En las batallas que está librando el tigre electo desde que es candidato, los símbolos compartidos son su principal botín de guerra. Desde la usurpación de la camiseta de la Selección Colombia, pasando por el saludo militar, instaura una dictadura de la representación en la que, por la vía de tomar lo que nos pertenece a todos, impone el todo o nada de la identificación. En ese camino, hasta vestir con animal print nos conduce al malentendido.
Sobró tinta para explicar por qué la posesión de un Presidente, por muy tigre que se crea, no conviene en una guarnición militar. Los que argumentaron las razones no acudieron tanto a la logística, ni al presupuesto, ni al capricho (cosas que también cuentan) sino al símbolo. Militarizar un ritual civil es, desde el punto de vista simbólico, un mensaje de autoritarismo en una democracia donde la lealtad se le debe al pueblo. Y el que representa al pueblo es el Congreso. El Ejército merece muchos homenajes pero no tiene poder representativo sino ejecutivo.
Hubo adeptos respingados a los que les parecieron muy cismáticos aquellos defendiendo el poder de los símbolos. Esos mismos, o tal vez más, sintieron igual cuando un juez falló y le ordenó al entonces candidato dejar de usar la camiseta de la Selección Colombia como distintivo de campaña. Fallo que, por supuesto, el hoy electo jefe de Estado desacató.
El problema de los símbolos es que tienen efectos reales en la vida social y política de las culturas. Claude Lévi-Strauss llamó a eso eficacia simbólica en un ensayo que publicó con el mismo nombre en 1949. Desde entonces las preguntas de los antropólogos dejaron de ser si los rituales se basaban en creencias verdaderas o falsas, y asumieron que mientras el chamán creyera en el ritual, el paciente en el chamán y la comunidad en un universo de símbolos, habría consecuencias innegables en la vida de la comunidad.
En cuanto a consecuencias, las hay grandes y las hay pequeñas. Hoy por ejemplo, pasadas las elecciones y pasado el mundial, no es posible saber si el que viste la camiseta amarilla del seleccionado nacional es un aficionado del fútbol o un adepto abelardista ferviente. El poder del símbolo quedó alterado quién sabe hasta cuándo o, peor, se lo quedó el Therian por lo menos, hasta el próximo campeonato.
En cuanto a la militarización del poder civil, el felino no tiene que posesionarse en ninguna guarnición si él y sus ministros posan para la foto haciendo el saludo militar. El daño está hecho desde lo simbólico y a fuerza de repetición se perderán las fronteras del significado. En clave de eficacia simbólica, la mano en la sien implica adhesión jerárquica y lealtad a la institución armada, cuando el deber ser de la cosa es al contrario.
Cada vez que el tigre dice “firme por la patria” refiriéndose a nosotros los ciudadanos con el respectivo gesto, nos está tratando como ejército; ¿lo somos? O se está considerando a sí mismo comandante en jefe de los civiles. ¿Lo es?
El saludo militar es un símbolo de autoridad incuestionable y de obediencia absoluta. ¿Eso le deben a él sus ministros? Y, en todo caso, es un símbolo exclusivo del universo castrense. Los efectos de este nuevo robo están por verse, pero no riman con la democracia.
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