Soy fanático del fútbol, hincha de Santa Fe y asisto «sagradamente» a El Campín. Conozco la emoción de caminar hacia el estadio, escuchar los cánticos desde varias cuadras de distancia y sentir que durante noventa minutos miles de desconocidos comparten una misma esperanza. También conozco la frustración de una derrota y esa alegría difícil de explicar que produce un gol de Santa Fe.
Precisamente por eso me resultó tan molesto lo sucedido el sábado durante el partido contra América de Cali. La violencia no solo puso en riesgo a quienes participaron en ella, sino también a familias, trabajadores y espectadores que habían ido a ver fútbol. Según las autoridades, 17 personas resultaron afectadas después de que el intento de apoderarse de una bandera de un grupo santafereño desencadenara la invasión del campo y el enfrentamiento entre miembros de ambas hinchadas.
No existe justificación posible. Ninguna camiseta, rivalidad o bandera concede el derecho de golpear, apuñalar o poner en peligro a otro ser humano. Pero condenar los hechos no nos exime de intentar comprenderlos. Si queremos evitar que se repitan, debemos preguntarnos por qué alguien puede estar dispuesto a herir o morir por un pedazo de trapo.
Calificar esa conducta de irracional y exigir castigos no explica por qué estos episodios se repiten en Colombia y en estadios de todo el mundo. Tampoco permite entender por qué personas que llevan vidas corrientes pueden comportarse de una manera completamente distinta cuando actúan como integrantes de un grupo.
El sociólogo francés Émile Durkheim puede ayudarnos. Al estudiar la vida religiosa, encontró que las comunidades producen momentos de enorme intensidad emocional cuando sus integrantes se reúnen, repiten los mismos gestos y concentran su atención en símbolos compartidos. Llamó a ese fenómeno “efervescencia colectiva”.
Un estadio es una poderosa máquina de producirla. Miles de personas cantan, saltan y reaccionan como un solo cuerpo. Durante unas horas, el individuo siente que pertenece a algo más grande que él mismo. Ya no es únicamente una persona: es Santa Fe, América, Millonarios o Nacional. Es parte de una historia, una ciudad y una comunidad.
Esta experiencia no es necesariamente violenta. De hecho, explica buena parte de la belleza del fútbol. En una sociedad marcada por la soledad y la fragmentación, el estadio ofrece algo cada vez más escaso: la posibilidad de sentirse parte de un “nosotros”.
El problema comienza cuando ese “nosotros” solo puede existir mediante la construcción de un enemigo. El adversario deja de ser el participante indispensable de la competencia y se convierte en alguien cuya presencia amenaza nuestra identidad. La camiseta deja de representar un afecto y se transforma en una frontera moral entre los nuestros y los otros.
Durkheim también explicó que las comunidades depositan su identidad en objetos materiales. Estos se vuelven sagrados no por lo que valen, sino porque representan al grupo. En la cultura de las barras, una bandera —un “trapo”— cumple esa función: lleva los colores, el nombre del parche y la memoria de sus viajes. Perderla no se interpreta como perder una posesión, sino como sufrir una humillación colectiva.
Por eso su robo puede provocar una reacción que desde afuera parece desproporcionada. Dentro de esa cosmovisión se percibe como una profanación. Recuperar el objeto y castigar al responsable se convierte en una demostración de fidelidad: quien pelea prueba su compromiso; quien retrocede puede ser señalado como cobarde. La violencia termina otorgando prestigio dentro del grupo.
Comprender esta lógica no equivale a aceptarla. Una conducta puede tener sentido sociológico y seguir siendo moralmente injustificable y jurídicamente sancionable. La explicación no borra la responsabilidad individual. Revela que existe un sistema de símbolos, recompensas y jerarquías capaz de convertir una agresión en una prueba de honor.
También debemos evitar una generalización injusta. No todo barrista es violento. Las barras producen amistad, solidaridad y trabajo comunitario. Miles de hinchas estuvieron en El Campín sin participar en los enfrentamientos. Hablar indiscriminadamente de “las barras” puede terminar castigando por igual al agresor, al espectador y a quien intenta contener la violencia. La respuesta debe sancionar a los agresores y establecer las responsabilidades institucionales que permitieron el ingreso de armas y las fallas de seguridad.
Allí aparece la dimensión política. La política pública debe empezar por comprender los códigos, símbolos y jerarquías que sostienen estas conductas. Si desconoce esa cosmovisión, seguirá respondiendo únicamente con cierres de tribunas, restricciones y dispositivos policiales que pueden atender la emergencia, pero rara vez modifican la estructura que reproduce la violencia.
Hoy la noticia es el enfrentamiento entre hinchas de Santa Fe y América, mañana los protagonistas pueden llevar otros colores. Cambian los equipos y el estadio, pero permanecen la defensa del territorio, el culto a los símbolos y la violencia como prueba de fidelidad. Entender ese patrón permitiría construir respuestas preventivas. Fortalecer un barrismo social que otorgue más prestigio a quien organiza, crea, cuida y contiene que a quien golpea. Comprender estos códigos no significa aceptarlos, significa diseñar mejores herramientas para transformarlos.
Quiero que la tribuna conserve su fiesta, sus canciones y sus banderas. Pero ninguna identidad colectiva puede estar por encima de la integridad humana. Durkheim nos permite entender cómo una bandera se vuelve sagrada, pero la democracia debe recordarnos que la vida vale mucho más que eso.
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