El domingo 20 de julio, mientras acompañaba a mi esposo y a mi hijo a cortarse el cabello, escuché sin querer una conversación sobre negocios políticos, tratos debajo de mesa y favores explícitos. Sentí pura y física náusea. Solo pude voltear a ver a mi esposo y, entre gestos, pedirle que me abriera espacio a su lado, porque no quería seguir escuchando.
Al salir de ahí me quedé pensando qué fue eso que sentí, y llegué a una conclusión distinta de la esperada —porque me cuestioné si ya no me indignaban lo suficiente ese tipo de prácticas—. La realidad es que no es que no me indigne. Es que perdí la paciencia que se requiere para convertir la indignación en análisis o explicación de por qué es grave que un servidor público anteponga su interés al de la gente, cuando ya se ha explicado tantas veces que hacerlo de nuevo se siente inútil.
Lo curioso es que no fue un titular ni un debate lo que me generó esa sensación, sino una conversación de peluquería. El problema está en la acumulación de lo mismo: ya no hace falta un escándalo grande para saturarse. Cualquier fragmento de esa conversación de siempre —tratos, favores, negocios— basta para activar el rechazo, uno en el que el cuerpo responde antes que la cabeza.
Y creo que esa incomodidad es hartazgo de un ejercicio público que debería servir al ciudadano y ahora parece teatro, con las redes sociales de reflectores. Cuando todo se actúa para la cámara, es difícil creer que del otro lado hay intención genuina de servir. Yo, al menos, cada vez lo creo menos.
Ese mismo 20 de julio confluyeron tantas cosas —la fiesta patria, el cierre de un gobierno, la instalación de un Congreso nuevo, un presidente hablando de un «segundo grito»— que debería haberme generado interés, análisis, opinión. Pero no. Me generó lo mismo que en la peluquería: desinterés.
No sé si soy la única. Decir «ya no me importa la política» suena a irresponsabilidad ciudadana, a que uno se rindió. Pero argumentar, otra vez, algo que me parece indignante, se siente como un grito al aire, sin repercusión. Todo empezó a sonar igual —la campaña, la tarima, la peluquería— y eso tiene un nombre claro: agotamiento.
Y sospecho que no es solo una sensación mía. El Barómetro de Confianza Edelman 2026 ubica a Colombia en 49 sobre 100, con el Gobierno como la institución peor calificada: apenas el 34 por ciento confía en él. La confianza en los medios cayó al 32 por ciento, el nivel más bajo desde que el país hace parte del Digital News Report. Ni siquiera quienes deberían ayudarnos a distinguir una voz de otra cumplen ya ese papel.
Cuando seis de cada diez personas creen que en algunas regiones el voto se mueve bajo presión de grupos armados, y aun así hay elección tras elección, no hay indignación que se sostenga sin apagarse. El desánimo no es un defecto del carácter, sino la respuesta física a una desconfianza ya estructural.
No tengo una salida limpia para esto, y no voy a cerrar diciendo que hay que «reconectar con la esperanza», porque no la siento. Lo que sí quiero dejar claro es que estar cansado no es lo mismo que estar derrotado, y ahí quiero pararme.
Porque si algo tiene esta sensación, es que no me deja mentirme con discursos bonitos, ni quedarme quieta. Si el teatro se sostiene con aplausos automáticos —votos por costumbre, por color político, por miedo, o por la plata de un mercado en campaña—, la única forma de bajarle el telón es dejar de aplaudir sin pensar. No hace falta recuperar la fe en nadie para exigir criterio: revisar quién financia a quién, qué ha hecho, y negarnos, tercos, a que un payaso o un corrupto vuelvan a subir al escenario.
No sé si a usted le queda la misma sensación. Pero si le queda, no la deje pasar como ruido de fondo: ese malestar, bien usado, todavía puede ser el criterio que nos falta la próxima vez que alguien nos pida el voto.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/