Es la hora del Centro

Seguramente usted ya ha escuchado esto muchas veces y hasta risa le provoque, en parte con razón. Pero posiblemente también ha visto decenas de encuestas y sondeos de opinión según los cuales en Colombia entre un 40 y un 60% de las personas se consideran –por lo menos antes de la primera vuelta presidencial– de centro; y la mayoría de la gente dice estar harta de la polarización, al punto de que la pone entre los principales problemas del país y es una queja nuestra de cada día. Con estas dos consideraciones el tema ya no parece tan risible.

No parece lógico, entonces, que los resultados electorales del centro sean tan precarios. Salvo en 2018 –cuando Sergio Fajardo quedó a 253.000 votos de pasar a la segunda vuelta, en la que probablemente ganaría– el centro nunca ha tenido una posibilidad real de poner presidente.

Explicaciones hay muchas –casi todas válidas, pero la mayoría insuficientes, simplistas o ambas cosas–. Desde el centro, sus principales candidatos y partidarios les atribuyen la culpa a asuntos externos, como la misma polarización nacional e internacional, las tendencias mundiales hacia los extremos y la hostilidad de la izquierda y la derecha hacia ellos. Es la fácil: poner el problema en los otros. Desde afuera, se hace énfasis en la incapacidad del centro y sus candidatos de emocionar a los electores, y en sus divisiones internas.


Sin minimizar los reales obstáculos externos, me centraré en los internos, que son los más difíciles de aceptar, pero los más fáciles de transformar. Sin aceptarlas y corregirlas no habrá posibilidades de ganar. En su orden: 1) el centro no tiene ni una ideología ni un proyecto político claro y diferenciador de la izquierda y la derecha; 2) efectivamente, sus candidatos más representativos no logran cautivar un gran electorado; y 3) no tiene unas bases –en un movimiento o partido– suficientemente amplias y comprometidas, que son el case mínimo para poder competir con posibilidades de ganar.

Considero que la primera –subestimada– es la principal razón y condición indispensable si se quiere llegar al poder. Al no tener ni una línea ideológica ni un proyecto político claro y diferenciador ante la derecha y la izquierda, se define más por lo que no es que por lo que es. De ahí que sus propuestas y banderas sean coyunturales, sin novedad y prestadas, o de todos y de nadie a la vez: la lucha anticorrupción, la seguridad, la justicia, entre otros lugares comunes de la política.

Se quejan –con razón– de la polarización, pero les falta autocrítica, porque tampoco proponen otra agenda, que incluya, además de la educación, otras banderas propias que conecten con el corazón de la gente, tales como el fortalecimiento de la clase media –que debe ser su nicho natural–, la cultura, el deporte, el arte, el entretenimiento, la tecnología (empezando por la inteligencia artificial), las nuevas economías, el llamado capitalismo consciente, etc. Las promesas de la moderación y la decencia –importantes, pero más formales y normativas que de fondo– no son una agenda y son propuestas exiguas para poner presidente. La conclusión es clara: cuando uno no sabe para dónde va, cualquier camino da igual y los resultados son inciertos. Casi siempre, un fracaso.

Con respecto a sus principales candidatos, es indiscutible lo ineficaces que terminan siendo. Fajardo –su principal representante durante la última década– promete futuro con un discurso insípido y del pasado, que claramente no emociona a casi nadie. Claudia López suele ser lo contrario en términos de pasiones, pero genera reacciones contradictorias, de amor y odio; no tiene términos medios y encarna ambos extremos en el propio centro, donde algunos la ven muy de izquierda y otros muy derecha. Y la figura emergente, Juan Daniel Oviedo, terminó convertido en caricatura, porque se prestó para idiota útil de la derecha uribista, que quiso posar de moderada y pagó caro su cambio de ropaje. Espero que Oviedo retome su rumbo.

Sin un proyecto político claro, diferenciador y emocionante, y sin candidatos fuertes que lo personifiquen es literalmente imposible construir una base electoral sólida y consistente.

Con los votos de opinión y de rechazo a la polarización no se pone presidente en un país como el nuestro, tan dado a votar por las afugias del momento: más visceral que racional en las urnas. Tampoco podemos quedarnos esperando que la sola neutralidad de fuerzas de derecha e izquierda –como sucedió en 2018– nos dé la presidencia. Esas oportunidades se dan una vez cada siglo.

Pese a tantos pesares, ¿por qué me atrevo a decir que es la hora del centro? Por la lectura política que hago del futuro cercano y, porque como lo dicen las mismas encuestas –aunque las urnas las desmientan por las razones enunciadas– el centro somos más. Me incluyo, porque me defino como una persona de centro, aunque no milite activamente o consistentemente en él, como quisiera.  

El desencanto y la desazón de la gente llegarán tarde o temprano, y quedarán básicamente dos opciones: 1) volver al uribismo –que se intenta renovar sin mayor claridad todavía–; o 2) darle, por fin, una oportunidad al centro. Esta última solo será viable si y solo si el centro demuestra personalidad e identidad. Si tiene un proyecto claro y personas con el talante y el talento para liderarlo, de manera que convierta la potencia en acto: que los ciudadanos y el país que se declaran de centro, voten, con convicción y emoción, por sus candidatos.

Petro –en buena medida– hizo posible que la izquierda llegara por primera vez a la presidencia en Colombia, pero también ha hecho imposible que en el futuro cercano la recupere. Por otra parte, ADLE ha iniciado un camino similar: grandilocuentes promesas para enormes desilusiones. Si Petro fue evaluado, reprobado y caricaturizado por su “Gobierno del cambio”, ADLE tendrá que hacer honor a su hiperbólica propuesta de la Patria Milagro y me temo –aunque no se lo deseo­– que no lo va a lograr. Ya incumplió con su gabinete: los “nunca” fueron eclipsados por los de siempre, que fueron la mayoría. A largo plazo, siempre será mejor sorprender que prometer.  

Digo en el título que es la hora del centro. Pero me equivoco. Siempre ha habido espacio para el centro. Lo que nunca ha existido es un proyecto de centro. A nivel local, Antanas Mockus lo probó: no solo tenía carisma sino un proyecto basado en una clara concepción de la cultura ciudadana y logró repetir alcaldía en la ciudad más exigente electoralmente en Colombia, dada su diversidad y cultura política.

 
¿Por qué no se puede hacer a nivel nacional? Yo me rehúso a creer que mis compatriotas quieren seguir viviendo en este nivel de polarización, paralizante y hasta atemorizante en el que nos hundimos cada día más. Ahora que Fajardo –a quien injustamente le cargaban toda culpa– ya no estará, es hora de resetear el centro a partir de un proyecto político propio. Debemos prepararnos desde ya para cuando vuelva el momento, y no esperar a que llegue para prepararnos. Es la hora y es ahora. Nunca es tarde para la utopía.

P.D. Como no me gusta hacer críticas sin propuestas –eso se lo dejo a los criticones– estoy escribiendo un texto sobre el centro: de la ideología al proyecto, que en este año compartiré públicamente.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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