“La vida da muchas vueltas”, diría el ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán. Un día eres alcalde; al siguiente, te destituyen; luego te ven cara de ministro y te nombran. En tus primeros días de trabajo, un terremoto destruye miles de hogares: posas para la foto y, cinco días después, te vas a Santa Marta a descansar de tantas vueltas que te ha dado la vida. La responsabilidad pública puede esperar; una caipiriña en la playa, no.
La vida del ministro-primíparo Jaime Andrés Beltrán ha sido muy dura durante el último año. Como colombianos, más allá de cualquier tragedia que haya cobrado vidas y dejado sin hogar a miles de personas, deberíamos ponernos la mano en el corazón, dejar de pensar por un momento en la emergencia humanitaria y reconocer que el ministro Beltrán debe tener la libertad de gozar de su derecho fundamental a la playa, la brisa y el mar.
Dirá algún defensor de lo indefendible que no importa, que un fin de semana de vacaciones del ministro de Vivienda no hará ninguna diferencia en la reconstrucción de las ciudades y los municipios afectados por el terremoto. Que para qué ser tan políticamente correctos, que deberíamos ser aún más cínicos que quienes gobiernan el país. Al fin y al cabo, somos un país de cafres, ¿no?
“Todo comunica”, decía al inicio de la semana, cuando Abelardo de la Espriella aparecía sonriente y eufórico en una rueda de prensa convocada para anunciar los datos más crudos de la emergencia causada por el terremoto. “¿De qué se ríe, presidente?” fue la editorial de No Apto frente a aquel momento en el que a Abelardo le pesó más la vanidad que la empatía ante la situación que atravesaba el país.
Esta semana, a pesar de los esfuerzos del Gobierno por enfrentar la crisis, las salidas en falso —como las puestas en escena para vitorear un “firmes por la patria”, la insensata donación de balones de fútbol en medio de la tragedia o ver de vacaciones al jefe de una de las carteras más importantes para atender la emergencia— solo reflejan la enorme desconexión de la clase política con el país.
Involucrar a politiqueros en circunstancias tan apremiantes ha demostrado no salir bien. Ningún comportamiento de este tipo debería ser tolerado por el país. Me refiero tanto a los políticos de izquierda, que exhiben toda su mezquindad cuando se convierten en cazadores de narrativas para aprovecharse de una tragedia, como a los de derecha, que volvieron a gobernar, pero aún no abandonan la mala costumbre de hacerlo de espaldas a la ciudadanía.
#RenuncieBeltrán es lo mínimo que se le puede exigir a un funcionario al que le bastaron pocos días para demostrar que no está “firme por la patria”, ni siquiera en el momento en que el país más lo necesita. Si la emergencia no fue motivo suficiente para cancelar sus vacaciones, su renuncia tampoco debería arruinárselas.
Posdata: la musiquita lastimera y el intento de usar a su esposa y a sus hijos como escudo son de lo más lamentable de la respuesta del ministro Beltrán. ¿Sabrá que miles de familias perdieron a seres queridos a quienes nunca volverán a ver por causa de esta tragedia? ¿O que otras tantas ni siquiera podrán reencontrarse en sus hogares porque quedaron destruidos? Irresponsabilidad, cinismo y una respuesta bastante bajita de sal para justificar ante el país sus tan merecidas vacaciones.
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