Para escuchar leyendo: Canchero, Carlos Gardel.
El dueño de esas tierras fue salvado de una muerte temprana, por un médico bogotano de apellido Manrique. La gratitud fue tanta que decidió nombrar esa inmensa hacienda como el hombre que lo había traído de vuelta a la vida de esa Medellín montañera que se creía cosmopolita. Así empezó la historia de esa comuna, con una vida salvada.
Manrique por estos días es una noticia incómoda que se abre paso más por las redes que por entre grandes canales. La autocrítica a la que somos tan alérgicos los paisas y la era de la posverdad en la conversación pública, esto es una estampa de la brega que tenemos ante los retos que como sociedad debemos afrontar.
Desde el martes, la Alcaldía de Medellín evacúa los sectores Brisas de Jardín y San José de La Cima 2 (comuna 3), donde el DAGRD identificó cerca de 90 viviendas en alto riesgo por inundación, avenida torrencial y movimientos en masa de la quebrada La Tebaida.
El proceso ha generado tensión: la comunidad denuncia falta de garantías de reubicación, subsidios insuficientes frente a los arriendos y un fuerte despliegue de fuerza pública —incluida la Undmo—, que derivó en disturbios. La Alcaldía convocó una mesa de diálogo con las 89 familias, en medio de la tensión entre actuar ante el riesgo y garantizar una salida digna.
¿Hay que trasladar estas familias? ¡Por supuesto! Recordarán ustedes la muerte de un menor en una creciente hace meses, pero con la responsabilidad de generar certezas antes de actuar con la fuerza pública. Desalojar a una familia de su vivienda, aunque sea por razones de riesgo real, es una decisión que transforma por completo su vida, y por eso no puede ejecutarse sin explicar, paso a paso, por qué es necesario, qué pasará con cada núcleo familiar, dónde y cómo vivirán mientras se resuelve su situación, y cuáles son las soluciones concretas —de reubicación, subsidio o vivienda definitiva— que se les garantizarán.
La incertidumbre es, en sí misma, una forma de violencia institucional: no basta con tener razón técnica sobre el riesgo si no se acompaña de una hoja de ruta clara y verificable para quienes deben dejarlo todo. Como decía Pedro Aguirre Cerda, gobernar es educar; y la educación es, en primer lugar, un acto de comunicación de certezas.
Esa misma claridad se le debe a la ciudad entera: explicar por qué se actúa, para qué se hace y bajo qué criterios técnicos se determinó el riesgo, de modo que la ciudadanía entienda que no se trata de un desalojo arbitrario sino del cumplimiento de un deber ineludible de la Alcaldía, que es proteger la vida.
Pero cumplir ese deber no exime de otro igual de importante: garantizar el respeto y la dignidad de las personas afectadas. Actuar a tiempo para salvar vidas y actuar con humanidad no son objetivos contrapuestos; son, de hecho, la misma obligación vista desde dos ángulos que el Estado no puede seguir tratando como excluyentes.
Yo aplaudo a quienes acompañan a esas familias en su incertidumbre. A los funcionarios del Distrito, de las diferentes entidades, a los ciudadanos espontáneos que subieron hasta la montaña donde Gardel cada día canta mejor, a todos los que de alguna forma han abrazado a estas personas. Aplaudo por supuesto la claridad técnica del deber que hoy mueve al Distrito a empezar este proceso.
Pero es un aplauso con dos exigencias que pongo en frente. La primera, a exigir que estas personas no sean manoseadas para algún interés politiquero, sobre todo ahora que estamos en las puertas del proceso electoral de octubre de 2027.
La segunda, que el cumplimiento del deber sea con la plena consciencia de la responsabilidad de la función institucional. Insisto, en lo público todo acto debe ser, en esencia, un acto de amor.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/