Un país con la realidad alterada

Ojalá las rectificaciones se hicieran tan virales como las mentiras. Pero ocurre exactamente lo contrario. Mientras una falsedad recorre millones de pantallas en cuestión de horas, la explicación, la evidencia o la corrección apenas logra llegar a una pequeña parte de quienes fueron engañados. Vivimos en un mundo donde la realidad ya no solo se interpreta: también se fabrica.

Las redes sociales convirtieron la desinformación en un modelo de negocio. La polémica genera más interacción que los datos; el escándalo más interés que el contexto; la indignación más likes que la verdad. Y cuando los algoritmos premian aquello que despierta emociones, la mentira suele tener ventaja todos los días.

Por dar un ejemplo: miles (o quizá millones) de colombianos siguen convencidos de que el llamado «voto fusil» produce automáticamente más de tres millones de votos en las elecciones. La afirmación ha sido repetida tantas veces que, para muchos, dejó de ser una hipótesis para convertirse en un hecho, a pesar de que no existe evidencia que la respalde. Lo mismo ocurre con videos editados, cifras inventadas, decisiones judiciales tergiversadas o frases atribuidas a personajes públicos que nunca fueron pronunciadas.

La consecuencia es mucho más grave que una simple confusión. Cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre hechos y relatos, también pierde la posibilidad de discutir seriamente sus problemas. Se debate sobre ficciones mientras los desafíos reales quedan relegados.

La desinformación ya no solo modifica opiniones. Modifica prioridades, destruye reputaciones, condiciona decisiones electorales y alimenta una polarización basada en percepciones falsas. Lo preocupante es que nadie parece estar interesado en corregir el daño. La mentira cumple su objetivo mucho antes de que aparezca la verdad.

El problema tampoco distingue ideologías. La izquierda, la derecha, los medios de comunicación, los influenciadores y hasta ciudadanos comunes participan, consciente o inconscientemente, en un ecosistema donde compartir primero importa más que verificar. El incentivo no es tener razón, sino obtener alcance.

Por eso Colombia parece vivir en una realidad paralela. Se discuten conspiraciones inexistentes con más intensidad que las cifras de pobreza; se dedican semanas enteras a rumores mientras las reformas estructurales pasan inadvertidas; se construyen enemigos imaginarios mientras los problemas concretos permanecen intactos.

Quizás el mayor riesgo no sea que existan mentiras, pues, siempre las ha habido. Lo verdaderamente peligroso es que una parte creciente del país ya no siente la necesidad de comprobar si algo es cierto antes de creerlo. La verdad dejó de ser un punto de partida para convertirse en una cuestión de afinidad política.

El país empezó a preferir las versiones que confirman sus prejuicios sobre los hechos que describen la realidad. Nos acostumbramos a habitar la ficción colectiva donde abunda el desdén por los hechos verificables de la realidad. Paso a paso, nuestro país se ha adormecido para caer en una realidad alterada. Dos preguntas de cierre: ¿existe algún antídoto para recuperar una realidad basada en los hechos o estamos condenados a vivir en un país construido sobre relatos falaces? y ¿cómo reconstruir un país cuando ya no discutimos sobre los hechos, sino sobre realidades inventadas?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

5/5 - (1 voto)

Compartir

Te podría interesar