palestinos la reivindicaran como su capital.
En 1980, mediante la Resolución 478, el Consejo de Seguridad de la ONU rechazó las medidas israelíes que pretendían modificar el estatus de Jerusalén y pidió a los países retirar sus misiones diplomáticas de la ciudad: todos los países, incluido Estados Unidos, obedecieron. Pero en 2018 Donald Trump reconoció Jerusalén como capital de Israel y decidió trasladar la embajada, rompiendo con décadas de una política exterior relativamente sensata, disciplinada, coherente y respetuosa del derecho internacional.
En 2024 la Corte Internacional de Justicia reafirmó la ilegalidad de la ocupación. Determinó que la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado, incluida Jerusalén Oriental, no es legal. A octubre de 2026 solo un puñado de países tiene su embajada en Jerusalén, mientras la inmensa mayoría mantiene sus embajadas en Tel Aviv y sus alrededores.
Trasladar la embajada a Jerusalén implica reconocer la soberanía de Israel sobre una ciudad cuyo estatus internacional sigue sin resolverse, desconocer una injusticia histórica y pasarse por la galleta los pronunciamientos de la Corte Internacional y las Naciones Unidas. Ahora bien, es claro que el gobierno de Abelardo busca fortalecer su relación con Estados Unidos e Israel, aliados fundamentales para cumplir con su principal promesa de campaña: perseguir a los grupos armados organizados y combatir el narcotráfico…
¿Pero hay que llegar a estos extremos? ¿No habrá otras formas, quizás más creativas, de promover el acercamiento entre los dos países para garantizar el acceso privilegiado a la tecnología defensiva israelí e impulsar el comercio bilateral?
Si la mayoría de los países han mantenido sus embajadas en Tel Aviv sin que ello implique un enfriamiento de las relaciones con Israel, e incluso la misma Colombia se ha mantenido así durante todos estos años sin que se vea alterado el intercambio comercial y militar entre las dos naciones (la excepción fue el gobierno Petro), ¿cuál es la necesidad de rebajarse tanto, con una medida radical y arbitraria a la que incluso me atrevo a pensar que gran parte de la ciudadania se opone?
Cierro con una pregunta para ustedes, queridas lectoras: en esta era de gobiernos populistas de izquierda y de derecha, que manejan las relaciones internacionales a su antojo y desprecian el multilateralismo y la diplomacia, ¿que vamos a hacer para ponerles un freno y garantizar mayor responsabilidad y ecuanimidad en materia de política exterior?
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-emilia-gouffray/