Para escuchar leyendo: Muriendo de plena, Ruben Rada.
Medellín Cómo Vamos, en su más reciente informe a propósito de sus 20 años de funcionamiento, trae un dato tremendo sobre nuestra ciudad: En 2025, por primera vez, los homicidios relacionados por temas de convivencia son mayores que los homicidios relacionados a grupos criminales y crimen organizado. Al 18 de octubre de 2025, se habían registrado 93 muertes por convivencia contra 84 por crimen organizado.
Esta ciudad, que padeció ser la más violenta del mundo, en la que todas las formas de nuestras violencias supieron hacer daño, ahora lleva en aumento la criminalidad asociada a la incapacidad de convivir, por la ansiedad, el miedo, la rabia y la ira que no hemos aprendido a canalizar y nos condena a esa maldita espiral interminable de muertes.
Durante años, relacionamos nuestro miedo con los ruidosos estallidos de las bombas, con el eco escalofriante de los disparos, con la bandera política que los bandidos condenaban, con el alias, con el atraco. Un lenguaje de la violencia que muchos querían entender lejanos, que servía incluso de mantra tranquilizadora y de distancia para la autoprotección: si lo mataron es porque algo debía, pero los buenos somos más. El problema, claro, no era con quienes se auto percibían buenos, era un lío de otros, era una realidad ajena que se enfriaba con las cifras macros que convierten las vidas en meros números.
Por mucho tiempo nos alegramos, con razón, de que la tasa de homicidios cayera de 194,8 por cada cien mil habitantes a comienzos de siglo hasta 13,9 hoy. Pero esa reducción histórica escondía una mutación que ya venía anunciándose desde 2023, cuando El Colombiano registraba el primer fin de semana con más muertos por «intolerancia» que por bandas. Esa mutación dio vuelta a la estadística y nos demostró que el lenguaje del miedo era uno muy distinto, uno que es mas cercano del que nos atrevemos a admitir.
¿Qué significa matar por convivencia? Una riña bajo los efectos del alcohol, un vecino que no soporta el ruido, una discusión de pareja que termina en feminicidio, un choque entre desconocidos que uno de los dos no sabe o no quiere dejar pasar (sobre todo en este país en el que, estoy seguro, cada día hay gente que sale de su casa buscando con quien pelear). Es violencia sin estructura, sin jefe, sin plaza que disputar. Y por eso mismo es más difícil de combatir: no hay un cabecilla que capturar ni un corredor que intervenir. Hay, en cambio, una ciudad que perdió la capacidad de tramitar sus conflictos cotidianos sin recurrir a la muerte. Hay volcanes de emociones tristes, como dice Mauricio García, que estallan entre el cansancio, la frustración y la certeza del no futuro.
El propio informe lo confirma desde otro ángulo: pese a que los homicidios están en mínimos históricos, la sensación de seguridad cayó del 61% en 2006 al 51% hoy. Es la paradoja medellinense de esta década: menos muertos, pero una convivencia más frágil, un tejido social más fino, una ciudadanía que le teme menos a la bala del sicario y más a la ira del vecino. Una ciudad que sigue con su optimismo hacia afuera para ocultar su profunda desesperanza interna.
Si en el pasado la respuesta institucional fue militar y policial, y funcionó para desmontar estructuras, el reto que deja este informe es de otra naturaleza: pedagógico, comunitario, casi íntimo. No se resuelve con drones ni con centros de inteligencia, sino con algo mucho más difícil de medir: reconstruir la capacidad de los medellinenses para resolver sus diferencias sin matarse entre ellos. Se resuelve trayendo presente y como prioridad estatal, la maravillosa terquedad que alberga la querida maestra Luz María Tobón: la de un mundo con vida y libertad para todos, para siempre.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/