Estrés, un síntoma de nuestro tiempo

Estoy bloqueado, simplemente bloqueado para escribir pensando el montón de temas para hablar que hay, y lo densos que son para este momento de estrés. Estrés, esa es tal vez una de las mayores plagas de este siglo.

El estrés parece que se volvió una constante en nuestras vidas, por el estudio, por el trabajo, porque tenemos muchas cosas pendientes para hacer y decisiones complejas por tomar. El ritmo de vida cada vez es más inmediato, exigiéndonos tener respuestas claras a nuestros planes de vida y mostrar siempre una imagen decidida, convencida, profesional.

No sé por qué tengo tanta inseguridad en este momento, en parecer seguro de cual va a ser mi próximo paso por seguir en la próxima etapa de mi vida.  

Creo que en parte es porque no tengo claro qué busco, cuál sería el trabajo idea, el espacio idóneo para desarrollar mis ideas, y pensar en dónde encontrarlo implica desafiar el orden de ser productivo, de estar conectado y activo en todo lo que hago.

Quizá porque no estoy solo en esta sensación. Tengo la impresión de que gran parte de mi generación vive bajo una contradicción permanente: nunca habíamos tenido tantas posibilidades para construir nuestras vidas y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil decidir qué hacer con ellas.

Crecimos escuchando que podíamos ser lo que quisiéramos. La promesa era hermosa, pero venía con una letra pequeña que nadie nos leyó: también seríamos responsables de cada una de las decisiones que tomáramos y cargaríamos con la culpa de aquellas oportunidades que dejamos pasar. Si podíamos ser cualquier cosa, entonces no había excusa para equivocarnos.

Nos acostumbramos a pensar la vida como un proyecto que debe ejecutarse con éxito. Debemos estudiar lo correcto, conseguir experiencia laboral desde jóvenes, aprender idiomas, hacer ejercicio, cultivar nuestras relaciones personales y ser interesantes, productivos y felices al mismo tiempo. Todo ello mientras aparentamos tener absoluta claridad sobre quiénes somos y hacia dónde vamos.

Lo más curioso es que pareciera que no hay espacio para la incertidumbre. Nos han convencido de que crecer significa tener respuestas cuando, en realidad, sospecho que crecer tiene mucho más que ver con aprender a convivir con las preguntas.

Me cuesta admitir que no sé cuál es el siguiente paso. Me cuesta responder qué voy a hacer el próximo año o cómo me imagino en cinco años. Cada vez que alguien me hace esas preguntas siento que debería tener un discurso preparado, como si mi vida fuera un proyecto empresarial y yo fuera su gerente general.

Pero la verdad es mucho menos espectacular: no lo sé.

Y creo que hay cierta tranquilidad en admitirlo. No saber qué hacer no significa no querer hacer nada. Tampoco significa falta de ambición o de disciplina. Significa, simplemente, ser humano en un momento histórico que nos exige demasiado y demasiado rápido.

Quizá el estrés del que tanto hablamos no proviene únicamente de tener demasiadas responsabilidades, sino de la obligación de aparentar que las estamos manejando perfectamente. Estamos cansados, pero debemos parecer eficientes. Tenemos miedo, pero debemos parecer seguros. Tenemos dudas, pero debemos responder con convicción.

Tal vez escribir esta columna bloqueado sea, precisamente, la única manera honesta que encontré de escribirla.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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