¿Y Pablo Escobar qué, Abelardo?

En una rueda de prensa convocada para justificar su orden de retirar del Museo Nacional las fotografías de Carlos Pizarro, Abelardo de la Espriella sentenció: “No acepto la apología al terrorismo”. Perfecto, Colombia debería tomarse muy en serio esa discusión. Pero, si de verdad queremos darla con coherencia, convendría empezar por la glorificación del peor terrorista que ha tenido el país: Pablo Escobar.

De la Espriella reaccionó con vehemencia ante la presencia de fotografías de Carlos Pizarro en el Museo Nacional. Su indignación plantea una pregunta: ¿muestra la misma contundencia frente a la glorificación cotidiana de Escobar?

En Medellín, Cali, Cartagena y más ciudades del país se venden camisetas, llaveros y toda clase de recuerdos con el rostro de Escobar. También se ofrecen recorridos turísticos por los lugares asociados con su vida. Su imagen se ha convertido en mercancía, disfraz y atractivo para visitantes. El jefe del Cartel de Medellín aparece reducido a personaje pintoresco, como si hubiera sido un bandido extravagante y no el responsable de una campaña terrorista contra el Estado y la sociedad colombiana.

Estamos hablando del hombre que ordenó asesinatos de jueces, periodistas, policías y dirigentes políticos; del narcotraficante que hizo estallar un avión comercial y convirtió las bombas en un instrumento de presión pública. Sin embargo, ante ese negocio de la nostalgia mafiosa, el discurso contra la apología al terrorismo suele sonar bastante más tímido y nunca “firme”.

La diferencia importa porque un museo y una tienda de recuerdos no cumplen la misma función. Los museos existen para conservar, contextualizar, explicar y confrontar la historia, incluso sus episodios más dolorosos y sus protagonistas más controvertidos. Exhibir una fotografía no equivale automáticamente a rendir homenaje. De ser así, ningún museo podría mostrar a un dictador, un criminal de guerra o un jefe guerrillero sin convertirse en su apologista.

Carlos Pizarro fue comandante del M-19, una organización armada responsable de acciones criminales como la toma del Palacio de Justicia. Esos hechos deben examinarse sin idealizaciones ni complacencias. Resulta legítimo y necesario condenar sus acciones, cuestionar su trayectoria y discutir críticamente su legado. Recordarlo, sin embargo, no significa absolverlo.

Pero la historia de Pizarro tampoco termina en la guerrilla. El M-19 firmó la paz, entregó las armas y participó en la vida política legal. Pizarro fue asesinado en 1990, cuando era candidato presidencial, durante la misma época de violencia política en la que fueron asesinados varios candidatos y se produjo el exterminio de la Unión Patriótica.

Todo eso forma parte de la historia nacional. Una institución como el Museo Nacional no solo puede contarlo: tiene la obligación de hacerlo. La alternativa sería construir una memoria mutilada, organizada según las simpatías políticas del gobernante o del candidato de turno.

Además, la indignación selectiva convierte “la lucha contra la apología del terrorismo” en una herramienta partidista. Si una fotografía histórica de Pizarro resulta intolerable, ¿qué deberíamos decir de la comercialización sonriente de Escobar? ¿Qué es más cercano a la apología terrorista: una exposición que permite discutir el conflicto armado o una camiseta que transforma a un asesino en ícono de la cultura popular?

La comparación internacional nos da luces del argumento: en Alemania, la exhibición pública de símbolos de organizaciones nazis está severamente restringida, aunque existen excepciones para fines educativos, históricos y científicos. La distinción es clara: una cosa es estudiar el horror y otra convertirlo en propaganda o mercancía.

En Colombia parecemos haber invertido esa lógica. Ahora les escandaliza que un museo muestre a un protagonista de la historia política, pero aceptan la imagen de Pablo Escobar como recuerdo turístico. La memoria crítica provoca polémica mientras la banalización del narcoterrorismo produce ganancias.

Por eso, si Abelardo de la Espriella quiere encabezar una cruzada coherente contra la apología al terrorismo, tiene un buen lugar por donde comenzar. No borrando fotografías ni decidiendo qué personajes pueden aparecer en un museo, sino enfrentando la industria que convirtió al mayor narcoterrorista de nuestra historia en una celebridad. La historia de nuestro país ha sido cruda y dolorosa, pero esconderla debajo del tapete solo demuestra la pequeñez del gobernante de turno. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

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