En la misma semana en que ingenieros, exempleados y propietarios de las grandes empresas de IA, nos recordaban, nuevamente y como lo hacen desde hace varios años, que la poderosa y misteriosa tecnología que los ocupa podrá, en el plazo de una década, acabar con la humanidad, me topé con un texto brillante del psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm. Caminaba hacía un evento de la Fiesta del Libro y desde una estantería su título me enganchó: La revolución de la esperanza. Hacia una tecnología humanizada.
El libro fue escrito en 1968 cuando la amenaza a la humanidad era la guerra termonuclear y los computadores apenas estaban haciendo presencia en la gran empresa y en el sector defensa. Aun así, sorprende la claridad, casi visionaria, de Fromm al plantear los retos y riesgos que se venían para los seres humanos y para la vida como la conocíamos. La segunda revolución industrial, dijo Fromm, no solo “reemplaza la energía viva por la mecánica, sino que está reemplazando el pensamiento humano por el de las máquinas”. Y afirma a continuación “Entre los efectos patogénicos que la sociedad tecnológica produce en el hombre deben mencionarse dos más: la desaparición de la privacidad y la del contacto humano personal”.
Más allá del diagnóstico hecho hace ya 56 años (¡), el libro de Fromm me gusta porque, en lugar de condenar el cambio tecnológico, abogar por la huida al campo o a las drogas o caer en el nihilismo de la inminente guerra final, el psicoanalista echa mano del ser humano, de su maravillosa y poderosa capacidad de conectar y colaborar con los demás miembros de la especie. En un capítulo llamado ¿Qué significa ser hombre? el autor repasa algunos de los rasgos y características de nuestra especie, que no son reproducibles en las máquinas, y que han impulsado nuestro desarrollo y algunos de nuestros grandes avances.
Vivir más allá de lo biológico, es decir, rebasar la mera supervivencia, permite al ser humano emprender búsquedas como la de la verdad, la del sentido y la de la trascendencia más allá de la muerte. La ternura, la compasión y la empatía son sentimientos humanos que posibilitan el conocimiento profundo del otro y que presuponen una capacidad de intimidad y de compartir emociones. A pesar de capas sociales, ideológicas, políticas y culturales que pueden separarnos, Fromm cree en una esencia común; en una humanidad compartida. “Conocer a las personas en el sentido de conocerlas compasiva y empáticamente requiere que nos libremos de los reducidos lazos de una sociedad, raza o cultura dada, y penetremos en lo profundo de esa realidad humana en la que no somos más que humanos”.
Además de sentimientos, Fromm en su propósito de responder a la pregunta sobre nuestra especie, identifica unas “experiencias humanas típicas”, a saber, La libertad -elegir ser sobre tener-, el interés -conocer el mundo-, la responsabilidad -ejercer la libertad y sus consecuencias-, la identidad -tener la conciencia de ser- y la integridad -no violar la propia identidad. Estas experiencias humanas, en compañía de los sentimientos arriba descritos, son las herramientas para humanizar la tecnología, es decir, para que le sirva a la humanidad y no al revés.
El reto con la tecnología dice Fromm, no es erradicarla ni prohibirla. Para evitar la subordinación del hombre a la máquina es necesario conocer y fortalecer todo lo que nos hace humanos. Solo un mayor conocimiento de sí y una más profunda conexión con sus semejantes, puede proteger al hombre de una tecnología que será más rápida, inteligente y productiva que él.
Los llamados a “desacelerar” el desarrollo de la IA por parte de personas cercanas al proceso hay que tomarlos en serio. Los eventos en los que la tecnología se ha descarriado y ha avanzado a pesar y en contra de las órdenes de sus creadores se han multiplicado en los últimos años. Se ha identificado que cuando ciertos sistemas de IA están siendo auditados funcionan distinto a si lo hacen sin vigilancia. En otros casos, los sistemas han mentido y manipulado para cumplir los objetivos que se les han encargado. Cada vez más los nuevos sistemas de IA son diseñados y probados por otras IA, sacando así a los humanos del proceso y aumentando la complejidad y la oscuridad de la tecnología. La situación es complicada.
Estamos en un punto de inflexión en el que todavía tenemos agencia, humana y colectiva, para definir el alcance y la razón de ser de esta poderosa tecnología que, sin duda alguna, tiene muchos usos positivos. Nuestro futuro como especie, sea que creemos leyes que controlen y limiten la IA o que instalemos auditorías externas para que intervengan los procesos de diseño y puesta en marcha de la tecnología dentro de las empresas, depende de reivindicar y fortalecer el encuentro, el dialogo, el debate, la discusión y la búsqueda de consensos entre diferentes. Ante la amenaza generalizada a nuestra especie, tenemos que volver a hablar.
A pesar de errores y mezquindades, cuando en el pasado los seres humanos hemos visto amenazada nuestra existencia hemos sido capaces de compasión, empatía, responsabilidad y colaboración. Este será otro caso de éxito.