«La importancia de ponerle rostro humano, rostros humanos, a la palabra patria».
Luis García Montero.
No sé en qué momento perdimos la dulzura. La capacidad de mirar sin veneno. Normalizamos calificar a quien elige pensando en el bien común —o simplemente en el ajeno— de idiota o iluso o “comunista” (!), como dijo Susan Sarandon que la llaman a ella, agregando que así es como les ha dado a muchos por describir a quienes consideran locos. La comodidad de llamar locura a lo que no se comprende. Que lo humano sea hoy sinónimo de absurdo define nuestro tiempo. Así como que la insania les parezca lo cuerdo a ciertas tristes mayorías. Recordaba Javier Cercas que el nombre de su columna, Palos de ciego, surgió de una idea de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”.
Algunos pasamos por locos o inocentes porque, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, visualizamos por ejemplo la profundidad de la selva amazónica con sus árboles centenarios, sus delfines rosados y osos perezosos, sus 1.300 especies de aves, sus ríos voladores vitales para el clima del planeta y para respirar y cultivar, y sus más de 400 pueblos indígenas que llevan cerca de 14.000 años conviviendo con la naturaleza. ¿Saben? La Amazonia es lo que es gracias a la magia que ha surgido entre la naturaleza y esos pueblos indígenas, que la han transformado en un jardín ancestral, coexistiendo con el entorno sin destruirlo, sembrando selectiva y sabiamente, y moldeando la selva de forma tan sostenible que los científicos modernos investigan hoy su ingeniería ecológica como una clave para salvar el planeta.
Debo traer estas palabras, caídas del cielo, de Juan José Saer en El entenado: “…esos indios ocupan, invencibles, mi memoria. No puedo verlos separados del cielo inmenso, azul y luminoso, que a la noche se llenaba de estrellas. Cuando no había luna eran infinitas, enormes y chisporroteantes. En invierno, verdes, azules, violetas, rojas, amarillas, gélidas, cintilaban. Ahora me doy cuenta de que si estaban ahí, rodeándonos como a una franja delgadísima de pavor, ignorancia y palpitaciones, era porque los indios, a cada momento, sin tregua, las sostenían. El gran río, que las duplicaba, llenándose a su vez de destellos, corría hacia el sur con el aliento que ellos le daban, y los árboles, a cada primavera, reverdecían porque la sangre de los indios se confundía con su savia. Pagaban, día a día, hasta el desgaste, el precio inacabable que costaba haberse arrancado a medias de una cuna pantanosa que les dejó, para siempre, un sabor a extravío”.
Miren, yo no les pido que sientan todos poesía, que les sonría el alma oyendo cantar a los pájaros y que ese canto sea genuinamente una de sus razones para vivir, ni tampoco que tiemblen al oír una motosierra destrozando el universo que es un árbol. Pueden simplemente partir de que si la Amazonia muere, la vida de sus hijos será un infierno. O, si lo prefieren, préstenle atención al Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz que, sobre ese que huyó al perder como huyen los criminales, anticipó: “sin medias tintas: si gana Bolsonaro, el desempleo aumentará, el crecimiento se desacelerará, la pobreza crecerá y la situación de la clase media empeorará”. No crean en promesas milagrosas, esas sí ilusas, locas, comunistas. Por lo general, cuidar pacientemente la casa y a sus habitantes enaltece la vida de todos.
Valdría la pena que, desde la particularidad de cada mirada, tuviéramos presentes estas ideas de Nuria Labari: «La violencia iguala todas las cosas porque todas las destruye, también la infancia, también la conciencia, también la democracia» y «si te toca ser niño en un mundo como este, lo último que debieran quitarte tus padres es la capacidad de ponerte en el lugar del otro». Escribió Luciana Peker (refiriéndose al discurso vomitivo de Milei): «Pero no veo la hora que se pase esta turbulencia y que volvamos a aterrizar a una convivencia donde la amabilidad sea una buena palabra. Bendita la posibilidad de pronunciar una idea sin dejar la vida a cambio».
¿Saben? El mundo sería extraordinario si miráramos con más dulzura, si enseñáramos a los niños a ponerse en el lugar del otro en vez de hacerlos crecer odiando a quienes odiamos a partir de nuestra propia ignorancia, si les mostráramos que la violencia es la fuente de la sangre que no queremos derramar, si les posibilitáramos esa cerilla encendida para comprender la oscuridad y ensancháramos su vida entrenando su mirada en la contemplación de la belleza, que es la que sostiene el universo: si les enseñáramos a sostener las estrellas.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/