Todos los pelos del mundo

¿Qué hicimos para merecer a los perros? Es una pregunta que me acompaña desde hace años. Cada vez que intento responderla, termino hablando menos de ellos que de nosotros.

En Pelos de perro, uno de los relatos más bellos de El gran libro de los perros, compilado por Jorge de Cascante, Lydia Davis no escribe sobre un perro. Escribe sobre un pelo. Uno solo. Aparece sobre la ropa, entre las páginas de un libro o debajo de un mueble cuando la casa parece haber recuperado el orden después del duelo. Pero ese pelo desordena la memoria. Basta verlo para que el perro vuelva entero.

Jean Grenier recorrió el camino opuesto. En Sobre la muerte de un perro terminó escribiendo sobre la lealtad, la pérdida y el vacío que deja una presencia incapaz de fingir afecto. Entre Grenier y Davis comprendí que los perros no desaparecen del todo. Permanecen en aquello que dejan. Nosotros, en cambio, solemos desaparecer de aquello que prometimos cuidar.

Quizá por eso el Día Mundial del Perro debería cuestionarnos más de lo que nos enternece. Cada 21 de julio las redes sociales se llenan de fotografías, frases sobre la fidelidad y promesas de amor eterno. Está bien celebrar. Lo inquietante es que, al día siguiente, las calles siguen contando una historia distinta.

En Bogotá, el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal estimó en 2022 la presencia de 66.467 perros deambulando por las calles. La cifra impresiona, pero lo verdaderamente difícil de medir es lo que representa: sesenta y seis mil historias que comenzaron con una decisión humana. Ninguno nació esperando junto a un separador vial. Antes tuvo un nombre, una casa, una voz que reconocía y unas manos en las que confió sin reservas.

Después llegó el abandono. Los dejamos porque empiezan las vacaciones. Porque el edificio no admite mascotas. Porque envejecieron. Porque enfermaron. Porque ya no caben en la vida que imaginamos. Siempre encontramos una razón para la crueldad.

Ellos, en cambio, hacen algo que nosotros apenas intentamos: confían. Corren detrás del carro que acaba de dejarlos, convencidos de que se trata de un juego. Esperan durante horas frente a una puerta que ya no volverá a abrirse. Y, si el azar les concede reencontrarse con quien los abandonó, mueven la cola. No conozco una definición más exigente del perdón.

Tal vez por eso nunca entendí que llamáramos perro al insulto y reserváramos humanopara el elogio. Basta observarlos unos minutos para sospechar que el idioma se equivocó de especie.

Los perros no necesitan un día mundial. Nosotros sí. Necesitamos un recordatorio anual de que seguimos sin estar a la altura de su lealtad.

Quizá por eso vuelvo una y otra vez al relato de Lydia Davis. Desde que la leí, cuando encuentro un pelo sobre mi ropa ya no lo retiro con prisa. Lo dejo ahí unos instantes. Ya no veo un pelo. Veo el rastro de quienes compartieron el camino conmigo: los que ya partieron y los que todavía siguen esperándome al otro lado de la puerta.

Mientras termino de escribir estas líneas, Julieta y Jamaica levantan la cabeza y me miran como si supieran que hablo de ellas. No necesitan entender las palabras. Nunca las necesitaron. Les basta con reconocer mi voz, mis silencios y hasta mis derrotas.

Yo, en cambio, todavía necesito escribir una columna para intentar responder una pregunta que ellas resolvieron hace mucho tiempo con una mirada.

¿Qué hicimos para merecer a los perros?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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