Poner un pie fuera de Colombia no solo ha sido una oportunidad de crecimiento profesional y personal, sino también una oportunidad para tomar distancia del sentido político que había desarrollado en mi país y que, debido a mis intereses, había profundizado en varios escenarios.
Lo primero que empecé a replantearme estando acá fue si la izquierda y la derecha significan lo mismo en todo el mundo. O, más todavía, si realmente existen de la forma en que muchas veces las usamos. Porque uno no puede categorizar algo como izquierda o derecha porque sí. Tal vez esas etiquetas facilitan la hegemonía electoral de quienes saben jugar dentro de esos escenarios, pero no necesariamente atienden las necesidades individuales y sociales del colectivo que habita un país.
Cuando hablamos de izquierda y derecha en Colombia, inevitablemente terminamos pensando en dos liderazgos: Uribe y Petro. Como si la derecha fuera Uribe y la izquierda fuera Petro. Como si todo el universo político pudiera reducirse a esos dos nombres, a esas dos emociones, a esas dos formas de entender el país.
Pero ahora incluso Enrique Gómez ha salido a decir que Uribe no representa realmente la derecha que él dice defender. Y ahí aparece una pregunta: ¿qué derecha es esa de Enrique Gómez? De manera apresurada, uno podría ver allí una relación directa entre religión, moral cristiana y poder estatal. Es decir, la idea de que los dictados religiosos de una fe específica deberían aplicarse al conjunto de la sociedad.
A mi modo de ver, esa discusión debió superarse hace mucho tiempo, cuando entendimos que religión y Estado deberían estar separados: unos son los asuntos de Dios y otros los asuntos del hombre. Que cada persona pueda tener un desarrollo religioso, místico o espiritual como lo desee no debería molestar a nadie. Pero desde el poder estatal no se puede imponer esa visión al colectivo social sin acercarse al abuso, al autoritarismo y a la negación de libertades individuales.
Por el lado de la izquierda, por más que intento encasillarla en una línea clara, lo que veo es justamente lo contrario: una falta de definición. Si hablamos de la izquierda colombiana, uno de sus principales discursos ha sido la defensa de los derechos, particularmente de las minorías. Pero esos derechos ya no deberían ser un asunto exclusivo de la izquierda. La igualdad entre hombres y mujeres, los derechos de las poblaciones LGBTIQ+ y la protección de las libertades individuales deberían ser una misión colectiva, no una bandera exclusiva de un sector político.
Tal vez, en el caso colombiano, la izquierda termina reduciéndose a ser la contraposición de esa derecha religiosa. Mientras una derecha, como la que parecen representar Enrique Gómez o Abelardo de la Espriella, pone la moral cristiana como base de sus decisiones políticas, la izquierda tendría que ser su antítesis: defender que no existe una moral cristiana obligatoria para todos, sino una moral individual que debería gobernar los asuntos íntimos de cada persona. El Estado, mientras tanto, debería encargarse de garantizar derechos, seguridad, justicia y convivencia, sin meterse en el fuero interno de los individuos.
Y es ahí donde la izquierda termina pareciéndose más al liberalismo y cierta derecha empieza a parecerse a algo mucho más autoritario.
Esa sensación se hizo más clara al poner un pie fuera de mi continente, de mi ciudad y de mi contexto político. En España, por ejemplo, la discusión entre izquierda y derecha circula con fuerza alrededor de la migración. Allí, buena parte de la izquierda habla de integración, garantías y derechos, mientras buena parte de la derecha construye su discurso alrededor de seguridad, orden, patriotismo y protección de ciertos valores nacionales. La migración no siempre aparece nombrada como amenaza, pero muchas veces termina asociada a ella.
Por eso creo que las categorías de izquierda y derecha deberían revaluarse. O, por lo menos, deberíamos aceptar que no significan lo mismo en todos los países. Hay discusiones que son país a país, historia a historia, herida a herida.
En Colombia, por ejemplo, me niego a creer que la moral cristiana deba ser la moral de todos. Me niego a creer que quienes piensan que una pareja del mismo sexo no debería poder desarrollar libremente su vida tengan derecho a imponer esa visión desde el Estado. Me niego a creer que los derechos y las libertades individuales deban depender de la fe, del dogma o de la incomodidad moral de otros.
Pero Colombia también tiene un asunto ineludible: la seguridad. Y la seguridad se la hemos entregado, casi por reflejo, a la derecha. Tal vez por eso el país votó como votó. Porque el gobierno anterior, que muchos llamaron de izquierda, decidió tener un tratamiento distinto frente al conflicto, la violencia y los grupos armados que infringen la ley. Y en ese intento sacrificó, o al menos puso en tensión, algo fundamental: la capacidad del Estado de proteger a sus ciudadanos.
Entonces, tal vez, la pregunta no debería ser si somos de derecha, de izquierda o de centro. La pregunta debería ser qué cosas no estamos dispuestos a sacrificar como sociedad. Yo, por ejemplo, me rehúso a creer que para pedir seguridad tenga que aceptar que el Estado se meta en la vida íntima de las personas. Y también me rehúso a creer que para defender las libertades individuales tenga que resignarme a un Estado incapaz de enfrentar la violencia.
Ahí es donde siento que las categorías se quedan cortas. Porque Colombia no necesita importar batallas culturales que poco tienen que ver con sus urgencias, ni seguir repitiendo etiquetas que terminan ordenando a la gente en bandos antes de permitirle pensar. Colombia necesita una conversación más propia, menos prestada, menos cómoda para quienes viven de dividirnos.
Mientras seguimos discutiendo si algo es de izquierda o de derecha, el país sigue teniendo preguntas mucho más concretas: cómo proteger la vida sin caer en el autoritarismo, cómo defender las libertades sin abandonar la seguridad, cómo garantizar igualdad sin imponer una moral única y cómo construir un Estado que gobierne sin meterse en la conciencia de sus ciudadanos.
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