«Mejor ser acertado que ser aceptado», así versa una de las viñetas del genial Vladdo (@VLADDO) que tengo desde hace un par de meses enmarcada en mi habitación. Esta semana, cuando me enteré de su despido del medio para el que trabajaba tras publicar una caricatura sobre esa grotesca escena del presidente De La Espriella caminando entre bolsas de cadáveres de forma triunfal y burlona, sentí un profundo escozor. El nuevo mandatario anda cumpliendo, en menos de un mes de gobierno, con aquella amenaza lanzada al aire como candidato: la de bajarle el pulgar, cual Nerón, a trece periodistas a quienes señala de integrar una lista negra de activistas opositores. Prometió ir por ellos uno a uno, y ya empezó la cacería. Los casos de Ana Cristina Restrepo (@anacrisrestrepo), Sebastián Nohra (@SebastianNohra) y Camila Zuluaga (@ZuluagaCamila), purgados o acorralados por la presión oficial, demuestran que el zarpazo contra la libertad de expresión no es una sospecha, sino una estrategia presidencial en marcha. Los grandes medios, convertidos hace años en altavoces de los grandes capitales, pues en el mundo actual el periodismo de rigor no rinde dividendos en el giro ordinario de los negocios, entregaron las cabezas de sus periodistas genuflexos ante el nuevo poder.
La prensa es la conciencia de un país. Una sociedad como la nuestra, marcada por la insana costumbre de callar periodistas mediante despidos, presiones editoriales o balazos , cae como presa fácil ante los desbordes autoritarios del gobernante de turno. El oficio periodístico no se reduce a un simple tablero de titulares complacientes y avisos clasificados; es, en su esencia más pura, el verdadero contrapeso frente a los abusos del poder político y económico. Cuando la voz crítica se apaga por conveniencia comercial o intimidación estatal, respira aliviado el poder desenfrenado
Este 17 de diciembre se cumplen 40 años desde que la mafia acribilló a don Guillermo Cano Isaza frente a la sede de El Espectador. A don Guillermo jamás le tembló la mano para señalar con nombre y apellido a los capos del narcotráfico y denunciar su infiltración en todas las esferas sociales. Tampoco dudó en encarar al corrupto poder económico encarnado en Jaime Michelsen Uribe y el Grupo Gran Colombiano, aun cuando esa postura le costó el veto publicitario y la pauta comercial de la que dependía financieramente el periódico. En su Libreta de Apuntes, Cano dejó una advertencia que hoy retumba con especial temporalidad : «Un periódico no puede ser un negocio de la misma índole de un banco o una fábrica de tejidos. El periodismo es ante todo una institución pública que debe servir a la verdad y al interés común».
Asimismo, esta semana se cumplieron cinco años de la partida de Antonio Caballero, esa pluma afilada e incómoda que encarnó como nadie el arte del desacato y la independencia. Caballero retrató la tragicomedia nacional sin concesiones ni cálculos de conveniencia, denunciando la mezquindad de las élites y recordando que la lambonería es la muerte del pensamiento libre. Al analizar el sometimiento histórico del oficio ante los gobernantes de turno, Antonio remató con su habitual sarcasmo: «En Colombia, los presidentes no quieren periodistas que informen, sino cortesanos que les aplaudan los desatinos».
Hoy, la salida de Vladdo, Ana Cristina, Camila, Sebastián y la persecución abierta a las voces disidentes demuestran que las mañas del poder siguen intactas. Cambian los rostros en la Casa de Nariño, pero se repite el libreto del silencio forzado. Si la prensa cede su independencia para encajar en la agenda oficial, pierde su razón de ser. Por eso, resistir implica respaldar activamente a quienes no se venden. Es momento de suscribirse a revistas como Cambio, apoyar a plataformas como No Apto, La Silla Vacía o Vorágine, y financiar a los medios de investigación independientes que se niegan a ser serviles. Ante el chantaje de los gobiernos y la cobardía de los directorios ejecutivos, el compromiso del ciudadano y del periodista no puede ser el aplauso fácil ni la comodidad del consenso. En tiempos de oscurantismo y censura velada, conviene recordar el legado de Cano y la lucidez de CaballeroAntonio caballero . Cierro con ese titular de El Espectador luego de un carro bomba que lo redujo a cenizas: ¡Seguimos adelante!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/