Dice mi maestro Fito Páez, en una de sus canciones, que ya no pertenece a ningún “ismo”: se considera vivo y enterrado. No sé si comparto exactamente esa imagen, pero sí la sensación de estar cada vez menos matriculado en una doctrina a la que deba jurarle devoción y ortodoxia. Mi proceso de madurez política, que sospecho que todavía no termina de mielinizar, me ha llevado a reconocerme, en esencia, como liberal. No porque pertenezca a una escuela o a un partido, sino porque encuentro en el liberalismo un horizonte desde el cual pensar la democracia y defender las libertades individuales.
Mi descreimiento de Dios, de la idea de que la vida tenga un significado intrínseco, del alma y de otras cuestiones ontológicas quizá me permita tomar distancia de los dogmas con más facilidad. Pero esa libertad también exige responsabilidades. No implica creer que todo da lo mismo ni que no existen fronteras morales. Tampoco supone desconocer la necesidad de un Estado capaz de arbitrar, garantizar derechos y establecer unas reglas mínimas para la vida en común. Lo que me interesa es que ese poder tenga límites y no termine sometiendo la libertad individual a los caprichos de un gobierno, una iglesia o cualquier grupo que pretenda hablar en nombre de una verdad única.
Algunos me cuestionan la “indisciplina” de estas ideas: que un día pueda votar o alentar a una derecha institucional y, al mismo tiempo, mirar con buenos ojos a ciertas izquierdas cuando actúan con razonabilidad en sus países. Para mí, no hay contradicción. Mi criterio no consiste en respaldar siempre al mismo sector, sino en observar qué hacen quienes gobiernan, cómo ejercen el poder y qué lugar dejan para la democracia y las libertades.
Por eso, en Brasil, deseo que Lula venza al ultraderechista Flávio Bolsonaro, a quien considero tan corrupto, autoritario y despreciable como a su padre. Esa misma severidad la he tenido con el chavismo y con el petrismo en Colombia. Mi rechazo no depende de la orilla ideológica: se dirige a la concentración del poder, el fanatismo y el atropello de las libertades individuales y económicas. Cuando esas amenazas aparecen, no me resulta suficiente que quienes las promueven lleven una camiseta que me gusta.
No necesito recorrer el espectro político en línea recta ni permanecer fiel a un bando para conservar una identidad. Puedo admirar a Boric, Mujica y Sanders, y también reconocer cualidades en Carney, Piñera, Paloma Valencia, Rafael Nieto, Álvaro Uribe o Federico Hoyos, según el contexto y las razones concretas. A veces me siento más cómodo en el centro, pero no entiendo ese lugar como una obligación de mantenerse siempre a mitad de camino. Es, más bien, el espacio desde el cual puedo evaluar cada propuesta sin renunciar al criterio propio.
A esa disposición algunos la llaman “tibieza”, “conveniencia” o “falta de identidad”. Yo la entiendo como “sentido común”: defender principios sin convertirlos en excusas para justificar cualquier cosa que haga el propio bando. La coherencia no consiste en votar siempre por los mismos, sino en aplicarles a todos una medida semejante. Si condeno el autoritarismo cuando viene de la derecha, también debo condenarlo cuando viene de la izquierda; y si reconozco una decisión sensata en un sector, no tengo por qué negarla solo porque la tomó alguien con quien discrepo.
En fin, no creo que la política sea una cuestión de “todo o nada”. No quiero tolerar, por afinidad ideológica, lo que condenaría en el adversario. Prefiero dejar la “barra brava” y su manera irracional de alentar para poder apreciar el buen juego, incluso cuando lo hace quien lleva otra camiseta. Algunos verán en eso una falta de identidad. Yo, por el contrario, siento que la tengo clara: responde a principios que considero superiores a los caprichos de la pequeña política.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/