Las mujeres en vestidos de flores hablan de sumisión con la misma cadencia con la que otras venden suplementos vitamínicos o drogas para perder peso. O, cuando le apuestan al tema religioso, resulta en un tema de su-misión, como se dijo en mi ciudad hace unos meses; la misión de Cristo, Dios Padre.
No creía que el tema mereciera una columna. Pensé que dedicarle tiempo a siquiera pensar en esto era darle el oxígeno que no se merece. Porque, claro está, las mal llamadas tradwives apelan a algo con lo que yo nunca he estado en desacuerdo: las familias tradicionales. Si es cuestión de decisión, de hecho, yo también elegiría una familia supuestamente “tradicional”, un núcleo familiar de padre, madre e hijos, como en la que crecí. Pero aquí está el problema. Ya no se trata de decisión.
Mientras dudaba, el secretario de defensa de Estados Unidos Pete Hegseth en agosto del año pasado republicó en redes un video de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas, la congregación a la que pertenece, en el que el pastor Jared Longshore decía que apoyaría sin duda el derogar la Enmienda 19. La misma que quedó registrada para la posteridad en 1920, cuando las mujeres estadounidenses se ganaron el derecho al voto. Y esto a punta de batallas legales, legislativas, maritales e incluso físicas.
Otro pastor, Toby Sumpter, planteaba su sociedad ideal: que se vote por hogar, no por persona. El Pentágono, entonces, salió días después a aclarar que Hegseth sí cree que las mujeres deberían votar. Y como no hacer la aclaración, si el 52% de las mujeres blancas, a quienes los republicanos realmente les apuntan con su discurso, votaron por ese gobierno desastroso.
No hay que irnos tan lejos. En junio, 3.000 mujeres se reunieron en el Women’s Leadership Summit de Turning Point USA, organizado por Erika Kirk, para discutir en paneles formales la idea del “voto familiar.” Una cumbre con nombre, fecha, miles de asistentes y cobertura además internacional.
Y la semana pasada, Kirk fue más allá. Ya no habló sobre que el hogar vote en unidad, sino que cuestionó que un matrimonio deba ejercer dos votos independientes. Sugirió que las mujeres solteras podrían simplemente ser representadas en las urnas por su padre o su hermano. No hace falta ser esposa para perder la autonomía; basta con ser mujer y tener un hombre cerquita y dispuesto a votar en tu nombre.
Aquí estamos: nos quieren quitar el derecho a votar por nuestro propio bien, y la viuda de uno de los hombres más influyentes de la derecha proponiendo que mi hermano vote por mí si algún día decido no casarme.
Pero hablar de tradwives como si fuera un fenómeno importado ajeno sería mentirle de forma canalla a Latinoamérica. La hipocresía se explica por sí sola: aquí, esto ni siquiera alcanza a ser tendencia o movimiento porque, para las masas que lo declararían como tal, no hay hogar alguno que se pueda dar el lujo de vivirlo. Aquí no hablamos de tradwives por elección sino de mujeres sometidas dentro de un sistema patriarcal que ya las tenía ahí antes de que existiera el término.
El 46,4% de los hogares colombianos hoy son liderados por mujeres. Y bien lo identificó también García Márquez en 1967 con Úrsula Iguarán, cuando José Arcadio se quedó postrado frente al árbol, demente. Y, de las mujeres quienes hoy llevan la jefatura de sus hogares, el 69% no vive con pareja.
Esta no es la esposa tradicional de las cumbres de Erika Kirk, con esposo proveedor y ama de casa entregada por elección estética. Es la madre soltera, la cabeza de hogar, la mujer a la que el Estado, el padre de sus hijos, sus propios padres y familiares, ya abandonaron. Y que además hoy carga la casa exactamente igual que la tradwife, simplemente que sin el ingreso, sin el video con luz natural y sin que nadie lo llame un “estilo de vida elegido”.
Lo explicó Audre Lorde en Edad, raza clase y sexo en 1984: “Hoy, con el endurecimiento de la economía y el auge del conservadurismo, resulta más fácil para las mujeres blancas volver a creer en la peligrosa fantasía de que, si son lo suficientemente buenas, bonitas, dulces, calladas […] y se casan con los hombres indicados, entonces se les permitirá coexistir con el patriarcado en relativa paz; al menos hasta que un hombre necesite su puesto de trabajo o se crucen en el camino con el violador del barrio. Y es cierto: a menos que una viva y ame en las trincheras, resulta difícil recordar que la guerra contra la deshumanización es incesante.”
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/