En el prólogo de la edición francesa de La rebelión de las masas Ortega y Gasset afirma: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”; y remata: “ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”.
Confluyo con Ortega en parte, porque considero que esa hemiplejia no es solo moral: es también ontológica, axiológica y epistemológica. En suma y para el tema que nos ocupa, una hemiplejia política, que solo atiende a unos intereses y necesidades y descarta otros imprescindibles.
Si simplificamos al máximo y nos remitimos a la diferencia más sustantiva entre ambas ideologías, la derecha privilegia el interés y el bienestar individual, especialmente el de los más privilegiados. La izquierda, por su parte, pondera el interés y el bienestar colectivo, sobre todo el de los postergados.
Esto en teoría, por supuesto. En la práctica, hay, por ejemplo, personas y grupos que se dicen de izquierda y les interesa conservar y perpetuar su estatus de privilegios, como los Ortega en Nicaragua y los Castro en Cuba. Pero hay que diferenciar entre lo que la ideología dicta y lo que los hombres hacen.
La hemiplejia, que es un fenómeno físico (la parálisis de un lado del cuerpo), se toma aquí en sentido metafórico e ilustrativo, para hablar de los reduccionismos producidos por estas ideologías.
El primero es ontológico, es decir, esencial, en el sentido de que no hay ninguna persona que sea totalmente individualista ni absolutamente cooperadora. La tensión básica que habita al ser humano –y por ende regula las relaciones sociales– es entre individuo y sociedad, entre el yo y el nosotros. La tensión, antagónica y complementaria a la vez, entre el mundo interior y el exterior de la persona, entre individuo y sociedad, entre natura y cultura nunca terminará.
En El malestar en la cultura, Freud recalca esta realidad humana indisoluble: “Tal como el planeta gira en torno de su astro central, además de rotar alrededor de su propio eje, así también el individuo participa en el proceso evolutivo de la humanidad, recorriendo al mismo tiempo el camino de su propia vida”. La diferencia es que el universo responde a un orden más que menos imperturbable, mientras que en el ser humano no cesa el antagonismo entre la felicidad individual y la unión humana, o lo que es afín, entre individuo y cultura.
Por lo dicho hasta ahora, el reduccionismo también es epistemológico, del conocimiento, principalmente el científico y filosófico. Para Hegel “la realidad humana sólo puede ser social. Es necesario, por lo menos, ser dos para ser humano”. Eso no anula el individuo, sino que le permite definir su singularidad o su identidad, que se construye en la alteridad, en la relación con los demás.
En una columna publicada hace un mes en El Espectador y titulada El animal anómalo, el escritor y polímata colombiano Julio César Londoño ilustraba bien esta tensión:
“Llevamos siglos tratando de explicarnos esta esquizofrenia de la especie. Los neurólogos dicen que en la cabeza del hombre luchan un combate encarnizado el cerebro reptiliano, un depredador voraz, y el cerebro mamífero, que es tierno y solidario. Los sicólogos les dan otros nombres a estos instintos y nos hablan de la oposición entre la pulsión de vida, que nos lleva al amor, y la pulsión de muerte, ese vértigo que nos lleva a matar por ambición, o la paranoia que nos lleva a matar por miedo a la muerte, a que el otro nos madrugue y nos mate antes”.
El tercer y más latente reduccionismo es axiológico, de valores. La derecha promueve el individualismo –base del liberalismo, según Harari– y la competencia, que normalmente derivan en envidias, celos y otras emociones negativas y hasta vengativas que atentan contra la vida en sociedad. Ya lo advertía Einstein (1952): “La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura en función de la utilidad inmediata matan el espíritu en que se basa toda vida cultural, incluido el conocimiento especializado”.
Pero el individualismo también es expresión de la libertad. Bien manejado, es decir, sin dejarlo pervertir en el egoísmo, le permite al ser humano destacarse de la manada, sobresalir como una figura en medio del fondo, en otras palabras, ser reconocido como un ser único e irrepetible, que es quizás el ideal más profundo de las personas.
La izquierda, por su parte, fundamenta sus valores en la igualdad y la solidaridad, indispensables para mantener la vida en comunidad, pues lo que hace a la sociedad no son los individuos sino las relaciones entre estos. Son valores que protegen otro gran anhelo humano, la dignidad, entendida como el derecho que tenemos todos a ser tratados como iguales en tanto miembros de una misma especie.
Pero si estos valores y los conexos se llevan a extremos, devienen en un igualitarismo en el que se diluyen la identidad y el reconocimiento, y se desestimula el esfuerzo individual, tan necesario para el desarrollo personal, social y, por supuesto, económico. El llamado de atención del maestro Estanislao Zuleta en este sentido es claro: “El verdadero derecho es a ser diferente, cuando uno no tiene más derecho que a ser igual, eso todavía no es un derecho”.
Ser humano es el colmo del egoísmo y del altruismo a la vez. Cuando Sartre proclamó que “el infierno son los otros” (1944), ya Víctor Hugo había advertido lo contrario: que “el infierno está todo entero en la palabra soledad” (1886), la cual, sugiere, es el campo de juego de Satanás.
Exacerbar cualquiera de las dos tendencias y cercenar la otra – que es lo que suelen hacer la derecha y la izquierda– nos arrastra al abismo de la polarización extrema; de la enajenación y del extrañamiento. A una lucha paranoide con la existencia o a algún tipo de totalitarismo, que es a lo que terminan conduciendo las hemiplejias morales y políticas.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/