Usualmente los agravios hablan más de quien los ejecuta que sobre quien recaen. Ayer 20 de julio, en medio de la conmemoración de la Independencia, los gobiernos de Medellín y Antioquia —ambos cortados con una misma tijera— taparon y buscaron invisibilizar durante el acto protocolario el nombre oficial de la megaobra de infraestructura: Túnel Guillermo Gaviria Echeverri.
La ordenanza 26 del 30 de septiembre de 2021 de la Asamblea de Antioquia denomina al túnel de 9,7 kilómetros en el sector del Toyo como Guillermo Gaviria Echeverri. Hasta ahora, no ha habido trámite legal que derogue tal disposición.
Que esta obra lleve el nombre de Guillermo Gaviria Echeverri no es un capricho familiar, ni una acción deliberada que busque reconocimiento político. Gaviria Echeverri es reseñado en múltiples semblanzas como una de las figuras de más peso en el desarrollo económico de Colombia durante la segunda mitad del siglo pasado. Y es que su legado, por ejemplo, está en compañías y cooperativas que nos llenan de orgullo como antioqueños: Colanta y Unibán.
Pretender renombrar la infraestructura a la fuerza, o cubrir la señalización para acomodar un relato político propio, reduce la dignidad del Estado a una pataleta sectaria. Antioquia ha construido su grandeza sobre la continuidad de las grandes ideas, no sobre el capricho de borrar lo que las administraciones anteriores edificaron con esfuerzo y en medio de las diferencias.
Ahora, no se trata de imponer un nombre a una obra de tal magnitud. La ciudadanía tiene maneras arbitrarias —o si quiere prácticas— de referirse a muchas de ellas. Por ejemplo, nadie dice que esos jardines de la avenida Jorge Eliécer Gaitán huelen asqueroso, por referirse a la avenida Oriental. No hablamos del uso. En estas líneas me refiero a la pequeñez de los mandatarios que, adrede, buscan tapar la historia con titulares vacíos.