El arte de cultivar borregos

La cultura pocas veces es un tema prioritario —ni importante— para los gobiernos. A veces, alguno sorprende con un mejor presupuesto y más atención —los más liberales y progresistas, por lo general—, pero por regla común ha sido, y de hecho así se le llama, la cenicienta: la tratan mal.

Es, tal vez, un asunto cultural —irónicamente—: las reducciones se ven como actos normales, como un sacrificio necesario por el bien común de, por traer un ejemplo, invertir en seguridad —o en la guerra con que se disfraza.

¿La cultura, eso pa’ qué?

Pa’ todo, mijo. La cultura atraviesa la vida. Comer, esa necesidad básica, es un hecho cultural. Por algo nos gustan tanto los fríjoles.

La cultura es tan amplia que es de las palabras más difíciles de definir, porque no alcanza a cubrir sus posibilidades. El diccionario, sin embargo, dice que es el conjunto de los modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc. Es un conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

Viene de cultivar.

Pero en un mundo como el de ahora, que va tan deprisa, cultivar lo que hay adentro, lo que no se ve, pues no es fundamental. O es importante si se cultiva dentro de una iglesia, siguiendo a un guía espiritual con intenciones específicas —que nos digan qué hay que creer, qué hay que sentir, cómo hay que ser.

Voy a la definición porque muchas veces la cultura se reduce a las artes y por ese lado justifican las reducciones presupuestales. Los artistas que quieren vivir del Estado. Los artistas que esperan que todo se los den. Los artistas que no saben de economías autosostenibles. Esos loquitos soñadores, los artistas, y perezosos.

La cultura también tiene que ver con eso, pero es más grande y más importante de lo que nos han hecho creer. La pandemia ya se nos olvidó, y también las lecciones que supuestamente aprendimos: cuando no podíamos abrazarnos, la cultura (y el arte, muchísimo el arte) nos abrazó: los libros, la cocina, el cine, la televisión.

Por eso el anuncio es terrible: después de 27 años, los estímulos culturales se interrumpen. Pero no es una única noticia, se suma a otra: el presupuesto del Ministerio de Culturas se reduciría alrededor del 29 % en el Presupuesto General de la Nación para 2027 radicado por el presidente Abelardo de la Espriella ante el Congreso. Disminuiría también el presupuesto del Archivo General de la Nación y del Instituto Colombiano de Antropología e Historia. Eso para que empecemos. 

La batalla cultural, como lo ha llamado el gobierno, la empezamos perdiendo, porque incluso los que celebran también están en el bando de los derrotados, aunque no lo sepan aún.

Y no es una cosa solo de necesitar los recursos para la reconstrucción tras el terremoto. Esta es solo la excusa. Es en lo que se cree, y hay más ejemplos cercanos en gobiernos similares de derecha: en Chile está pasando lo mismo. El ministerio de Cultura es el más golpeado en el recorte general, se lee en las noticias chilenas, y aunque los demás ministerios van a reducir el 3 %, el de cultura tendrá un ajuste del 10 %.

Porque al final un pueblo que es crítico, que es educado, es más incómodo.

No hay que permitir el desarrollo del juicio crítico.

Por eso no ven la cultura ni la educación ni la ciencia ni el deporte como áreas prioritarias que aportan al desarrollo de las sociedades.

El Tigre lo dijo cuando se posesionó: “El renacer en la patria milagro también deberá ser cultural. Una nación que pierde de vista su identidad termina extraviando su destino”.

Pero ahí está la cosa: cuál es la identidad que quieren que tengamos. Cuál renacer cultural es el que necesitan.

Y es más simple de lo que pensamos: cultivar borregos.

Por eso la defensa asidua de la religión —unas tan expertas en criar borregos fieles—, y por eso tan esencial la defensa del Estado laico: que cada quien crea lo que quiera, rece lo que más pueda y se arrodille ante quien le parezca. El problema empieza cuando una creencia particular quiere convertirse en instrucciones para todos.

Pero qué más da, queridos compatriotas. ¡Que viva Cristo Rey!

Y ojalá el meteorito nos coja confesados.

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