La instalación del nuevo Congreso dejó una fotografía inquietante del momento político que atraviesa Colombia. El nuevo Capitolio está lleno de improvisados que llegaron gracias a listas cerradas, influencers convencidos de que legislar consiste en producir videos de treinta segundos con indignación selectiva y políticos que probablemente pasarán cuatro años sin dejar una sola iniciativa memorable. También sobreviven los caciques de siempre, expertos en conservar poder, pero incapaces de ofrecer una visión de futuro.
Entre unos y otros, el país tendrá que afrontar una legislatura decisiva en medio de una de las peores crisis institucionales, económicas y sociales heredadas del gobierno saliente, mientras el nuevo ejecutivo apenas empieza a dimensionar la magnitud de lo que recibió. Sin embargo, el problema más preocupante no es ese.
Lo verdaderamente alarmante es la desaparición casi absoluta de una corriente política que durante décadas aportó equilibrio al debate público: el liberalismo de centro. Ese espacio donde la defensa de las libertades individuales convivía con la responsabilidad fiscal, donde el progreso social no implicaba estatismo y donde la economía de mercado podía caminar junto al fortalecimiento de las instituciones democráticas. Hoy ese lugar parece vacío.
El Congreso ya no tiene figuras capaces de representar esa tradición con solvencia intelectual y autoridad moral. No hay congresistas que ocupen ese espacio con la estatura que alguna vez tuvieron líderes como Antanas Mockus. El debate quedó atrapado entre quienes reducen la política a una confrontación permanente y quienes la convierten en un espectáculo digital diseñado para acumular reproducciones antes que argumentos.
Y cuando desaparecen las ideas, inevitablemente aparecen los extremos. Un Congreso sin una voz liberal fuerte termina convertido en un escenario donde cada discusión se reduce a escoger entre dos proyectos igualmente incapaces de construir consensos. Uno propone resolver todos los problemas desde un Estado cada vez más grande; el otro responde con una oposición reactiva que muchas veces tampoco ofrece una visión moderna del país. Ambos alimentan la lógica del péndulo que tanto daño le ha hecho a Colombia.
Quienes creemos en las ideas liberales quedamos, por ahora, sin una representación real dentro del Congreso. Es una realidad difícil de ignorar y, para muchos, incluso deprimente.
Pero los congresos pasan. Ninguna composición legislativa es permanente y toda representación política es, por definición, transitoria. Estos cuatro años deberían servir para reconstruir una alternativa que vuelva a darle voz a quienes creen que la libertad, las instituciones, la evidencia y la responsabilidad siguen siendo los mejores instrumentos para transformar una sociedad.
Porque el liberalismo no necesita más curules para existir. Necesita más ciudadanos dispuestos a defenderlo. Si algo debería enseñarnos este nuevo Congreso es que abandonar el debate de las ideas siempre termina teniendo un costo político. Y cuando quienes creen en la libertad dejan de participar, otros ocupan ese espacio con discursos más simples, más ruidosos y, casi siempre, más regresivos.
Colombia no está condenada a oscilar eternamente entre dos proyectos que viven de la polarización. Pero para demostrarlo, quienes creemos en una sociedad más libre tendremos que volver a hacer política. Dentro del Congreso cuando sea posible; fuera de él siempre será necesario.
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