Hay cuestionamientos que merecen toda la consideración y otros que apenas merecen atención, para luego seguir con lo importante. El ataque reciente de algunos malintencionados contra Comfama y su director, David Escobar, pertenece a esta segunda categoría: no vale la pena detenerse en el repertorio de quienes viven de la provocación y la rapiña política, porque detenerse ahí es concederles algo que no se han ganado y, en todo caso, tampoco construye país. Lo que sí merece nuestra atención es lo que está detrás: una disputa, no del todo nueva, sobre qué hacer con las instituciones que funcionan.
Colombia tiene pocas instituciones que puedan mostrar, con cifras verificables, siete décadas de continuidad y resultados. Comfama es una de ellas. En 2025 llegó a 4,7 millones de personas gracias a los aportes de 127.000 empresas afiliadas. Hace una década cubría a 977.000 trabajadores; hoy son 1,5 millones. Acompañó a 640.000 familias con subsidios por 783.000 millones de pesos, ayudó a 137.000 personas a conseguir empleo y, junto con EPS Sura, atendió a 1,9 millones de afiliados en salud. Nada de esto ocurre por generación espontánea. Ocurre porque hay una administración que ha sabido convertir aportes obligatorios en bienestar tangible, con una gestión que ha sido honesta y competente.
Vale la pena decirlo con la sobriedad que el tema exige: defender a Comfama no es un acto de lealtad personal hacia David Escobar, ni una negación de que las instituciones deban rendir cuentas. Al contrario. Comfama está sometida a la vigilancia de la Superintendencia del Subsidio Familiar, de la Contraloría, de su revisoría fiscal y de un consejo directivo donde tienen asiento empresarios y trabajadores. Ese es, precisamente, el lugar donde deben resolverse las dudas legítimas: en los mecanismos de control, con pruebas, no en la plaza pública de las redes sociales, donde la reputación se destruye más rápido de lo que la verdad puede reconstruirse.
Lo que vemos en Colombia con las cajas de compensación no es un fenómeno aislado. Es parte de un patrón más amplio, visible también en otras latitudes, donde el desprestigio sistemático de lo que funciona se ha convertido en método político. Se erosiona la confianza en una institución, se allana el terreno retórico y luego se presenta como necesaria una intervención que, casualmente, termina en manos afines a quien la promovió. No hace falta ser ingenuo para reconocer el patrón, ni hace falta ser conspirativo para nombrarlo como una posibilidad que exige vigilancia ciudadana, no resignación.
La pelea, entonces, hay que darla peleando, pero con las armas correctas, las que nos distinguen de la bajeza moral de quienes están detrás de los ataques: la evidencia, la memoria institucional y la honestidad intelectual. Comfama tiene una historia que contar con datos que refuerzan el relato: 317 puntos de atención en todo el departamento, sedes nuevas en Apartadó y Amagá, el primer subsidio menstrual del país, una Clínica Panamericana que atendió a casi 300.000 pacientes. Esa es la Antioquia real que la caja ha construido, con aciertos y también con los ajustes que toda institución viva debe hacer.
Defenderla no es un acto de lambonería o complacencia con sus directivas. Es reconocer que las instituciones que funcionan son escasas y que, cuando alguien las ataca sin pruebas, el silencio de quienes las conocen es una forma de complicidad. Por eso, sin ingenuidad, pero con la tranquilidad de quien tiene los datos de su lado, digo #YoSoyComfama. @Comfama @davidescobara
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