«A mí me hubiera encantado haber estado en el ejército con fusil en mano pero ya por la edad no me da», dice alguien que envía un mensaje de voz de WhatsApp a una emisora que suena, en pleno trancón, en el Uber que comparto con IDO. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena! Voy en el puesto de adelante, como toca hacerlo por el hiperpresente acoso de los azules que, sin embargo —pendulares y camaleónicos— ahora parecen más empecinados en perseguir a los taxistas… IDO va sentado atrás. Ambos nos reímos tan pronto escuchamos la confesión de esa voz sin rostro. Quién sabe si será IA o si será un fantasma («pues ojalá», pienso).
Mambrú se fue a la guerra,
no sé cuándo vendrá.
Nos reímos por pura tristeza, por pura ironía, como quien se burla de la muerte para ridiculizarla y disminuirla, pero sabiendo la imposibilidad de ahuyentarla. Recién salíamos de la exposición «Los desastres de la guerra» de Goya que instalaron hace poco en Fragmentos, el contramonumento de Doris Salcedo. Do-re-mi, do-re-fa, no sé cuándo vendrá. El mero título de la exposición ya sirve para entender por qué nos reímos de esa voz. Pero es posible que alguien no entienda nuestra risa. Es posible que esa voz sí tenga cuerpo. Es posible que, todavía, muchos años después del pelotón de fusilamiento, alguien quiera seguir los pasos del coronel Aureliano Buendía.
Vendrá para la Pascua,
qué dolor, qué dolor, qué pena,
Al entrar a la exposición, IDO y yo nos detuvimos en cada uno de los grabados. Los contemplamos con cuidado, despacio. Él desde la derecha, yo desde la izquierda. No hay afán. Nos saltamos todo texto curatorial, vamos por la obra, no por el contexto. Vendrá para la Pascua, o por la Trinidad. Do-re-mi, do-re-fa, o por la Trinidad. Empezamos eufóricos, impactados y con un sentimiento cercano a la dicha propia de un pueril aficionado. Estábamos frente a los grabados originales de Goya y eso nos ilusionaba. Detallamos sus trazos, sonreímos ante sus títulos brillantes escritos a lápiz con una caligrafía que —IDO me haría caer en cuenta— es bellísima y en exceso recta. Pero, ¡ay!, pronto la euforia se esfumó…
La Trinidad se pasa,
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
Apareció la obra. Desapareció Goya. Se dibujó un silencio entre IDO y yo. Apareció un dolor en una tripa y, ¡agh!, un viejo conocido mareo. ¿Qué era lo que observábamos con detenimiento? Dos puntos. Un alguien con rostro y cuerpo vomita sobre una pila de cadáveres con ojos blancos y cerrados. Su vómito cae sobre los cuerpos y alimenta el hedor ya demasiado intenso que, además, es intensificado por una humareda que se ve al fondo y recuerda la destrucción del todo. «Para eso habéis nacido», se titula. La Trinidad se pasa, Mambrú no vuelve más. Un oficial, escoltado por dos compañeros, le clava una espada en las costillas a un hombre vestido de blanco cuyo rostro vemos retorcerse. «Esto es malo», la titula Goya y me impacta. «¡Mierda!», pienso y siento un grito… Un grito estancado en mi garganta. Un grito originario de esa tripa en huelga.
Por allí viene un paje,
¡qué dolor, qué dolor, qué traje!,
«¡¿CÓMO ES QUE SE NOS OLVIDA?!». Me imagino gritando en la sala de Fragmentos, las palabras y su eco retumbando en las paredes, en el techo, en el jardín, en los muros y en el suelo hecho con las antiguas armas de las FARC, los visitantes mirándome extrañados y la vigilante aproximándose hacia mí, asustada, quizás pidiendo refuerzos… Pero no grité y todavía me duele la tripa. Por allí viene un paje, ¿qué noticias traerá? En este punto, ya IDO iba por su lado y yo por el mío. Ya no había motivo de éxtasis. Lo que había ahí, secundado y reforzado además por ese suelo de Fragmentos que pareciera tener ojos y brazos, es el recordatorio terrible, necesario y explícito de lo que es capaz la humanidad. ¿Dicha de qué? Salimos exhaustos y pedimos el Uber en silencio.
Do-re-mi, do-re-fa,
¿qué noticias traerá?
«Apenas como pa llevarlo a la exposición», le dije a IDO tan pronto dejamos de reírnos de la voz. «Uy, sí creo, apenas», contestó. Seguimos en el trancón. El conductor cambió la emisora. Hicimos silencio. Goya no defraudó. Pero sí que desafió. El arte logra eso, creo: descongelarnos. Las noticias que traigo, ¡del dolor, del dolor me caigo! Si es que algo logra… Pero ver a Goya con sus grabados de comienzos del siglo XIX para terminar escuchando una voz que añora la guerra es una oda a la desesperanza. Quizás el arte es un peón más en esa irrefrenable batalla contra el eterno retorno.
Las noticias que traigo,
son tristes de contar,
Do-re-mi, do-re-fa,
son tristes de contar.
¿Pero qué pasaría si esa voz se detallara los grabados de Goya? Sería fascinante conversar con él (presuponiendo que tiene cuerpo) después de ese recorrido. ¿Seguirá arrepentido por no haber ido a la guerra? ¿Se sentirá agradecido? ¿Se sentirá con más ganas todavía? Lo peor sería que no le importara. Que no cambiara absolutamente nada en su voz o en su cuerpo. Eso sería una mera confirmación de que las máquinas quizás ya seamos nosotros. De que, como lo dibuja Kundera, «El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia; todo, incluida la guillotina» y estamos condenados a congelarnos. ¿Será?
Que Mambrú ya se ha muerto,
¡qué dolor, qué dolor, qué entuerto!,
que Mambrú ya se ha muerto,
lo llevan a enterrar.
Do-re-mi, do-re-fa,
lo llevan a enterrar.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/